Una vida se puede contar en un minuto, menos. El nombre, cuál era el nombre. Un tipo invisible, o casi. Vivía metido en su capullo. Simulaba estar enterado de las cosas (alguien informado, que le dicen), pero la verdad es que su interés era nulo por casi todo. Me confesó que eso, a veces, le llevaba a creer que tenía alguna tara, alguna deficiencia. Pero cómo era el nombre. Ya me voy a acordar. Lleva muerto, calculo, treinta años.
¿Cómo será vivir a miles de kilómetros de la Tierra, igual que un astronauta? Vivía donde terminaba el barrio y empezaba el campo. En la última calle, todavía sin asfaltar. Si habré tropezado con ese barro duro, el pie metido entre las huellas que dejaban los autos después de la lluvia, para llevarle el pan de mandioca que cocinaba mi mujer y que a él tanto le gustaba.
En el barrio lo conocían por el escribano. Nunca hablaba de su vida. Sabíamos que había venido, medio de apuro, del Uruguay, de Carmelo, que allí había dejado a una mujer y a una hija, y que en un tiempo se había ganado la vida cosiendo libros en una biblioteca pública. Yo nunca le conocí trabajo alguno, sobrevivía con una pensión miserable del gobierno. En su casa, lo que se rompía ahí quedaba, roto para siempre. Si yo no me decido a llevarle a arreglar la cadena a esa bicicleta oxidada que tenía, muerto y todo todavía sigue a pie.
A veces pienso en comenzar algo, cualquier cosa, lo que fuera, de una forma apasionada, responsable y minuciosa, como si me fuera la vida en ello, aun sabiendo que en el fondo todo es vano, sin sentido. Sí, a veces lo pienso como una forma de vivir. Vivir así, qué otra cosa, me decía.
Salvo mi mujer y yo, en el barrio no lo querían.
Y escribía, fijesé. Todavía me acuerdo, escribía en cuadernos de tapa dura, colorada, de hojas a rayas (algunos, los menos, cuadriculadas) Los apilaba en la cocina, en la pieza y hasta en el baño, no me explico cómo se puede escribir tanto. Escribía como si secretara una substancia, como si tuviera una herida abierta que supurara y supurara, sin poderse curar.
Qué escribía, para qué, no lo sé. Un tipo raro, que le dicen, de esos que oyen voces. Pero escribía, creamé. Una vez, poco antes de morir, me dijo: ahora, justo ahora que encontré una sintaxis, me vienen a decir que ya no hay tiempo. Yo me río, no hago otra cosa que reírme. Ni una me sale, ni una, y yo me río.
Uno nunca está en el comienzo de lo que escribe. Después sí, después se intrusa, sin remedio. Es como mirar: en el principio, uno no está. Después sí, después se intrusa. Qué verá una mente vacía ante un fenómeno; cuando se enfrenta, por ejemplo, a la deformidad de un leño (digo mirar y digo cualquier verbo, los verbos son intercambiables) Antes es. Es antes. Antes no se está; después sí, y no hay remedio. Eso decía.
Decía que le hubiera gustado enseñar; no dominaba ninguna materia pero le hubiera gustado enseñar. Mirá esa enramada, abajo hay un rizoma. Y pensar que de algo como esas raíces retorcidas sale un pensamiento, me decía.
Esta manera fragmentaria, entrecortada, hosca. Una palabra, o a lo sumo dos, y no más. Media línea y cuando alumbra. Estos signos vacilantes, ciegos, agua entre los dedos. Este ejercicio reiterado e infecundo de rumiar siempre lo mismo, de maquillarse para salir a escena. Este empecinamiento de obrero. Esta esperanza, esta ilusión, este veneno. Esta rutina burocrática de marioneta infeliz, con sus hilos invisibles que la mueven. Esta pose, este jamás ser uno mismo, este ya no saber quién soy ni a dónde pertenezco. Me lo leyó una vez, con una convicción que no volví a oírle.
Me preguntan mi nombre, no lo que me pasa. Quieren saber mi nombre y anotarlo en un registro. Un nombre, un registro; un registro, un nombre, me decía. Y un día se murió. La muerte sucede de esa forma, de un momento para otro. Así muere el animal. El mundo, el mismo mundo al que instintivamente se aferraba, en un acto sumarísimo, burocrático, lo expulsó. Así, sin más. Pase el que sigue. Un par de meses antes (creo que él ya sospechaba que se iba a morir) vimos desde mi patio una fogata inmensa en su casa. Después supimos que había quemado todos los cuadernos colorados. Ni uno dejó, ni uno, vea. De los del barrio ninguno fue al entierro, con mi mujer nos ocupamos de todo, él había tomado la precaución de dejarnos unos pesos para pagarse el cajón y un entierro más o menos decente.
Me acuerdo ahora, justo ahora. Será porque después de tantos años mi mujer volvió a cocinar ese pan de mandioca que hacía cuando estábamos recién casados. Será posible que ninguno de los dos podamos acordarnos de su nombre. El escribano le decíamos, pero el nombre, cuál era el nombre. Ya me va a salir, cuando menos lo espere me voy a acordar.
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