Don Cheo, el vendedor de paletas.
Inolvidable el sabor de la exquisita paleta de piña que siempre le pedía a Don Cheo al salir de la secundaria, se veían los trocitos de la agridulce fruta, creando un mosaico claroscuro amarillo, que lentamente se iba deshaciendo entre mordidas y sorbos, para al día siguiente; repetir la misma hazaña.
Don Cheo originario de un pueblo de Guerrero llamado Tetipac, ya era muy conocido por la gente, se puede decir que por generaciones. Platicaban mis papás que en su infancia llegaron a comprar de sus paletas. Cuando yo estaba en la preparatoria seguí observando cómo los niños, alegres, salían a comprar su paleta, las había de piña, limón, fresa, mango, guayaba…. El amable vendedor de paletas, disfrutaba su llegada, quien incluso, cuando no tenían dinero, le entregaban en una bolsa, unos botes de aluminio que habían recogido en las calles durante la semana, esto a cambio de una paleta de las más grandes, es decir, diez latas vacías de refresco equivalía a una paleta.
Ahora que estoy en la Universidad, lejos de mi ciudad, de vez en cuando me compro una paleta de frutas.
—Quiero una paleta de fresa
—Tiene que pagar primero—Me dice de manera no muy amable la vendedora, y me dirijo a la caja.
—Por favor cóbrese una paleta de fresa
— ¿de cuál de todas?, tenemos “Fresa nice” con lunetas, están las “Fresa happy” cubierta de chocolate.
—Sólo de fresa por favor.
Éstas no se parecen a las de Don Cheo, no sólo por su sabor, terminé con mis labios pintados del color de la pintura artificial que le ponen.
Desde la época de mis papás, Don Cheo salía con su carrito de paletas con las imágenes de las paletas que contrastaban entre sí, y al centro la tapa metálica cuadrangular que al levantarla parecía el espectáculo de un mago, en la que esperábamos se asomara sostenida con su mano cada paleta que se le pedía.
De tez morena, ojos grandes expresivos y sonrisa amistosa, saludaba a todo el que se encontraba, se le distinguía su camisa bien planchada, deslavada pero sin arrugas, y por el sol que hacía a la hora de que salíamos de la escuela, se ponía una cachucha muy simpática de color café con dibujo de un elefante y una jirafa, se notaba a leguas que era de las que vendían en el Zoológico de Morelia; aunque ya decolorada por su uso, pero sin dejar de ser atractiva para la vista de quienes se acercaban a comprar las deliciosas paletas.
Con el tiempo, Don Cheo fue observando que estaban cerca de su lugar otros vendedores, tenían un carrito con colores llamativos, con un letrero que decía Bon Ice.
—¿Qué será eso?— me preguntó en una ocasión —¿Serán también paletas?
Veía que había más niños y gente caminando con su tira congelada de sabor.
—¿Cómo les llaman? ¿Bolis?— Volvió a preguntar.
—Sí, son bolis. Pero eso es pura pintura, no se comparan a las que usted hace.
Sonrió, al mismo tiempo que destapaba su carrito para despacharme, y luego cambiar de tema.
—¿Viste cómo perdió el Morelia?
—Ay Don Cheo eso ya ni me sorprende, esos Monarcas van de bajada. Cuando bien les va, empatan a cero goles.
—¡Qué poco optimismo! ¡Ten fé! quien quite y nos dan la sorpresa, llegan a la final y ganan la copa como en el 2000 contra el Toluca.
Con estos temas y otros, como de la política, de las fiestas de Morelia, o de la noticia local de ese momento, era que Don Cheo amenizaba la plática, siempre estaba de ánimo, y se notaba la forma como disfrutaba cada conversación. De eso, han pasado poco más de diez años.
—¡Don Cheo! Quiero una paleta de piña— le dije en otra ocasión cuando decidí desviarme antes de ir al centro de la ciudad, sin saber que era la última paleta que le iba a comprar.
—¡Claro que sí! Aquí está.
—¿Cómo le ha ido?— pregunté al mismo tiempo que me acercaba la paleta para darle la primera mordida.
—Pues no muy bien, apenas saco para recuperar mis gastos y es que los bolis esos, ¿cómo se llaman? Bon ice, o algo así, los niños los pronuncian bien, esos son más baratos porque no están hechos de fruta natural, pero por sus colores no dejan de ser llamativos para los escuincles. Eso sí, yo no voy a dejar de vender mis paletas, es mi profesión y aún no me pienso jubilar— lo dijo con una sonrisa nerviosa.
Dos años pasaron sin yo poder regresar, pensaba en un postre y luego me venía a la mente una imagen de la paleta de piña; cuando regresé, no dudé en pasar por mi paleta y cumplir mi deseo, era una oportunidad para saludar a don Cheo, pensé.
Quise caminar por una glorieta, cerca de la escuela, y lo vi a lo lejos; conforme me iba aproximando, notaba algo diferente, no entendía todavía muy bien, al llegar, cuál fue mi sorpresa, vi a Don Cheo vendiendo bolis llevando puesta una playera de colores con letras grandes fluorescentes que decía: Bon Ice.
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