Capítulo 0: Nacimiento
13 de diciembre de 1990, San José, Costa Rica
Coordenadas: 9.9368° N, 84.0695° O
La noche envolvía la sección de natalidad del hospital capitalino como un telón de terciopelo oscuro. El llanto de un recién nacido rompía el silencio de los pasillos vacíos, su eco rebotando contra las paredes de azulejo blanco. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido intermitente, creando un juego de sombras que bailaban sobre el piso recién encerado.
El doctor Miranda irrumpió en el pasillo de neonatales con el ritmo acelerado de quien lleva malas noticias bajo el brazo. Su bata blanca ondeaba detrás de él como una bandera de emergencia, y en su mano derecha, una carpeta dejaba ver el borde de varias hojas blancas. Al pasar junto a un hombre mayor que trapeaba metódicamente el piso, frenó en seco.
—¡Don Paco! —exclamó, agitando la carpeta—. Tenemos que hablar de esta carta.
El conserje levantó la mirada, sus ojos cansados pero alertas.
—¿Qué carta, doctor?
—La que encontré en mi oficina esta mañana —respondió el médico, bajando la voz—. Pero ahora no puedo, hay una emergencia. Lo busco en el cambio de turno.
Y sin esperar respuesta, reanudó su carrera hacia la sala de partos.
Don Paco lo vio alejarse, el trapeador inmóvil en sus manos. Algo en la expresión del doctor le dijo que esa carta era importante. Muy importante.
En la sala de neonatales, el doctor Miranda examinaba a los dos recién nacidos que habían llegado hacía apenas una hora. La luz tenue de la habitación hacía brillar sus pequeñas formas como si estuvieran hechos de porcelana.
—Increíble —murmuró para sí.
El primer niño tenía el pelo oscuro y la piel acaramelada, pero sus ojos… sus ojos eran dos zafiros amarillos que parecían mirar más allá del techo del hospital. Había en ellos una chispa de fortuna, como si el destino ya le hubiera reservado un lugar especial en el mundo.
El segundo niño era su opuesto completo. Pelo claro, casi blanco, y una piel tan pálida como la nieve que hacía resaltar sus ojos azules. No cualquier azul: un azul profundo, intenso, como el fondo del océano donde la luz del sol nunca llega. Dos joyas incrustadas en mármol blanco.
Don Paco, que había aprovechado un descanso para asomarse discretamente a la sala, no podía apartar la mirada del segundo bebé. Algo en esos ojos azules lo llamaba, lo ataba a una promesa que aún no comprendía. Diez años trapeando pisos en esta sección le habían enseñado a reconocer cuando un niño era especial. Y estos dos lo eran.
—Nacieron con dos minutos de diferencia —explicó una enfermera a su compañera—. Embarazo múltiple. Tuvieron que interrumpirlo, la madre estaba en riesgo.
—¿Y ella?
—No lo logró.
Don Paco sintió un vacío en el estómago. Se alejó discretamente y regresó a su labor, pero sus oídos permanecieron atentos. En los pasillos vacíos, el eco viajaba como si estuvieras a la par.
Minutos después, desde el salón de natalidad contiguo, escuchó la conversación entre el doctor Miranda y la obstetra.
—La mamá no lo logró. Intentamos estabilizarla después de la cesárea, pero fue imposible no pudimos hacer nada. Los niños están bien, gracias a Dios.
—Ay, doctor, qué tristeza más grande. Lástima para esos angelitos que no podrán conocer a su madre.
—Lo peor es que si no encontramos a algún familiar, serán enviados a un albergue. La madre no tenía parientes cercanos. Estaba completamente sola.
—¿Y el padre?
—No apareció. Parece ser de los que no se hacen responsables. La madre fue encontrada inconsciente en el Cerro de la Muerte, cerca de la carretera. La trajo una ambulancia de emergencia. No tenemos ningún dato de él.
—Doctor… ¿y si los acoge la pareja que perdió al bebé? Usted sabe, los españoles. Económicamente son solventes y quedaron devastados por la pérdida.
—Es una alternativa. Los centros de adopción en el país no son muy buenos, y el PANI recibe muchas denuncias de…
Don Paco sintió que las piernas le flaqueaban. Dejó el trapeador apoyado contra la pared y caminó hacia la camilla que había visto antes. Una mano asomaba entre las sábanas, inerte. Los monitores mostraban una línea plana, y un pitido continuo confirmaba lo que ya sabía. Tomó esa mano con respeto, y entonces lo vio.
Unas marcas. Ocho esferas formando un círculo, tatuadas en la piel de la mujer.
—Son ellos —susurró Don Paco, los ojos abiertos de par en par—. Son ellos.
Salió disparado en busca del doctor, pero cuando llegó al área de recepción, solo alcanzó a distinguir cuatro siluetas: el doctor, la obstetra y una pareja bien vestida. La mujer gesticulaba con agitación.
—Nosotros no podemos tener a los dos niños. Pero podríamos adoptar a uno.
—No somos de este país. Será difícil llevarnos a los dos. —Dijo la silueta del hombre.
Las siluetas se movieron hacia la sala de neonatos. Don Paco, oculto en las sombras del pasillo, vio cómo alzaban a uno de los gemelos. El de pelo oscuro, el de ojos amarillos. El doctor recibió un maletín que la pareja dejó sobre la cuna vacía. Apretón de manos. Gracias. Y se fueron.
Don Paco emergió de las sombras.
—¿Doctor? —su voz sonó ronca—. ¿Quiénes eran esas personas?
—Unos turistas que se quedaron por una temporada. La señora perdió su bebé, tenía una enfermedad. Creo que son españoles.
—¿Sabe cómo se llaman?
El doctor hizo una seña a la obstetra.
—González Dávila. El apellido es González Dávila.
Don Paco tomó la ficha que le tendieron y leyó cada palabra con atención. Mientras tanto, el doctor abrió el maletín. Un clic metálico. Luego, el brillo del oro antiguo llenó sus ojos. Monedas. Muchas. Demasiadas.
Cerró el maletín de golpe, pálido. Sacó unas cuantas monedas y se las dio a la obstetra.
—Retírese, por favor.
La obstetra tomó las monedas y empezó a alistarse para salir.
—¿Y el otro niño? —preguntó Don Paco, la voz quebrada—. Lo han separado de su hermano. Era todo lo que le quedaba.
—Don Paco, entienda. Era lo mejor para al menos uno de ellos. Usted sabe cómo son los centros de adopción.
—¿Enviarán al otro a esos centros?
—Es lo único que podemos hacer. Que tengan una linda noche, caballeros.
Salió apresuradamente.
Don Paco esperó a que el sonido de sus pasos se extinguiera. Luego, se volvió hacia el doctor.
—Doctor… ¿leyó la carta?
El doctor lo miró fijamente. Por un momento, Don Paco vio algo en sus ojos que nunca había visto en diez años de conocerlo: miedo.
—¿Esta carta tan extraña que apareció en mi oficina? —Miranda sacó el sobre del bolsillo interior de su bata. Lo sostenía como si quemara—. La he leído veinte veces. Veinte. Y cada vez… —negó con la cabeza—. Esto no es posible, Don Paco.
—¿Qué dice?
El doctor dudó. Luego, como si tomara una decisión, extrajo las hojas y comenzó a enumerarle los puntos a nivel de resumen de la carta.
«Estimado doctor Miranda: Hoy recibirá a dos gemelos. Su madre morirá en el parto. Un niño será adoptado por una pareja española. El otro será entregado a un hombre llamado Francisco, conserje de este hospital. Usted sentirá que todo esto ya lo ha vivido. No se preocupe: es la señal de que va por el camino correcto.»
El silencio se instaló entre ellos.
—Eso es todo —dijo el doctor, guardando la carta—. No hay firma. No hay remitente. Apareció en mi oficina esta mañana, debajo del teclado de mi computadora. Nadie entró. La puerta estaba cerrada con llave.
Don Paco asintió lentamente, como si aquello no lo sorprendiera en absoluto.
—Y el déjà vu —dijo—. Hábleme de eso.
El doctor Miranda comenzó a pasearse, nervioso. Su bata blanca giraba con cada movimiento.
—Todo el día. Desde que desperté. Entraba a una habitación y sabía lo que iba a pasar. La enfermera Martínez iba a derramar café en el escritorio… y lo hizo. El ascensor se iba a detener entre pisos… y se detuvo. Cuando llegó la ambulancia con la madre, supe que no sobreviviría. Y cuando vi a los gemelos… —se detuvo, mirando a Don Paco—. Cuando vi a los gemelos, supe que uno tenía los ojos amarillos y el otro azules. Antes de verlos. ¿Cómo pude saber eso, Don Paco?
—Porque está escrito —dijo suavemente el conserje.
—¡Eso es una locura! —estalló el médico—. ¡Yo soy un hombre de ciencia! ¡No creo en profecías ni en cartas que aparecen de la nada!
—¿Y entonces por qué no ha botado esa carta?
El doctor abrió la boca. La cerró. Miró el sobre en sus manos.
—Porque… —su voz quebró—. Porque en el fondo, algo me dice que es verdad. Algo me dice que si entrego a ese niño a los centros del PANI, estaré cometiendo un error que no podré reparar nunca.
Don Paco dio un paso adelante.
—Doctor, yo he trabajado en este hospital por más de diez años. Usted me conoce. Sabe que nunca he pedido nada, que hago mi trabajo en silencio, que ayudo con los niños cuando hay actividades. ¿Me ha visto alguna vez hacer algo que ponga en riesgo a un paciente?
—No —admitió el doctor—. Pero…
—Yo tampoco tengo explicación para esa carta. Pero si algo me ha enseñado la vida es que hay cosas que no necesitan explicación. Solo necesitan ser aceptadas.
El doctor Miranda se dejó caer en una silla, como si las piernas no le sostuvieran.
—¿Sabe lo que le pasará a ese niño si va a un albergue? —preguntó, y su voz ya no era de médico, sino de hombre—. Los centros están saturados. El personal no da abasto. Los niños mayores… a veces maltratan a los pequeños. Y si tiene suerte y lo adoptan… —negó con la cabeza—. Las adopciones tardan años. Años en los que un niño debería estar formando vínculos, aprendiendo a confiar. Si pasa demasiado tiempo en una institución… el daño es irreversible.
Don Paco se arrodilló frente a él.
—Yo puedo darle eso. Vínculos. Confianza. Un hogar.
—Usted tiene casi setenta años —dijo el doctor, pero sin acusación, solo con cansancio—. ¿Qué pasará cuando usted falte?
—Hay quienes lo cuidarán cuando yo no esté. Gente que ya lo está esperando. —Don Paco dudó—. No puedo explicarle más, doctor. Solo puedo pedirle que confíe.
El doctor lo miró largamente. Afuera, en el pasillo, se escucharon los primeros movimientos del cambio de turno.
—Dígame una cosa —dijo Miranda—. Esa carta… ¿Usted la escribió?
Don Paco sonrió con tristeza.
—Sí. —La voz dudó, pero no la mirada—. Pero no todavía.
Vio la confusión en el rostro del médico.
—No tiene sentido ahora. Lo sé. Pero dentro de muchos años, cuando usted recuerde esta noche, tal vez empiece a entender.
El doctor Miranda se levantó. Caminó hacia la ventana que daba a la sala de neonatos. A través del cristal, podía ver al bebé de ojos azules, envuelto en una manta blanca, durmiendo plácidamente ajeno al drama que se decidía a unos metros.
—Tengo 65 años —dijo sin volverse—. Llevo 40 años ejerciendo la medicina. He visto morir a pacientes, he dado malas noticias, he tenido que tomar decisiones imposibles. Pero esto… —golpeó suavemente el marco de la ventana—. Esto es diferente. Porque si me equivoco, siento que no será solo una vida la que arruine.
—No se equivoca —dijo Don Paco con una certeza que no admitía discusión.
El doctor se volvió.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque lo he visto. —Don Paco se llevó una mano al pecho—. No con los ojos, doctor. Con esto. Y sé que ese niño hará cosas que nosotros no podemos imaginar. Pero para eso, necesita una oportunidad. Una sola. Y usted es el único que puede dársela.
El silencio se alargó.
—Cambio de turno —dijo el doctor Miranda en voz baja—. Voy a borrar todos los registros de estos gemelos. No va a quedar constancia de su existencia en este hospital. La pareja española se llevó a su hermano y pagó… —tragó saliva—. Pagó suficiente como para que nadie haga preguntas.
—¿Y la obstetra?
—Rodríguez se callará. Le di suficiente para que no diga nada. Y si abre la boca, tendrá que explicar de dónde sacó esas monedas. No hablará.
Don Paco asintió.
El doctor extendió la mano. Don Paco la estrechó.
—Vaya —dijo el médico—. Quédese en su oficina. Yo traeré al niño.
—Gracias —susurró Don Paco.
Caminó hacia la puerta. Pero antes de cruzarla, la voz del doctor lo detuvo.
—Don Paco… Una cosa más.
El conserje se volvió.
—¿Sí?
—Usted dijo que sabe quién escribió la carta. Que es usted, pero «todavía no». —Respiró hondo—. ¿Significa eso que… que viaja en el tiempo?
Don Paco lo miró fijamente. Por un instante, en sus ojos cansados de anciano, el doctor vio algo inmenso. Algo que no pertenecía a un conserje de hospital, ni siquiera a ese siglo. Una profundidad que no podía medirse en años.
—Buenas noches, doctor —fue todo lo que dijo.
Y se fue.
El doctor Miranda se quedó solo en el pasillo, la carta en una mano, el peso de su decisión en la otra. Miró hacia la sala de neonatos, donde el bebé de ojos azules ya no estaba. Donde solo quedaba una cuna vacía y el recuerdo de dos gemelos que el mundo nunca sabría que existieron.
—Francisco —murmuró—. Cuídalo, donde quiera que vayas.
Guardó la carta en el bolsillo y caminó hacia su oficina.
11:30 p.m. Cambio de turno.
El hospital respiró hondo, un bullicio lleno los pasillos. Enfermeras entrantes reemplazaban a las salientes. Voces cansadas susurraban reportes. El relevo nocturno comenzaba.
En su pequeña oficina, Don Paco se cambió de ropa con movimientos pausados. Sobre el escritorio, junto al viejo trapeador que había usado por más de una década.
El pasillo de maternidad estaba desierto, así como empezó el ajetreo de los murmullos de los pasillos de repente cesó como pequeñas suricatas que cambian de posiciones en sus madrigueras.
Don Paco caminó con el bebé en brazos, envuelto en una manta que alguien había dejado olvidada. Sus pasos resonaban en el silencio, cada eco como un latido que marcaba el inicio de algo nuevo.
El bebé dormía. Ajeno. Confiado.
Al salir por la puerta de emergencias, la noche lo recibió con un aire fresco que olía a lluvia lejana. Y allí, estacionado justo donde nadie pudiera verlo desde las ventanas del hospital, un vehículo lo esperaba.
Modelo extraño. De esos que no se veían en las calles josefinas de 1990. Sin marca reconocible. Sin matrícula. Sin nada que pudiera señalarlo como de este mundo.
Se abrió la puerta del pasajero apenas don paco se acercó. Se acomodó con el bebé en brazos. Miró hacia el asiento vacío del conductor y, con una voz que mezclaba cansancio y costumbre, dio una orden:
—Droid, llévanos a casa.
El vehículo se puso en marcha.
Solo.
Sin conductor.
Las luces del hospital quedaron atrás, diminutas en el retrovisor, mientras el auto se perdía en la noche josefina.
Y Don Paco, el conserje de toda la vida, el hombre del trapeador y las llaves, el que nadie miraba dos veces. No regresó solo a casa esa noche.
Capítulo 1: Limonada y Miel
La casa crujió. No fue un crujido cualquiera, de esos que el viento o la humedad provocan en la madera vieja. Fue un lamento profundo, como si la pequeña vivienda también estuviera despierta, acompañando la vigilia de sus habitantes. Francisco abrió los ojos en la oscuridad y supo, con la certeza de quien ha contado cada grieta del techo cientos de veces, que no iba a poder dormir.
Tres días. Faltaban tres días para sus diez años.
La luz de la luna se colaba tenuemente por la única ventana de la habitación, dibujando largas sombras sobre el piso de madera. Abajo, en el catre inferior, la luz roja de Droid parpadeaba en modo de reposo, un latido electrónico constante en la penumbra. Francisco lo había construido dos años atrás, con piezas rescatadas de la basura electrónica del pueblo y una paciencia que ni él mismo sabía que tenía. Recordaba el olor a quemado del soldador y la satisfacción de ver cómo un montón de cables y circuitos cobraba vida. Cuando ganó la feria de ciencias, Don Paco lo abrazó tan fuerte que creyó que se le romperían los huesos. No le importó. Esa mirada, ese orgullo en los ojos del viejo, valía más que cualquier trofeo de plástico dorado.
Francisco tenía una mirada intensa, de esas que parecen atravesar la piel y leer los pensamientos. Sus ojos azules, profundos como el océano que imaginaba más allá de las montañas, contrastaban con su cabello rubio, siempre un poco revuelto, y sus cachetes aún rellenos de infancia. En su mejilla izquierda, un pequeño lunar asomaba como una firma personal, un recordatorio de que era único.
En tres días cumpliría diez años. Una década. La magia del número diez lo fascinaba: el uno y el cero, el principio y el vacío, juntos formando algo nuevo en el sistema binario que tanto le gustaba. Como él y Droid. Como él y Don Paco.
—Va a ser especial —murmuró esa noche, mirando las sombras danzantes del techo.
Nunca había tenido una fiesta de cumpleaños. Pero Don Paco le había prometido que esta vez sería diferente. Amigos, juegos, pastel. Y un regalo. Un regalo envuelto en papel azul, su color favorito, con forma de cubo. El viejo se lo había mostrado con una sonrisa misteriosa y le dijo, con un dejo de solemnidad en la voz, que no lo abriera hasta el día de su cumpleaños. Francisco no había podido evitar pasar los dedos por el papel liso, tratando de adivinar su contenido.
La habitación que compartían era modesta pero acogedora: dos camas, una de madera sólida para Don Paco y un catre de dos secciones para Francisco. En la litera inferior, Droid yacía inerte. Arriba, Francisco daba vueltas sin cesar, haciendo que el colchón de paja crujiera a cada movimiento. En una cómoda negra, desconchada en las esquinas, un pequeño televisor de botones esperaba el amanecer para mostrar sus caricaturas, un rectángulo oscuro y silencioso.
Finalmente, Francisco decidió levantarse. Con la lentitud y paciencia de quien conoce cada tornillo que rechina, descendió del catre, esquivando con maestría el escalón que siempre gemía. Fue al baño, una pequeña habitación contigua que olía a jabón de lavanda y humedad.
La casa era tan pequeña que era imposible pasar desapercibido. El simple hecho de abrir la puerta del baño creaba una corriente de aire que hacía bailar las cortinas de la cocina. Por eso, no le sorprendió escuchar con claridad cuando Don Paco se levantó de su cama y se dirigió a la cocina. Una fina línea de luz se dibujó en el contorno de las rendijas de la puerta, dejando ver que la luz de la cocina, una bombilla amarilla y sin pantalla, se había encendido.
—Creo que, aunque haya intentado bajar con el más mínimo silencio, siempre hago que Don Paco se despierte — Pensó para sí mismo Cisco, como le gustaba llamarse a veces.
Al salir del baño, Cisco se topó con una escena que había visto muchas veces antes, pero que nunca dejaba de transmitirle una sensación de paz: Don Paco, con su camiseta de tirantes y su pantalón de pijama a rayas, estaba preparando un té junto a la cocina. La luz amarilla creaba un aura cálida a su alrededor, y el silbido suave de la pava rompía el silencio de la noche.
—¿Contando grietas de nuevo, Cisco? —preguntó con un tono sumamente cariñoso pero algo cansado, sin volverse. Su espalda, ancha pero ahora un poco encorvada, se movía rítmicamente mientras removía el contenido de dos tazas de loza metálica.
—No puedo dormir.
—Me he dado cuenta. Siéntate, te preparé un tecito para que puedas dormir.
Cisco vestía un short de mezclilla que le llegaba arriba de las rodillas, una camiseta de tirantes blanca con un pequeño agujero en el cuello, y cubierto todo con su bata de laboratorio, la misma con la que dormía cada noche.
Se acercó a la mesa y se sentó en una de las sillas de madera, cuyo asiento de mimbre estaba un poco hundido. El aroma a limón y canela comenzaba a llenar el pequeño espacio. Mientras preparaba el té, Don Paco tarareaba una melodía rítmica, una tonada alegre y melancólica a la vez. Cisco la reconoció, aunque no entendía por qué le sonaba tan familiar. De forma muy metódica, como quien tiene un proceso tan memorizado y meticuloso que lo realiza casi con los ojos cerrados, Don Paco agregó las mismas cantidades de ingredientes en las dos tazas: dos cucharadas de azúcar, una ramita de canela que soltó su aroma al contacto con el agua caliente, y medio limón exprimido para cada taza. El chorrito de miel, espeso y dorado, cayó formando un pequeño remolino.
—Toma, ten cuidado, está caliente. —señaló Don Paco, pasándole su correspondiente taza y sentándose frente a él con la suya. El vapor del té humeante se arremolinaba entre ellos.
—Cuéntame, ¿por qué no puedes dormir, Cisco?
—No lo sé… creo que estoy algo nervioso por la fiesta.
—¿La fiesta? ¿Y qué te preocupa de ella?
—Dijiste que has invitado a muchas personas, pero yo casi no tengo amigos. ¿Y si… no viene nadie? —Su voz se fue haciendo más pequeña—. La verdad, me da miedo que nadie venga y que todo lo que has hecho para la fiesta sea en vano. Que te hayas molestado para nada.
Don Paco lo observó por encima del borde de su taza, sus ojos negros brillando con una mezcla de ternura y sabiduría. Dio un sorbo lento y luego habló.
—Sabes, hace mucho tiempo, cuando era más joven, también me preocupaba un poco por situaciones como esta.
—¿De verdad? ¿Y cómo fue? —preguntó Cisco, inclinándose hacia adelante, sus ojos azules muy abiertos.
—Bueno, en uno de mis antiguos trabajos tenía que organizar una gran reunión donde tenían que asistir los siete jefes más importantes de la empresa. Me preocupaba absolutamente todo: que si la comida era suficiente, la música era la adecuada, el transporte sería seguro… O qué pasaba si alguno no llegaba. En mi cabeza, la reunión sería un desastre. Eso era lo que yo pensaba.
—¿Y qué pasó? ¿Cómo te fue en esa reunión? —preguntó Cisco, tomando un pequeño sorbo de su té. Se quemó la punta de la lengua y frunció el ceño.
—Te dije que estaba caliente —dijo Don Paco con una sonrisa, sus ojos arrugándose en las comisuras.
—Bueno, verás, fue algo curioso. ¿Estás familiarizado con la Ley de Murphy, cierto?
—¿Te refieres a que todos los factores de un sistema están diseñados para que, no importa que hayas hecho todo bien, si algo puede salir mal, saldrá mal?
—Correcto, esa misma. Aunque, para resumirla, podríamos decir que la tostada siempre caerá del lado de la mantequilla. —Sonrió de forma socarrona, burlándose un poco de sí mismo por llevar lo científico a lo cotidiano.
—En realidad, puedes verlo de dos formas diferentes que explican exactamente lo mismo. La cara opuesta de la moneda de esa ley sería: si algo puede salir bien, entonces…
—¿Saldrá bien? —concluyó Cisco, iluminándosele la cara.
—Exacto. A veces, nuestros miedos solamente nos dejan ver un lado de la moneda. Pero si mantienes una positividad sobre las cosas, al final terminarás atrayendo esas vibras positivas para tus propósitos. Así que no te preocupes de más, hijo.
«Hijo». La palabra siempre le removía algo por dentro. No era desagradable, más bien era como una caricia en un lugar que no sabía que tenía vacío. Pero traía preguntas. Preguntas que Don Paco respondía con frases cortas y miradas largas. «Tu madre murió en el parto». Y nada más. Un vacío que ni siquiera el cariño del viejo lograba llenar del todo.
Don Paco apresuró su té, se levantó y un pequeño crujir de rodillas lo hizo soltar un quejido lastimero, ahogado rápidamente.
—No te quedes tan tarde despierto, Cisco. Tenemos mucho que preparar mañana para la fiesta. —Le revolvió el pelo con cariño, despeinándolo aún más, y se fue. Antes de desaparecer en la habitación, le dijo sin volverse: —Y no te pongas con tus escaneos nocturnos —señaló con el dedo pulgar por encima del hombro hacia la sala, donde estaba el regalo. Luego desapareció en la oscuridad del cuarto y Cisco escuchó el crujido de la cama cuando se acostó.
Cisco esperó unos minutos, el tic-tac del reloj de la cocina marcando el paso del tiempo. Aguzó el oído hasta que la respiración del viejo se volvió profunda y regular, indicios de que el té había funcionado muy bien. Aunque no tanto para él.
Se acercó a la habitación en puntillas, esquivando esa vez sí el escalón que rechinaba.
—Droid —susurró, inclinándose sobre el catre—. Despierta.
El casco metalizado del robot se iluminó con un tenue resplandor rojo. Parecía un casco de soldador, y con movimientos suaves y mecánicos, casi felinos, Droid se incorporó. Sus articulaciones apenas emitieron un zumbido casi imperceptible.
—¿Qué sucede, Francisco? —su voz sonaba como si hablara frente a un ventilador de aspas, metálica y vibrada, pero con un tono de preocupación.
—Shhh —Francisco llevó un dedo a los labios—. No quiero que Don Paco se despierte.
Caminaron con sigilo hasta la cocina. La luna se había ocultado tras una nube y la penumbra era casi total. En la pila de lavar, algunas prendas de ropa, camisas y pantalones de Don Paco, esperaban en remojo dentro de un balde de plástico azul, el agua jabonosa brillando débilmente.
Francisco tomó el cubo envuelto en papel azul de la mesa del comedor. Lo sopesó en sus manos. Era más pesado de lo que parecía.
—Toma. Necesito que lo escanees.
Droid abrió una pequeña compuerta en su tórax, de la que emanó una luz roja tenue. Francisco introdujo el regalo con cuidado. Un zumbido más intenso. Luces parpadeantes en los indicadores del robot. Luego, silencio.
—¿Y bien? —preguntó Francisco, ansioso—. ¿Qué es?
Droid: El objeto no puede ser escaneado. Tiene un recubrimiento de plomo que interfiere con mis sensores.
Francisco frunció el ceño, una mezcla de admiración y frustración.
—Vaya. Don Paco sabía que intentaría escanearlo.
Droid: Si quieres saber qué contiene, ¿por qué no lo abres?
—Porque me pidió que no lo hiciera hasta mi cumpleaños. Está tan ilusionado con la fiesta y la sorpresa… No quiero que se decepcione. No quiero romper su confianza.
Droid: Tienes dos opciones: abrirlo ahora o esperar tres días.
Francisco metió la mano en el bolsillo de su pijama de franela y sacó una moneda de cien colones. Siempre usaba ese método cuando no sabía qué decidir, confiando en que el azar le mostrara un camino.
—Dejemos que el destino elija. Si sale escudo, espero. Si sale corona, abro.
Lanzó la moneda. Dio tres vueltas en el aire, brillando por un instante bajo la tenue luz de la cocina. Francisco la atrapó con la mano derecha y la cubrió con la izquierda. Sintió el metal frío contra su piel.
—¿Así o le doy vuelta? —preguntó a Droid, un nudo en el estómago.
Droid: Vuelta.
Francisco giró la mano. Corona.
El resultado no le desagradaba del todo, pero la culpa ya comenzaba a instalarse en su estómago como un peso frío. Con manos temblorosas y una lentitud deliberada, como si aún pudiera echarse atrás, desgarró el papel azul. El crujido le pareció ensordecedor en el silencio de la noche. Una caja de plomo, pequeña y compacta, de un gris mate, apareció ante sus ojos. Tenía un pequeño candado de bronce.
Las llaves de Don Paco colgaban de un gancho con forma de búho, de madera tallada, junto a la puerta de la calle. Francisco las tomó, sintiendo el frío del metal, y probó una. No funcionó. Otra. Tampoco. El sudor le humedecía las manos. A la tercera, la más pequeña, el mecanismo cedió con un clic metálico, seco y definitivo, que le aceleró el corazón como un galope.
Levantó la tapa. Adentro, sobre un lecho de terciopelo negro, un pequeño cubo de color celeste resplandecía con luz propia, suave pero firme. No era una geoda; las geodas no tienen formas tan perfectas, tan matemáticas. Era un cubo simétrico, imposiblemente perfecto, de bordes nítidos y ángulos exactos, que iluminaba toda la cocina con un resplandor espectral, tiñendo de azul las paredes y los muebles.
—Droid… ¿qué es? —susurró Francisco, hipnotizado por la luz.
Droid: No tengo datos sobre minerales con estas características. Podría escanearlo si lo deseas.
—Hazlo.
Sin pensarlo dos veces, Francisco introdujo el cubo en el tórax de Droid. Esta vez, cuando el láser rojo del escáner tocó la superficie del cristal, algo diferente ocurrió. Los colores rojo y azul no se limitaron a reflejarse, sino que se fusionaron en un vórtice morado que comenzó a crecer dentro del robot, como un pequeño Big Bang contenido. El tiempo pareció ralentizarse. Las paredes de la cocina se difuminaron, perdiendo consistencia, volviéndose acuosas. El tic-tac del reloj se alargó hasta convertirse en un zumbido grave y eterno.
—Droid, ¿qué está pasando? —alcanzó a preguntar Francisco, su voz sonando lejana y distorsionada.
Pero Droid no respondió. El vórtice, ahora un torbellino de energía pura, lo engulló todo, llevándose la cocina, la casa, la noche, todo.
Luces de todos los colores del espectro pasaban a su alrededor como olas rompiendo en una playa cósmica. Francisco y Droid giraban sin control, arrastrados por una corriente de energía que no podían dominar. La sensación era de vértigo y de placer a la vez. A través de las paredes del túnel, que eran como membranas translúcidas, imágenes borrosas aparecían y desaparecían a velocidades increíbles: la caída de un muro de concreto pintado con grafitis, la llegada de unos hombres con trajes extraños a una superficie gris y polvorienta, el resplandor de una explosión, unas pirámides enormes siendo construidas, ejércitos con armaduras chocando en una llanura.
De repente, el torbellino se detuvo en seco frente a una escena particularmente vívida. Francisco se quedó flotando, observando como a través de una ventana empañada: tres grandes barcos de madera, con velas desplegadas, atracaban en una costa de arena blanca y palmeras. Hombres barbudos, con cascos de metal y ropas extrañas, desembarcaban en pequeñas barcas. Los habitantes del lugar, de piel morena y adornos de oro en orejas y cuellos, los recibían con alimentos y regalos, con sonrisas y gestos de bienvenida. Francisco vio, con una claridad que le heló la sangre, cómo los ojos de los recién llegados se encendían con un brillo de avaricia al ver el oro. Vio cómo las sonrisas amistosas se torcían en muecas de codicia. Vio cómo los «dioses que bajaban de casas de madera flotantes» se transformaban en verdugos.
La imagen se distorsionó y empezó a acelerarse de nuevo. Más escenas, ahora más oscuras y terribles: masacres en plazas de pueblos, mujeres y niños huyendo, hombres siendo encadenados, cuerpos cayendo en fosas comunes, templos siendo derrumbados piedra por piedra, enfermedades arrasando pueblos enteros, dejando cuerpos hinchados en las puertas de las casas de paja. Un horror mudo y desgarrador.
El túnel se volvió negro, absoluto. Un silencio pesado, como una manta de plomo, lo envolvió todo. Luego, una voz familiar, la voz de Don Paco, pero más profunda, más antigua, como si resonara desde el fondo de los siglos, habló en la oscuridad:
—Cisco… Dentro de tres días cumplirás diez años, una edad muy especial. Necesito que me ayudes en una misión muy importante. Debemos salvar a una tribu indígena del genocidio que España cometerá contra todos los habitantes de América. Es necesario que cumplamos con los anacronismos temporales para lograrlo. Sé que puedes hacerlo. El destino de la humanidad está en tus manos. En el transcurso de un año, antes de la próxima Luna Carmesí, debes reunir las ocho gemas arcoíris y reunir a todas las tribus.
La oscuridad se disipó tan repentinamente como había llegado.
Francisco parpadeó, cegado por un momento. El olor a salitre y a tierra húmeda llenó sus pulmones. Una brisa cálida y pegajosa le rozó la cara. Ya no estaba en su cocina. Una espesa montaña, cubierta de una vegetación exuberante, con árboles gigantes que se alzaban hacia el cielo como columnas de una catedral verde, se erguía ante él. La luna llena, enorme y plateada, iluminaba un paisaje que jamás había visto, bañándolo con una luz irreal. El sonido de los insectos, de ranas y de monos aulladores a lo lejos, formaba una sinfonía abrumadora y desconocida.
—Droid… ¿dónde estamos?
Droid: Iniciando geo-localización… Según mis coordenadas, estamos en el Valle del Río Grande de Térraba, península de Osa, Puntarenas. Pero lo más importante no es dónde, sino cuándo. Calculando fecha… Según mis registros astronómicos y la posición de las estrellas, estamos en octubre del año 1499.
Francisco sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero no era un temblor, era la realidad misma la que se tambaleaba. Miró el cubo celeste, que ahora descansaba apagado e inerte en la palma de su mano. Miró a Droid, cuyo único ojo rojo parpadeaba con un nuevo brillo, como si él también estuviera procesando el shock.
—¿Estás diciendo que este cubo… nos transportó en el tiempo?
Droid: Afirmativo.
Capítulo 2: Una tribu llamada Diquís
La selva respiraba. Cada hoja, cada insecto, cada pájaro nocturno parecía formar parte de un organismo vivo y palpitante que observaba a los intrusos con desconfianza.
Droid: Es necesario que regresemos cuanto antes. No debimos abrir esa caja.
Francisco negó con la cabeza, sus ojos azules brillando con determinación.
—No podía vivir en la ignorancia para siempre. Acabamos de descubrir algo sumamente valioso: una forma tangible de viajar en el tiempo. ¿Sabes las implicaciones de esto? —extendió la mano—. Pásame el cristal. Quiero analizarlo más a fondo.
En el momento del intercambio, un silbido cortó el aire. Una piedra, lanzada con precisión desde la espesura, golpeó el cristal y lo arrebató de las manos de Droid. El cubo celeste cayó rodando entre la maleza y desapareció.
—¡No! —gritó Francisco.
De entre las sombras de los árboles, una figura emergió. Tenía rostro de zorro, ojos brillantes y un cuerpo pequeño pero ágil que se movía con la rapidez del viento.
—¡Corre! —Gritó Francisco.
Pero no conocían el terreno. El hombre zorro se desplazaba con tanta facilidad saltando en piedras especificas impulsándose la una con la otra. En segundos los alcanzó, los rebasó y se plantó frente a ellos, justo al borde de un acantilado que Francisco y Droid no habían visto. Abajo, la oscuridad parecía no tener fin. Una cascada gigante se precipitaba hacia el vacío, y el agua desaparecía en la nada como si fuera devorada por el abismo.
Francisco jadeaba, el corazón a punto de saltársele del pecho.
—Eso estuvo muy cerca —logró decir—. Nos has salvado. Gracias.
La figura enmascarada inclinó la cabeza.
—¿Jishta ba Shkina? —dijo.
Droid: Es lengua cabécar. Significa «¿Bienvenido como estas?» «Jishta» o «Ishto»: es la parte que significa «Bienvenido».
«Ba Shkina»: es la parte que significa «¿Cómo estás?».
En ese momento Cisco cayo en cuenta que la figura del zorro humanoine parecía un poco mas pequeña ya que las sombras no proyectaban tanto ahora que podía pensar con claridad al darse cuenta que no era un zorro y podía comunicarse con el.
—Droid como se responde de forma apropiada en lengua cabécar
—Buscando… No tengo muchos datos sobre lengua cabécar, pero en ceremonias Shamanicas usaban Be weste para denotar profundo agradecimiento.
—Yo solamente se que Ditsowe es como les decían a las hijas del Cacique Blu
—Be weste Ditsowe.
La figura se quitó la máscara. Bajo ella, una niña de piel morena y cabello negro y rebelde los observaba. Gotas de sudor resbalaban por su rostro y caían sobre su pecho desnudo. No llevaba camisa, solo unos adornos en las orejas: pequeñas figuras de un dios antiguo, talladas en jade morado.
Francisco sintió que el rubor le subía a las mejillas y apartó la mirada. Aunque también sintiéndose culpable por pensar en eso en un momento como ese.
—¿Bá iyéte, ba̱ iyé të́kãne? Preguntaba calmadamente la niña
Droid: (Traduciendo) —Pregunta quiénes somos y por qué vinimos.
—Podemos decirle dónde estamos —respondió Francisco, aún sin mirarla directamente.
La niña sonrió, como si entendiera más de lo que decía.
—Estas son tierras del Rey Curré, señor del Valle de Diquís —dijo en un español perfecto.
Francisco levantó la vista, sorprendido.
—Hablas español, que excelente noticia— decía Cisco de forma Distraida, lo que dijo la niña lo dejó pensando, recordaba haber escuchado esa palabra antes.
—¿Diquís? —miró a Droid—. Los Diquís son los indígenas que dejaron el legado de las esferas precolombinas, Según nos dijeron en clases de Estudios Sociales, los Diquis y otras tribus costarricenses desaparecieron cerca del año 1500, ¿cierto?
Droid: Afirmativo, Parece que alguien ha puesto atención en clases.
—Hmppp Humppp— hizo a toser la niña.
—Entonces sí hemos viajado en el tiempo —murmuró Francisco. Sumido en es sus pensamientos que pasaban mil ideas por su mente en tan solo 1 minutos.
—Humppp Humppp— Insistió la niña un poco mas fuerte esta vez para ver si hacia sacar a ese niño tan extraño del transe del que se encontraba.
De pronto Cisco recordó—. ¡El cristal!. Debemos regresar a buscarlo volvió a ver a la niña buscando su aprobación
La niña se acercó.
—Mi nombre es Boenawa, pero puedes decirme Nawa.
—Nawa, tu lazaste esa piedra?, eso hizo que botaras mi regalo.
—Bueno es que no debiste haber abierto tu regalo hasta tu cumpleaños Cisco— se tapó con una mano la cara como apenada por decirle así…
—No comprendía que estaba pensando, quien era esta niña llamada Nawa, resulta que también sabe su nombre, como el siempre decía a veces es mejor quedarse en silencia y prestar atención para obtener la mayor cantidad de información para pensar en un plan y solucionar el problema.
… y no lo hice botar, lo guardé donde debe estar.— dijo Boenawa
—No entiendo mucho de lo que está pasando ¿Cómo sabes eso? ¿Y cómo sabes español? y ¿como sabes mi nombre?
Nawa lo miró fijamente.
—Sé muy bien quién eres, Cisco.
Francisco dio un paso atrás.
—¿Cómo sabes que me llaman así? Solo Don Paco me dice Cisco.
—Conozco a Don Paco mejor de lo que imaginas —respondió Nawa—.Hasta hace un año fue mi maestro Jawa.
Con tanto por procesar Cisco no había caído en cuenta del paisaje tan majestuoso en el que se encontraba, rodeado de grandes arboles junto a un pozo infinito de oscuridad una Cascada caía hacia el fondo donde la Luna llena se posaba sobre el firmamento reinando las estrellas que la rodeaban. Era enorme, Cisco nunca había visto las estrellas de esa forma tan hermosa, la luz de la ciudad sin duda no le permitía observar con claridad las estrellas, contaminación lumínica le llaman.
Desde entonces no lo he visto, solo recibí una carta con instrucciones sobre lo que debo hacer para evitar algo que él llama «anacronismo temporal». Fue él quien me dijo que viniera a buscarte precisamente hoy.
—Mostrando la carta que tenia en la mano la niña la vio con rapidez, y la tomo en sus manos.
Querida Nawa, hoy es el día en donde Conocerás a Cisco mi pequeño aprendiz del futuro, por lo que necesito que sigas estas instrucciones al pie de la letra el día de hoy…
—Rapidamente Nawa le volvió a quitar las hojas que contenían toda la explicación de lo que estaba sucediendo ahí.
—Lo siento Cisco pero esta prohibido no puedes leer el destino de otra persona, así nos enseñó el Jawa Paco.
—¿Jawa? —Francisco frunció el ceño—. ¿Qué es un Jawa?
—El guardián del tiempo. El que protege el equilibrio. Vamos, tenemos que ir a la aldea de los Diquís. El Jawa actual te explicará todo.
Nawa hizo ademanes de empezar a caminar, pero Cisco la tomo con suavidad del brazo.
—Pero necesito recuperar el cristal —insistió Francisco—. Si no lo devuelvo, Don Paco se va a enojar.
—Ya cumplió su propósito —dijo Nawa con firmeza—. Traerte hasta aquí. Debe quedarse donde está para que dentro de muchos lunas sea útil de nuevo para Jawa Paco.
Con un aliento exhausto Cisco dijo Droid usa el modo vuelo y toma una Fotografia del entorno, después regresaremos por él.
Droid saco unas elices que parecían ser su propio sistema de enfriamiento, pronto el sonido se esucuchó el sonido encerdecedor en aquel Colosal paisaje, empezó a ascender el robot hasta solamente ser un pequeño punto el cielo, un destello parpadeo y el punto del cielo cada vez se fue haciendo mas grande hasta tomar la forma de del pequeño robot que perfectamente podría hacerse pasar por un pequeño duendecillo sino fuera por su aspecto de metal y su casco de soldador manchado con una marca de la mano de Don Paco con pintura blanca.
—¿Cómo es que conoces a mi papá? —preguntó Francisco, con la voz quebrada.
Nawa bajó la mirada.
—Hace mucho tiempo, cuando era bebé, mis padres enfermaron. Una enfermedad extraña que les cubrió la piel de manchas rojas. Para protegerme, me enviaron a esta aldea con sirvientes que estaban sanos. Toda mi tribu murió. Perdí a mi familia. Entonces Jawa Paco me encontró y me acogió. Desde entonces he sido su aprendiz. Me crió como una hija. Me enseñó tu idioma. Me preparó y también me preparó para este momento.
El silencio se instaló entre ellos. Francisco sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento mucho —susurró—. Lo de tu tribu.
Nawa levantó la vista. Sus ojos brillaban, pero no de lágrimas.
—No tienes por qué sentirlo. Tú no tuviste la culpa. — El viento soplaba muy fuerte, Cisco se quitó su bata y la puso encima de los hombros de Nawa—. ¿No tienes frío?, deberíamos ponernos en camino Nawa, estoy muy emocionado por conocer al Jawa.
De los ojos de Nawa brotaban lagrimas, tan grandes que parecían 4 rios fluyendo por sus mejillas.
—Que te pasa Nawa por que te pones así? Pregunto Francsisco sumamente preocupado por su nueva amigo quien lo salvo de caer al abismo.
—Es que han pasado tantas cosas Cisco y tengo miedo de lo que viene— sosollaba inconsolable la pobre niña, aunque parecía que sus palabras intentaban en realidad de ocultar algo más, ya que que miedo podría tener una niña tan veloz y fuerte como ella. Seguramente no importa que tan fuerte seas siempre tendrás algún miedo que superar.
Francisco la miró, comprendiendo.
Cuando Nawa se envolvió en la prenda, algo cambió en sus ojos. Una chispa se encendió, pequeña pero intensa. Francisco no supo interpretarla, pero sintió que, de alguna manera, acababan de sellar un pacto.
Nawa: Debemos apresurarnos. El Jawa te dirá cómo cumplir tu misión. Pero antes, tienes que quitarte esa ropa. No debe levantar sospechas en la tribu.
—¿Y Droid? —preguntó Francisco.
Nawa: Droid no puede entrar.
—No pienso separarme de él —respondió Francisco, cruzando los brazos con determinación—. Droid es mi… es mi compañero. Todo esto es demasiado extraño para dejarlo atrás.
Antes de que Nawa pudiera insistir, un sonido metálico interrumpió la discusión. Droid emitió un zumbido grave que fue aumentando en intensidad, como un motor antiguo cobrando vida. Sus placas de metal comenzaron a vibrar, y una luz tenue recorrió cada una de sus articulaciones.
—¿Qué sucede? —preguntó Nawa, dando un paso atrás.
Francisco sonrió. Conocía ese sonido.
—Creo que Droid tiene una idea.
El robot se irguió sobre sus dos pies y, de repente, su estructura comenzó a plegarse sobre sí misma. Fue como ver un origami mecánico en movimiento: las placas del torso se deslizaron hacia los costados mientras los brazos se retraían y reconfiguraban en correas acolchadas. Las piernas se fusionaron en una base rectangular, y de la parte superior emergió una tapa flexible que se selló con un clic satisfecho.
En menos de diez segundos, donde antes había un robot de un metro y medio de altura, ahora descansaba en el suelo una mochila de aspecto resistente pero liviano. Su superficie conservaba el brillo metálico característico de Droid, pero con un acabado mate que la hacía parecer casi orgánica, como si siempre hubiera sido parte de la selva.
Dos correas ajustables, forradas con un material suave al tacto, esperaban ser utilizadas. Y flotando frente a la mochila, suspendido por un campo de energía casi invisible, un par de gafas de cristales negros unidas por un puente de metal esperaban a su dueño.
Francisco contuvo el aliento.
—Droid…
Las gafas flotaron hacia él, y cuando sus manos las sujetaron, sintió el calor familiar del robot. Se las colocó sobre los ojos y, de inmediato, un mensaje en letras amarillas apareció en la esquina inferior derecha de su campo de visión:
«Droid está listo para la aventura, Cisco. La mochila tiene capacidad para todo lo que necesites en el camino. Por aquí traduciré lo que sea necesario. Modo explorador activado.»
Francisco se giró para mostrarle las gafas a Nawa, y un pequeño cuadrado amarillo rodeó el rostro de la niña, mostrando en tiempo real la traducción de las palabras que ella diría antes incluso de que las pronunciara.
—Increíble —murmuró Nawa, acercándose para tocar la mochila—. ¿Droid es… esto ahora?
—Parece que sí —respondió Francisco, recogiendo la mochila del suelo y ajustándosela a la espalda. El peso era perfecto, casi inexistente, como si Droid supiera exactamente cómo distribuir la carga—. Y creo que acaba de resolver nuestro problema.
Nawa asintió, una sonrisa asomándose en su rostro por primera vez desde que se habían encontrado.
Cisco se quito la camisa de tirantes y la guardó dentro de la Mochila Droid,
—Entonces vamos. El Jawa nos espera.
—Eso que tienes puesto Cisco no va con el atuendo de nuestra tribu, dijo Nawa y tomando del suelo una hojas largas y unas lianas parece que la pequeña niña también tenia una idea ingeniesa, empezó a tejar las ojas de forma entrelazada como don le había explicado alguna vez que se hacían los sombreros de paja.
Con la agilidad de alguien que tenia mucha experiencia de hacer algo de forma constante camiban juntos mientras Nawa tejia algo que estaba tomando la forma de una enagua.
Caminaron durante varias horas, hasta que el alba comenzó a teñir el horizonte de tonos rosados y naranjas. La selva despertaba con una sinfonía de cantos de aves y grillos que parecían saludar al nuevo día. A través de las gafas, Francisco podía ver pequeños recuadros amarillos identificando cada especie: «Ara macao» para las lapas que volaban sobre sus cabezas, «Cebus capucinus» para los monos carablanca que los observaban desde las ramas, y «Heliconius erato» para las mariposas de alas alargadas que cruzaban su camino.
Al fondo, entre la niebla que se levantaba, Francisco distinguió luces de antorchas y una gran fogata. Tambores retumbaban acompasados, y una flauta —o algo similar— dibujaba melodías en el aire al fugor de las llamas de una gran Hoguera en el centro de la tribu
—¿Por qué hay tanta gente? —preguntó, sintiendo cómo la mochila en su espalda se ajustaba ligeramente, como si Droid también estuviera observando con atención.
Nawa: Hoy realizan el ritual Shkina por la luna roja. Tendremos que rodear el campamento, para que no nos vean llegar. Ya Nawa había terminado la falda había quedado con un patrón interesante más que una falda para ocultar sus pantaloncillos de mezclilla parecía una falda que lo podría de proteger hasta de proyectiles, parecía tener un patrón de Origami específicamente diseñado para funcionar como armadura. Asi sin camisa y con esa coraza de paja se apresuraron al ver una luces provenientes de un sendero
Siguieron ese sendero que bordeaba las chozas principales. Francisco, a través de las gafas, observó fascinado a los danzantes. Hombres y mujeres con máscaras de jaguares, aves y seres mitológicos se movían al ritmo de los tambores como muñecos de trapo poseídos por un espíritu ancestral.
Las chozas de la aldea Diquís se alzaban sobre plataformas circulares de piedra, sus techos de paja brillaban con la luz tenue de las antorchas. Pero Nawa no se detuvo en ninguna de ellas. Caminó directo hacia una estructura apartada, casi oculta por la vegetación, construida al pie de un enorme ceibo cuyas raíces abrazaban la tierra como dedos gigantescos.
Llegaron a una choza apartada, construida con madera y techo de hojas de plátano. Entraron sigilosamente.
—Aquí vive —dijo Nawa en voz baja—. El Jawa Pipo.
Antes de que Cisco pudiera preguntar algo, la cortina de fibras trenzadas que cubría la entrada se movió. Una mano morena, adornada con anillos de oro y turquesa, apartó el tejido.
Y entonces lo vio.
Dentro, un hombre de espaldas leía manuscritos en voz alta, tan rápido que las palabras se fundían en un galimatías incomprensible.
Nawa: Disculpe, Jawa. He regresado de la misión que me encomendó.
El hombre se dio la vuelta sobresaltado, guardando los escritos con movimientos apresurados. Francisco se quitó las gafas, y antes de que pudiera decir palabra, el anciano se abalanzó sobre él.
Francisco cerró los ojos, esperando un golpe. Pero lo que sintió fue un abrazo. Fuerte, cálido, que lo levantó del suelo y lo hizo girar mientras el hombre reía y cantaba de júbilo.
Cuando por fin lo soltó, Francisco pudo verlo bien. Sus ojos, su expresión, la forma de su sonrisa…
Cisco avanzó con cautela, sintiendo el peso de la mochila en su espalda. A través de las gafas, un mensaje amarillo parpadeó:
«Frecuencia cardíaca elevada. Posible reacción de estrés. ¿Necesitas traducción?»
—No —murmuró Cisco—. Entiendo lo que dice.
Pipo levantó una ceja con interés, observando las gafas.
—¿Qué tienes ahí? ¿Otro de los juguetes de Paco? —preguntó, acercándose con curiosidad—. Déjame ver.
Antes de que Cisco pudiera reaccionar, Pipo ya estaba frente a él, estudiando las gafas con una intensidad que resultaba casi incómoda. Sus dedos, largos y cuidados, flotaron cerca del puente metálico sin llegar a tocarlo.
—Fascinante —murmuró—. Cristales que ven más allá de lo visible. Paco siempre tuvo talento para crear cosas… interesantes.
—¿Conoció a Don Paco? —preguntó Cisco.
Pipo soltó otra de sus carcajadas, pero esta vez Cisco notó algo diferente. Un matiz, una sombra que cruzó sus ojos como un pez en aguas profundas.
—¿Conocerlo? —repitió Pipo, llevando una mano a su pecho con gesto teatral—. Muchacho, Paco fue mi maestro. Mi mentor. El hombre que me enseñó que la magia no está en los hechizos ni en las pócimas, sino en la comprensión profunda de cómo funciona el mundo.
Se volvió y comenzó a caminar hacia la entrada de su choza, haciendo un gesto para que lo siguieran.
—Entra, entra. Nawa, tú también. Esta noche hay mucho que discutir.
—Bienvenido, Cisco —dijo—. Hemos estado esperándote por mucho tiempo. Tu llegada fue predicha por el Jawa anterior. Tú nos ayudarás a enfrentar una gran catástrofe que sucederá en el futuro.
Francisco miró a Nawa, que asintió con solemnidad. Miró a Droid, transformado en gafas, que proyectó un mensaje en su campo de visión:
«Has cruzado el umbral, Francisco. El viaje del héroe ha comenzado.»
Y en algún lugar, en el límite entre el tiempo presente y el futuro, Don Paco sonreía, tomando una taza de té caliente con miel de abeja.
Capitulo 3: El Mentor y la Profecía de las Esferas de piedra
El interior de la choza era un universo aparte. Antorchas de resina vegetal iluminaban un espacio abarrotado de objetos: hierbas secas colgando del techo, vasijas de barro con pigmentos de colores, plumas de aves exóticas, pequeños frascos de vidrio —vidrio, en plena época precolombina— que contenían líquidos misteriosos, y un enorme tapiz en la pared que representaba el cosmos: el sol, la luna, las estrellas, y figuras humanas conectadas por líneas que parecían formar una red infinita.
Pipo se sentó en una estera frente a un pequeño fuego, cruzando las piernas con la soltura de quien ha hecho ese gesto miles de veces. Señaló dos lugares frente a él.
—Siéntense.
Nawa obedeció de inmediato, con la reverencia de quien respeta profundamente a su maestro. Cisco dudó un segundo antes de imitarla, ajustando la mochila para poder sentarse cómodo.
Pipo tomó un cuenco de barro y comenzó a preparar una infusión, sus movimientos precisos, casi coreografiados. Mientras las hojas secas caían en el agua caliente, habló sin mirarlos.
—Paco te habrá contado muchas cosas, Cisco. O tal vez no. Paco siempre fue hombre de revelar solo lo necesario en el momento preciso. —Hizo una pausa y sus ojos se elevaron para encontrar los de Cisco—. Yo soy diferente. Yo creo que para entender el mundo, primero hay que entender la magia que lo sostiene.
—¿Magia? —preguntó Cisco, sin poder evitarlo—. Don Paco nunca habló de magia. Él hablaba de ciencia, de física, de…
Pipo levantó una mano, interrumpiéndolo con una sonrisa indulgente.
—Ciencia. Física. Palabras que tu tiempo usa para explicar lo que no comprende del todo. —Inclinó el cuerpo hacia adelante, y el fuego proyectó sombras danzantes en su rostro—. Dime, Cisco: si yo puedo hacer que un hombre haga lo que yo quiero solo con mirarlo a los ojos y usar las palabras correctas, ¿eso es ciencia o magia?
—Eso es… psicología —respondió Cisco, recordando vagamente un documental que había visto—. Manipulación, tal vez.
—Ah —Pipo sonrió ampliamente, como un padre orgulloso de su hijo—. Psicología. Bonita palabra. En mi mundo, le llamamos magia mental. Y funciona igual de bien.
Tomó un sorbo de su infusión y continuó.
—¿Y qué me dices de esto? —De la bolsa en su cintura extrajo el tubo metálico que Cisco había visto antes. Era pequeño, de unos diez centímetros, con un extremo cerrado y una mecha carbonizada en el otro—. ¿Sabes lo que es?
Cisco sintió que el estómago le daba un vuelco. Era un petardo. Un artefacto de pólvora primitivo, pero inconfundible.
—Eso es… pólvora —dijo—. ¿Cómo consiguió pólvora aquí?
Pipo rió, y el sonido llenó la choza.
—¿Consiguió? Muchacho, yo hago pólvora. Paco me enseñó la receta antes de irse. Me mostró cómo mezclar el azufre, el carbón y el salitre. Cómo conseguir que el fuego explote en lugar de quemar. —Sopesó el artefacto en su mano—. Los guerreros de Curré le tienen miedo a esto. Creen que controlo los rayos. —Sus ojos brillaron con picardía—. Y yo los dejo creerlo. ¿Eso es ciencia o magia?
Cisco no supo qué responder. Pipo asintió, como si hubiera esperado exactamente esa reacción.
—Y luego está la magia más poderosa de todas —continuó, señalando el tapiz cósmico en la pared—. La que no se ve, pero lo gobierna todo. Paco le llama matemáticas. Yo le digo la magia invisible del todo. Números que predicen el movimiento de las estrellas. Cálculos que te dicen cuándo sembrar, cuándo cosechar, cuándo atacar. ¿Sabías, Cisco, que con los números correctos puedes saber lo que una persona hará antes incluso de que ella misma lo sepa?
—Eso es… estadística, probabilidad —murmuró Cisco.
—Magia —insistió Pipo, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Todo es magia, Cisco. La diferencia está en quién la controla y para qué la usa.
—Los Jawas protegen el equilibrio… aunque algunos creemos que el equilibrio requiere sacrificios.
Nawa, que había permanecido en silencio durante toda la conversación, se removió incómoda.
—Jawa Pipo —intervino—. Cisco necesita saber por qué está aquí. Cuál es su misión.
—Cierto, cierto —Pipo asintió, como si acabara de recordarlo—. Tu misión, muchacho. La razón por la que Paco te envió a este tiempo.
Se inclinó hacia adelante, y su voz se volvió confidencial, íntima, como si compartiera un secreto que solo ellos dos podían conocer.
—Los españoles vienen, Cisco. Hombres de metal, con barbas y cruces, que navegan en casas flotantes y matan con truenos portátiles. Llegarán pronto. Y cuando lo hagan, arrasarán con todo. Con los Diquís, con los Cabécares, con los Terbis. Con cada tribu que encuentren.
Sus palabras caían como piedras en un estanque, creando ondas de temor en el pecho de Cisco.
—Pero hay una oportunidad —continuó Pipo, y su voz se suavizó, volviéndose casi seductora—. Una forma de evitar la masacre. De salvar a mi pueblo. De proteger a Nawa, a sus hermanos, a todos los que conoces. Y tú, Cisco, eres parte de esa oportunidad.
—¿Yo? —la voz de Cisco sonó pequeña, incluso para él—. ¿Qué puedo hacer yo?
Pipo sonrió, y esa sonrisa contenía capas que Cisco no podía descifrar: calidez, ambición, y algo más, algo que brillaba en el fondo de sus ojos como una brasa oculta.
—Puedes ayudarme a conseguir lo que necesito para negociar con ellos. Para darles lo que quieren antes de que tengan que tomarlo por la fuerza. Si los españoles obtienen lo que buscan sin luchar, tal vez… tal vez dejen vivir a mi gente.
Cisco frunció el ceño.
—¿Y qué es lo que buscan?
Pipo sostuvo su mirada. El fuego crepitó entre ellos.
—Oro, Cisco. Mucho oro. El oro que el Rey Curré guarda celosamente en su templo. Oro que de todas formas perderemos si los españoles deciden tomarlo con sangre.
Nawa abrió la boca para decir algo, pero Pipo levantó una mano y ella se calló.
—No te pido que entiendas todo ahora —dijo Pipo, su voz volviendo a ser cálida, envolvente—. Solo te pido que confíes en mí. Que me dejes enseñarte lo que sé. La magia mental. La magia del fuego. La magia invisible del todo. Juntos podemos marcar la diferencia.
Extendió su mano abierta hacia Cisco, una ofrenda de alianza.
—¿Qué dices, muchacho? ¿Aprendemos magia?
Jawa Pipo sonrió, revelando dientes manchados por años de masticar alguna hierba desconocida. Hizo una señal a Nawa, quien asintió y se colocó junto a la entrada de la choza, vigilante.
—Don Paco siempre le dijo que nunca debería aprender cosas de personas que decían saber de magia. Pero el mismo Don Paco fue un Jawa, será su destino?
—Hagamos un poco de magia entonces dijo Cisco sumamente animado, esperando aprender mucho con el Jawa Pipo.
—Siéntate, Francisco. La historia que debo contarte es larga, y el tiempo… bueno, el tiempo es precisamente de lo que debemos hablar.
La choza olía a humo, a hierbas secas y a algo dulce que Cisco no pudo identificar. Manuscritos de corteza doblada yacían apilados en las esquinas, junto a vasijas de barro decoradas con figuras de jaguares y serpientes. En el centro, un pequeño fuego mantenía encendida una llama que parecía no consumirse nunca.
—Los Jawas —comenzó Jawa Pipo, sentándose frente a Cisco— somos guardianes. No de tesoros ni de oro, como creen los españoles que algún día llegarán. Guardamos algo mucho más valioso: el equilibrio del tiempo.
—¿Del tiempo? —preguntó Cisco—. Como el cristal…
—El Cristal del Tiempo, sí —confirmó el anciano—. Es uno de los ocho. ¿Viste las marcas en el brazo de tu madre biológica?
Cisco tragó saliva. Su madre. Apenas había pensado en ella, en esa mujer que nunca conoció pero que, según Don Paco, tenía un tatuaje de ocho esferas formando un círculo.
—No la conocí —susurró.
—Pero ella te conoció a ti —dijo Jawa Pipo con una voz que parecía venir de muy lejos—. Y sabía que vendrías. Todos los Jawas lo sabíamos. Por eso Don Paco estaba en ese hospital la noche de tu nacimiento. Por eso el Cristal llegó a tus manos exactamente diez años después. Por eso Nawa te esperaba en el bosque.
Nawa, desde la entrada, volteó a ver a Cisco. Sus ojos también brillaban, pero con una luz diferente, una que Cisco no supo interpretar.
—Hay ocho Cristales —prosiguió Jawa Pipo, tomando un puñado de tierra y dibujando un círculo en el suelo, con ocho puntos marcados—. Ocho esferas de poder, creadas por nuestros antepasados hace más de mil años. No las hicieron los Diquís, Francisco. Las hicieron los Jawas Ancestrales, los primeros Jawas, los que vinieron de las estrellas y cruazaron el mae en casas que nevagaban por el ancho mar.
—¿Vinieron de… de dónde?
—De un lugar que ya no existe —respondió Jawa Pipo—. Un mundo que murió, pero que antes de morir sembró semillas en muchos lugares. Nosotros, los Diquís, fuimos una de esas semillas. Los Jawas, sus guardianes.
El anciano señaló el círculo dibujado en la tierra.
—Cada Cristal tiene un propósito. El que trajiste, el Cristal Azul, es el portal. Abre caminos en el tiempo. Los otros siete están dispersos, esperando ser reunidos. Y según la profecía, quien los reúna antes de la Luna Carmesí podrá…
—¿Podrá qué? —preguntó Cisco, al borde de su asiento.
—Podrá corregir una herida en el tiempo —
—La herida en el tiempo —continuó el Jawa— es el genocidio. Lo que los españoles harán a nuestras tribus dentro de muy poco. Pero no es solo la muerte de personas, Francisco. Es la destrucción de un conocimiento que podría haber cambiado la humanidad.
—En tres años —dijo el anciano—, Cristóbal Colón llegará a estas costas. En veinte, los conquistadores habrán masacrado aldeas enteras. Y en quinientos años, de nuestra civilización solo quedarán esferas de piedra que nadie sabrá explicar.
Las esferas. Cisco recordó las imágenes del túnel, las esferas perfectas, el tatuaje de su madre.
—¿Las esferas de piedra? —preguntó—. ¿Todo esta vinculado a esas esferas y el misterio de que es lo que son?
—Asi es pequeño, pero aun no sabemos que es lo que son esas piedras o como construirlas o hacerlas, la profesia dice que un niño de Ojos redondos como perlas de color negro traerá las esferas de piedra a su espalda y con la fuerza de los titanes salvara a las tribus.
—Tu misión, Francisco, es reunir los ocho Cristales antes de la próxima Luna Carmesí. Eso es… —calculó mentalmente— un año, según el tiempo de tu época. Aquí, en 1499, el tiempo corre diferente, pero la Luna Carmesí llegará igual para todos.
—¿Un año? —exclamó Cisco—. ¿Cómo voy a reunir ocho Cristales en un año? ¡No sé ni dónde están! ¡Y perdí el único que tenía!
—Necesito… necesito pensar —dijo Cisco.
—No hay tiempo —dijo suavemente Nawa—. La Luna Carmesí no espera.
Jawa Pipo se levantó con dificultad y caminó hacia un rincón de la choza. De entre los manuscritos, extrajo uno envuelto en cuero y lo trajo a Cisco.
—Aquí está todo lo que sabemos sobre los Cristales. Dónde se esconden, cómo reconocerlos, cómo usarlos sin destruir el equilibrio. Tu Droid podrá traducirlo.
Cisco tomó el manuscrito con manos temblorosas. Las páginas de corteza estaban cubiertas de símbolos que no reconoció, pero Droid comenzó a escanearlos inmediatamente.
«Procesando. Contiene información sobre siete ubicaciones. Tiempo estimado de decodificación: 72 horas.»
—Setenta y dos horas —murmuró Cisco—. Son tres días.
—Tres días —confirmó el Jawa joven—. Y luego deberás partir. Nawa te guiará.
—¿Nawa? —Cisco volteó a ver a la niña—. ¿Vas a venir conmigo?
—Claro que si, yo nunca te abandonaré Cisco, dijo Nawa de forma muy familiar como si fuera una Hermana menor intentando de cuidar de su hermano mayor.
Por primera vez desde que llegó a 1499, Cisco sintió algo que no era confusión o miedo. Sintió compañía. No estaba solo. Tenía a Droid, tenía a Nawa, y aunque Don Paco estuviera lejos en el tiempo, estaba aquí también, de alguna manera.
Un golpe repentino en la puerta de la choza los sobresaltó. Nawa desenfundó un cuchillo de obsidiana que llevaba atado a la pierna.
—¿Quién es? —preguntó Jawa Pipo.
La puerta se abrió lentamente. Una mujer Diquís, cubierta de pinturas ceremoniales, asomó el rostro. Sus ojos se clavaron inmediatamente en Cisco.
—El consejo de ancianos sabe que hay un extraño en la aldea —dijo—. Exigen verlo. Ahora.
Cisco y los Jawas intercambiaron una mirada. Jawa Pipo suspiró.
—Temía que esto pasara. Los ancianos no saben de los Cristales. No entienden la misión de los Jawas. Para ellos, cualquier forastero es una amenaza.
—¿Qué van a hacerme? —preguntó Cisco, sintiendo que el miedo regresaba.
—Interrogarte —respondió el Jawa joven—. Y si no les gustan tus respuestas… bueno, los Diquís han sobrevivido siglos desconfiando de los extraños.
Nawa se colocó delante de Cisco, protectora.
—No permitiré que le hagan daño.
—No será necesario —dijo una voz profunda desde afuera.
Un hombre mayor, con un tocado de plumas de quetzal y un bastón tallado con figuras de jaguares, entró en la choza. Detrás de él, media docena de guerreros con lanzas observaban en silencio.
—Soy Curré, señor de este valle —dijo el hombre, mirando fijamente a Cisco—. Y tú, niño de ojos de abismo, tienes mucho que explicar.
—Podía ver los subtítulos traducidos del lenguaje mientras hablaba gracias a Droid.
Cisco sintió que las piernas le temblaban. Droid proyectó en sus gafas: «Mantén la calma. Di la verdad. Estos son tus aliados, no tus enemigos.»
Respiró hondo. Recordó las enseñanzas de Don Paco, los entrenamientos, las historias sobre el valor. Y entendió que este era su primer gran prueba. El momento en que debía demostrar que era digno de la misión.
—Droid micrófono y Altavoces — Rapidamente de la Mochila Salieron Dos Altavoces y de las gafas un micrófono se activo.
Mi nombre es Francisco —dijo, sorprendiéndose de la firmeza de su voz—. Y he viajado a través del tiempo para ayudar a su pueblo.
La voz sonó con tanta fuerza que las paredes de bambú retumbaron haciendo vibrar todo a su alrededor.
Los guerreros murmuraron entre ellos. Curré levantó una mano, pidiendo silencio.
—¿Ayudarnos? —preguntó con una ceja arqueada—. ¿Un niño, ayudarnos a nosotros?
—No soy solo un niño —respondió Cisco—. Soy un Jawa. Como ellos.
Y señaló a Nawa y Pipo.
El silencio que siguió fue tan profundo que Cisco pudo escuchar los latidos de su propio corazón. Curré observó a los Jawas, luego a Cisco, luego nuevamente a los Jawas.
—Si esto es cierto —dijo lentamente—, entonces la profecía de los ocho soles está por cumplirse.
—Lo está —confirmó Jawa Pipo—. Y este niño es el elegido.
Curré caminó alrededor de Cisco, examinándolo de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en las gafas que Droid había formado.
—¿Qué son esos cristales negros en tus ojos y por qué tu voz suena tan fuerte es magia?
Cisco dudó. Nawa le había dicho que la tribu no entendería la tecnología.
—Es mi amigo —dijo—. Se llama Droid. Es un ser de metal que piensa y habla. Viene de mi tiempo.
Uno de los guerreros dio un paso atrás, claramente asustado. Otros susurraron la palabra «brujería». Pero Curré permaneció impasible.
—¿Y puede hacer magia?
—No es magia —respondió Cisco—. Es ciencia. Es… conocimiento. Como el que usaron los Jawa Ancestrales para crear los Cristales.
Curré reflexionó un momento. Luego, inesperadamente, sonrió.
—Me gustas, niño de ojos de océano. Tienes valor para decir la verdad, incluso cuando podría costarte la vida. Quédate en nuestra aldea esta noche. Mañana, cuando el sol esté en lo alto, hablaremos de nuevo.
Se volvió hacia sus guerreros:
—Nadie tocará a este niño. Es huésped de Curré.
Y sin añadir más, salió de la choza seguido de sus hombres.
Cisco exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo. Nawa le apretó el hombro, sonriendo.
—Lo hiciste bien —dijo—. Curré es justo. Si le caíste bien, estás a salvo.
—Por ahora —murmuró Jawa Pipo —. Pero la verdadera prueba comienza mañana. Cuando te pida que demuestres quién eres.
Esa noche, mientras la luna llena iluminaba el valle de Diquís y los tambores del ritual shkina volvían a sonar a lo lejos, Cisco se sentó frente a la choza a observar las estrellas. Eran las mismas que veía desde su casa en San José, pensó. Y sin embargo, todo era diferente.
Nawa se sentó a su lado, envuelta en su bata de laboratorio. No hablaron durante un largo rato.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella finalmente.
—Sí —admitió Cisco—. Mucho.
—Yo también. Pero el miedo no es malo. El miedo te mantiene vivo. Lo malo es dejarse gobernar por él.
Cisco la miró. A la luz de la luna, los adornos de jade morado en sus orejas brillaban con un fulgor extraño.
—¿Cómo sabes tanto? Eres casi de mi edad.
—Los Jawas enseñan rápido cuando el destino apura —respondió ella—. Y tú, ¿cómo sabes tanto? Construiste un amigo de metal.
Cisco sonrió.
—Porque Don Paco… porque Jawa Paco me enseñó que no hay límites para lo que podemos crear si usamos nuestra inteligencia e imaginación.
Nawa asintió, como si eso tuviera todo el sentido del mundo.
—Entonces usaremos tu inteligencia y mi valor —dijo—. Y juntos, encontraremos los Cristales.
—Juntos —repitió Cisco.
Y por primera vez desde que llegó a 1499, sintió que quizás, solo quizás, podría lograrlo.
Dentro de la choza, los dos Jawas observaban la escena.
—Va a necesitar más que valor e inteligencia —dijo el anciano.
—Lo sé —respondió el joven—. Va a necesitar fe.
—¿Crees que la tenga?
El Jawa joven sonrió, y en esa sonrisa estaban todos los años que aún no había vivido, todas las enseñanzas que aún no había impartido.
—La tendrá —dijo—. Porque nosotros creemos en él. Don Paco se visualizó claramente junto al Jawa Pipo.
Afuera, la luna continuó su viaje por el cielo, testigo silencioso de un niño que, sin saberlo aún, había comenzado el viaje del héroe. Había recibido la llamada, había cruzado el umbral, y ahora, en la aldea de los Diquís, estaba a punto de enfrentar su primera gran prueba.
Capítulo 4: El Espíritu del Jaguar
La madrugada envolvió la aldea de los Diquís en un silencio que solo los pájaros madrugadores se atrevían a romper. Cisco no había dormido bien. Las palabras de Curré resonaban en su cabeza como tambores lejanos: «Mañana, cuando el sol esté en lo alto, demostrarás quién eres.»
—¿Estás despierto? —susurró Nawa desde la entrada de la pequeña choza que le habían asignado.
Cisco se incorporó sobre la estera de paja. La luz tenue del amanecer se colaba por las rendijas de las paredes de caña, dibujando líneas doradas en el piso de tierra.
—No pude dormir mucho —admitió.
Nawa entró y se sentó a su lado. En su regazo llevaba un cuenco de barro con una bebida humeante que olía a maíz y cacao.
—Toma. Te dará fuerza para lo que viene.
Cisco aceptó el cuenco y dio un sorbo. El líquido era espeso, ligeramente amargo, pero un calor agradable se extendió por su pecho.
—Nawa… ¿qué crees que pasará hoy?
La niña guardó silencio por un momento. Afuera, el canto de las lapas rojas comenzaba a intensificarse, saludando al sol que pronto aparecería sobre las montañas.
—El rey Curré pondrá a prueba tu espíritu —dijo finalmente—. Pero no sé cómo. Los Diquís tienen formas antiguas de medir el valor de una persona.
—¿Y si fracaso?
Nawa lo miró fijamente. Sus ojos negros brillaban con una intensidad que Cisco no había visto antes.
—Los Jawas creemos que nadie fracasa realmente. Solo se aprende o se tropieza. Y si tropiezas, te levantas y sigues. Eso también es valor.
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Tres horas después, cuando el sol alcanzó su punto más alto sobre el Valle de Diquís, Cisco se encontraba en el centro de la aldea, rodeado por cientos de personas.
La ceremonia había comenzado al mediodía exacto. Los tambores retumbaban con un ritmo hipnótico, y los ancianos, vestidos con sus mejores atuendos ceremoniales, formaban un semicírculo frente a una gran hoguera que ardía sin consumirse.
Curré se levantó de su trono de madera tallada. Su tocado de plumas de quetzal brillaba como un arcoíris atrapado en el aire.
—Hijos del Valle de Diquís —su voz resonó poderosa, acostumbrada a mandar—. Hoy es un día que será recordado por muchas lunas. Un niño ha llegado a nuestra tierra. Un niño que dice ser Jawa. Que dice haber cruzado el tiempo mismo para ayudarnos.
Los murmullos recorrieron la multitud. Algunos miraban a Cisco con curiosidad, otros con desconfianza, unos pocos con temor.
—Pero las palabras son solo viento —continuó Curré—. El viento viene y se va, y no deja huella. Lo que perdura son los actos. Lo que demuestra quién eres realmente es lo que haces cuando tu vida pende de un hilo.
Hizo una seña, y dos guerreros se adelantaron arrastrando una enorme jaula de madera cubierta con pieles de animales.
Cuando retiraron las pieles, un rugido sacudió la aldea.
Dentro de la jaula, un jaguar negro se debatía furioso contra su encierro. Era enorme, del tamaño de un caballo pequeño. Su pelaje era negro como la noche sin estrellas, pero cuando el sol le daba, destellaban en él motas de un dorado imposible. Y sus ojos… sus ojos eran dos pozos de luz amarilla que quemaban con odio y desesperación.
El Espíritu del Jaguar.
Los Diquís cayeron de rodillas. Todos, excepto Curré, que permaneció de pie con el rostro impasible.
—Los cazadores lo encontraron hace tres días —explicó el rey—. Bebía agua en la cascada. Lograron capturarlo con redes y hierbas para dormirlo. No ha comido desde entonces. No ha bebido. Prefiere morir antes que doblegarse.
Cisco sintió que el estómago le daba un vuelco.
—No entiendo —murmuró—. ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Curré lo miró fijamente.
—Los antiguos cuentan que el primer Jawa, el que vino de las estrellas, domó a un jaguar con solo mirarlo a los ojos. El jaguar se convirtió en su sombra, en su hermano, en su protector. —Hizo una pausa—. Tú dices ser Jawa. Demuéstralo.
Cisco tragó saliva.
—¿Quiere que… que domine al jaguar?
—Quiero que entres en esa jaula —corrigió Curré—. Y que salgas con vida. Si el jaguar te acepta, sabremos que dices la verdad. Si el jaguar te mata… bueno, al menos habrá servido de alimento para la bestia.
Nawa dio un paso adelante, furiosa.
—¡Eso es una locura! ¡Es solo un niño!
Pero Curré levantó una mano y los guerreros rodearon a Nawa, impidiéndole avanzar.
—Si es quien dice ser, sobrevivirá. Si no… su muerte nos ahorrará problemas futuros.
Cisco miró la jaula. El jaguar rugía, arañaba los barrotes, echaba espuma por la boca. Sus ojos amarillos estaban llenos de dolor, de hambre, de rabia.
Droid proyectó un mensaje en sus gafas: «Francisco, esto es extremadamente peligroso. Mis cálculos indican un 97% de probabilidad de muerte si ingresas a esa jaula.»
—Gracias, Droid —susurró Cisco—. Eso ayuda mucho.
Respiró hondo. Recordó las palabras de Don Paco: «El valor no es no tener miedo, Cisco. El valor es tener miedo y aún así seguir adelante.»
Y entonces, sin pensarlo más, caminó hacia la jaula.
Los Diquís contuvieron el aliento. Nawa gritó algo, pero Cisco no la escuchó. Solo escuchaba los latidos de su propio corazón, acelerados como tambores de guerra.
La puerta de la jaula se abrió. Cisco entró.
El jaguar se quedó inmóvil.
Sus ojos amarillos se clavaron en los ojos azules de Cisco. Por un momento, el tiempo se detuvo. El rugido cesó. Las garras dejaron de arañar. El animal temblaba, pero no de rabia. Temblaba de agotamiento, de sed, de hambre.
Cisco vio algo en esos ojos que nadie más había visto: miedo.
El jaguar tenía miedo. No de él, sino de morir. De terminar sus días encerrado, lejos de su selva, lejos de su libertad.
—Tranquilo —susurró Cisco, extendiendo una mano temblorosa—. No voy a hacerte daño.
El jaguar gruñó, un sonido profundo que retumbó en el pecho de Cisco.
—Lo sé —continuó Cisco, sin apartar la mirada—. Tú tampoco quieres hacerme daño. Solo quieres salir de aquí. ¿Verdad?
El animal parpadeó lentamente.
Cisco dio un paso adelante. El jaguar no se movió. Otro paso. Nada. Cuando estuvo a solo un metro, Cisco se arrodilló en el suelo de la jaula, poniéndose a la altura del animal.
Y entonces lo vio.
En el lomo del jaguar, justo detrás del hombro izquierdo, había una herida. No era una herida de lucha ni de captura. Era una incisión limpia, como si alguien hubiera cortado la piel con un cuchillo y luego la hubiera cosido toscamente.
Algo brillaba en el interior de esa herida.
Algo rojo.
Cisco sintió que el corazón le daba un vuelco. Sin pensar en el peligro, sin pensar en nada, extendió la mano hacia la herida.
El jaguar gruñó, pero no se movió.
Cisco tocó la piel del animal. Estaba caliente, sudorosa. Con cuidado infinito, introdujo dos dedos en la herida.
El jaguar tembló, pero no atacó.
Y entonces Cisco encontró lo que buscaba. Una superficie lisa, cálida, palpitante. La agarró con suavidad y tiró.
La gema emergió de la herida cubierta de sangre. Era roja, de un rojo tan profundo que parecía contener fuego líquido en su interior. Pequeñas partículas de luz danzaban dentro de ella, formando patrones que desaparecían y volvían a formarse.
La Gema del Valor.
El jaguar lanzó un rugido, pero no era un rugido de dolor. Era un rugido de alivio. La presión en su lomo desapareció. La infección que lo estaba matando desde dentro comenzaba a sanar.
Cisco sostenía la gema en una mano. Con la otra, acarició el pelaje del jaguar.
—Ya pasó —susurró—. Ya pasó, amigo.
El jaguar cerró los ojos. Y lentamente, con la dignidad de quien no se rinde ante nada, se recostó en el suelo de la jaula y apoyó la cabeza en las piernas de Cisco.
Afuera, el silencio era absoluto.
Nadie se movió. Nadie habló. Nadie respiró.
Hasta que Curré rompió el hechizo.
—¡Por todos los espíritus! —exclamó, y su voz temblaba como nunca antes—. ¡El niño ha sanado al jaguar! ¡No lo ha domado con fuerza, lo ha sanado con compasión!
Los Diquís estallaron en vítores. Los tambores volvieron a sonar, pero esta vez no era un ritmo ceremonial, era música de celebración. Las mujeres danzaban. Los guerreros golpeaban sus lanzas contra los escudos. Los niños corrían en todas direcciones, contagiados por la alegría de los adultos.
Abrieron la jaula. Cisco salió con el jaguar pegado a sus piernas, como un gato doméstico buscando caricias.
Nawa se abrió paso entre la multitud y abrazó a Cisco con una fuerza inesperada.
—¡Lo lograste! —exclamó, y por primera vez desde que la conocía, Cisco vio lágrimas genuinas en sus ojos—. ¡Lo lograste, Cisco!
Cisco quería hablar, quería decir algo inteligente, algo digno de un Jawa. Pero lo único que pudo hacer fue sonreír tontamente y dejar que el abrazo de Nawa lo sostuviera.
Curré se acercó y puso una mano en el hombro de Cisco.
—Has hecho algo que ningún guerrero de mi tribu ha logrado en cien años —dijo, con respeto genuino—. No mataste al enemigo. Lo sanaste. Te hiciste su amigo. Eso, niño de ojos de océano, es más valiente que cualquier batalla.
Cisco miró la gema roja en su mano.
—Esto estaba dentro de él —dijo—. Alguien se la puso ahí. Alguien quería que el jaguar muriera.
Los ojos de Curré se estrecharon.
—¿Quién haría algo así?
Cisco no respondió. Pero en el fondo de su mente, una sospecha comenzaba a germinar.
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Esa noche, la aldea de los Diquís celebró como no lo había hecho en décadas.
Encendieron una hoguera tan grande que sus llamas parecían tocar el cielo. Los chamanes entonaron cánticos antiguos, y los guerreros realizaron danzas que contaban historias de jaguares y estrellas. Las mujeres sirvieron banquetes de maíz, frijoles, y una carne ahumada que Cisco no pudo identificar pero que su estómago, vacío desde hacía horas, agradeció profundamente.
Y en la entrada de la choza que le habían asignado a Cisco, el jaguar negro dormía como un cachorro manso.
Era una imagen imposible: la bestia más temida de la selva, el espíritu guardián del valle, roncando suavemente con la cabeza apoyada en sus patas delanteras, completamente relajado.
Los Diquís pasaban frente a la choza solo para verlo. Algunos se persignaban a su manera. Otros dejaban ofrendas de comida. Los niños se acercaban de puntillas, fascinados, y el jaguar ni siquiera abría los ojos.
Curré convocó a Cisco y Nawa a su tienda real.
—Mañana reuniré a los ancianos de todas las tribus —dijo—. Los Terbis, los Cabécares, los Borucas, los Huetares. Todos deben saber lo que ha ocurrido aquí. Todos deben conocer al niño que sanó al espíritu del jaguar.
Cisco negó con la cabeza.
—No es a mí a quien deben conocer. Es el mensaje lo que importa.
—¿Qué mensaje?
Cisco mostró la gema roja, que ahora descansaba en una bolsita de cuero que Nawa le había tejido.
—Los españoles vienen —dijo—. Hombres de metal, con barbas y cruces, que navegan en casas flotantes y matan con truenos portátiles. Llegarán pronto. Y cuando lo hagan, arrasarán con todo.
El rostro de Curré se ensombreció.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque vengo del futuro. Porque he visto lo que pasará. Porque los Jawas me enviaron para evitarlo.
Silencio.
—¿Y cómo piensas evitarlo? —preguntó finalmente Curré.
Cisco sostuvo la gema en alto.
—Hay siete más como esta. Siete gemas escondidas en siete lugares sagrados, custodiadas por siete espíritus. Cuando las reunamos todas, cuando encontremos la forma de tocarlas juntas, se abrirá un portal. Un portal hacia las estrellas. Hacia el lugar de donde vinieron los Jawas Ancestrales.
Curré abrió los ojos con asombro.
—¿Un portal? ¿Hacia las estrellas?
—La profecía no habla de salvar a las tribus en la Tierra —explicó Cisco—. Habla de salvarlas llevándolas a un lugar seguro. A otro mundo. Hasta que sea seguro regresar.
Nawa tomó la mano de Cisco.
—Iremos juntos —dijo—. Visitaremos las siete tribus. Llevaremos el mensaje de unión y paz. Les hablaremos de las profecías de los chamanes. Y prepararemos a todos para el viaje más grande de su historia.
Curré reflexionó largamente. Afuera, los tambores seguían sonando, pero aquí dentro solo se escuchaba el crepitar de las antorchas.
—Los ancianos de las otras tribus son desconfiados —dijo finalmente—. No creerán en un niño extraño solo porque tiene una piedra que brilla.
—Por eso necesitamos algo más —respondió Cisco—. Necesitamos al jaguar.
Curré levantó una ceja.
—¿Al jaguar?
—Si el espíritu del valle nos acompaña, si camina a nuestro lado cuando lleguemos a las otras tribus, nadie podrá dudar. Nadie podrá negarse a escuchar.
El rey sonrió, una sonrisa lenta que iluminó su rostro.
—Eres más astuto de lo que pareces, niño de ojos de océano.
—Me llamo Cisco —dijo Francisco—. Y sí, lo soy.
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Cuando Cisco y Nawa regresaron a su choza, la aldea comenzaba a aquietarse. La hoguera se había reducido a brasas. Los tambores callaban uno a uno. Las familias se retiraban a descansar.
El jaguar seguía dormido en la entrada, roncando plácidamente.
Cisco sonrió.
—¿Puedes creerlo? —susurró a Nawa—. Hace unas horas quería matarme.
—Los espíritus reconocen a los puros de corazón —respondió ella—. Eso me enseñó Don Paco. Y tú, Cisco, tienes el corazón más puro que he conocido.
Cisco sintió que se ruborizaba. Menos mal que la oscuridad lo ocultaba.
—Bueno… deberíamos dormir. Mañana empieza el viaje.
Nawa asintió y entró en la choza. Cisco se disponía a seguirla cuando algo lo detuvo.
Una sombra.
Se movía sigilosamente entre las chozas, aprovechando la oscuridad. Era una figura humana, encorvada, que se acercaba con cautela al lugar donde Cisco había dejado la gema, dentro de su mochila, junto a la entrada.
Cisco contuvo el aliento.
La figura llegó a la mochila. Una mano morena, adornada con anillos de oro y turquesa, se extendió hacia ella.
Pero entonces, el jaguar abrió los ojos.
En un instante, la bestia pasó del sueño profundo a la furia absoluta. Un rugido ensordecedor sacudió la noche. Las garras, afiladas como cuchillos de obsidiana, se clavaron en el brazo de la figura.
—¡Agh! —gritó una voz. Una voz que Cisco reconoció.
La figura cayó hacia atrás, y por un instante, la luz de las estrellas iluminó su rostro.
Pipo.
El Jawa Pipo.
Su brazo sangraba profusamente, tres surcos profundos abiertos por las garras del jaguar. En su otra mano, algo brillaba: la Gema del Valor.
—¡Tú! —gritó Cisco, saliendo de las sombras—. ¡¿Qué haces?!
Pipo lo miró con ojos desorbitados, una mezcla de dolor, sorpresa y algo más. Algo oscuro que Cisco no había visto antes.
—Esto… esto no es lo que parece —farfulló, retrocediendo.
El jaguar se preparaba para atacar de nuevo, pero Pipo lanzó un puñado de polvo al aire. El polvo brilló un instante y luego explotó en una nube de humo cegador.
Cuando el humo se disipó, Pipo había desaparecido.
Pero en el suelo, un rastro de sangre fresca marcaba su camino hacia la selva.
Nawa salió de la choza, alertada por el rugido.
—¿Qué pasó? —preguntó, y luego vio la sangre—. ¿Cisco? ¿Estás herido?
Cisco negó con la cabeza, todavía en shock.
—No es mi sangre. Es de Pipo. El Jawa Pipo.
—¿Pipo? —Nawa frunció el ceño—. ¿Qué hacía aquí?
Cisco señaló la mochila. La gema roja ya no estaba.
—Quería robarla. Quería robarla todo el tiempo.
Nawa lo miró, incrédula.
—Pero… Pipo es un Jawa. Es el guardián. ¿Por qué haría eso?
Cisco recordó la herida en el lomo del jaguar. La incisión limpia, como hecha con un cuchillo. Alguien había puesto la gema allí a propósito. Alguien había querido que el jaguar muriera para que Cisco la encontrara.
—Él la puso ahí —susurró Cisco—. Pipo puso la gema en el jaguar. Quería que yo la encontrara. Quería que pasara todo esto.
—¿Para qué?
Cisco miró el rastro de sangre que se perdía en la oscuridad de la selva.
—No lo sé. Pero vamos a averiguarlo.
El jaguar se levantó, olfateó el aire y lanzó un rugido hacia la selva. Luego miró a Cisco, como preguntando: «¿Vamos tras él?»
Cisco acarició su cabeza.
—Tranquilo, amigo. Lo encontraremos. Su propia sangre nos guiará.
Nawa se acercó y puso una mano en su hombro.
—Esto es más grande de lo que creíamos, ¿verdad?
Cisco asintió.
—Pipo no es quien decía ser. Y si él es así… ¿quién más nos está mintiendo?
El jaguar gruñó suavemente, como si estuviera de acuerdo.
Arriba, las estrellas brillaban impasibles, testigos silenciosos de una traición que apenas comenzaba. Y en algún lugar de la selva, un hombre herido huía con una gema robada, dejando un rastro que llevaría a Cisco y Nawa directamente al corazón de la oscuridad.
Capítulo 5: El Sendero del Engaño
El rastro de sangre brillaba bajo la luz de la luna como un camino de advertencia.
Cisco y Nawa corrían detrás de él, sus sandalias y pies descalzos aplastando hojas y ramas en la oscuridad de la selva. El jaguar los precedía, sus movimientos eran sigilosos pero determinados, como si también quisiera alcanzar al hombre que lo había herido.
—¡Va hacia el oeste! —gritó Nawa, señalando las gotas oscuras que salpicaban las hojas de los helechos gigantes.
Cisco asentó el paso, sintiendo el peso de Droid en su espalda. La mochila vibraba ligeramente, como si el robot también estuviera en estado de alerta.
—Droid, ¿puedes proyectar luz para ver mejor el rastro?
De inmediato, un haz luminoso emergió de la parte superior de la mochila, iluminando el camino con una claridad azulada. Las gotas de sangre se volvieron aún más visibles, casi fluorescentes bajo esa luz.
—Excelente —murmuró Cisco—. Ahora sí podemos seguir…
Pero Nawa se había detenido.
—Cisco… el jaguar.
El animal estaba quieto, olfateando el aire con evidente dificultad. Su respiración era entrecortada, y de vez en cuando emitía un gemido profundo, como si el esfuerzo de la persecución le costara más de lo que quería demostrar.
—Su herida —dijo Cisco, acercándose—. La que tenía en el lomo. No ha sanado del todo.
Nawa se arrodilló junto al jaguar y examinó la zona donde Cisco había extraído la gema. La piel estaba enrojecida, inflamada, y un tenue hilo de sangre fresca comenzaba a brotar.
—La carrera lo ha empeorado —diagnosticó—. Necesita descansar. Necesita curación.
—Pero si paramos, perderemos a Pipo —objetó Cisco, mirando frustrado hacia la oscuridad donde el rastro de sangre continuaba.
El jaguar lo miró. Sus ojos amarillos, esos ojos que horas antes habían reflejado odio y desesperación, ahora transmitían algo distinto: confianza. Apoyó su enorme cabeza en la pierna de Cisco y cerró los ojos, como diciendo «confío en ti».
Cisco sintió que el corazón se le encogía.
—Tienes razón —suspiró, acariciando el pelaje negro—. No podemos dejarlo así. No después de todo.
Nawa ya estaba recolectando hojas y ramas en la oscuridad, iluminada por la luz de Droid.
—Hay plantas medicinales por aquí —explicó mientras arrancaba unas hojas alargadas de un arbusto cercano—. Mi madre me enseñó a reconocerlas antes de enfermar. Esta es la hoja del bálsamo. Y esta… —olió otra— es manzanilla silvestre. Con esto podemos hacer un ungüento.
Cisco observó fascinado cómo Nawa trituraba las hojas entre dos piedras, mezclándolas con un poco de agua de su cantimplora de calabaza. Pronto tuvo una pasta verdosa que olía intensamente a hierba y a medicina.
—Va a dolerle —advirtió—. Sujétalo.
Cisco pasó un brazo alrededor del cuello del jaguar y comenzó a hablarle en voz baja, como hacía Don Paco cuando él estaba asustado o lastimado.
—Tranquilo, amigo. Ella solo quiere ayudarte. Va a doler un poco, pero después te sentirás mejor. Como cuando te saqué la piedra, ¿recuerdas? Duele, pero luego pasa.
El jaguar lo miró, y por un instante Cisco juraría que había entendido cada palabra.
Nawa aplicó el ungüento. El animal se estremeció, un gruñido escapó de su garganta, pero no se movió. No atacó. Solo apretó la mandíbula y soportó el dolor con una dignidad que dejó a ambos niños sin palabras.
—Increíble —susurró Nawa mientras extendía la pasta sobre la herida—. Es como si supiera que lo estamos ayudando.
—Lo sabe —respondió Cisco con seguridad—. Los animales saben más de lo que creemos.
Pasaron los minutos. La pasta comenzó a hacer efecto. La inflamación disminuyó visiblemente, y el hilo de sangre se secó. Pero lo más sorprendente ocurrió cuando Nawa retiró la mano: la herida, que antes era profunda y peligrosa, ahora parecía tener varios días de evolución, como si el tiempo hubiera pasado más rápido sobre ella.
—No es posible —dijo Nawa, incrédula—. Las plantas ayudan, pero no pueden hacer esto.
Cisco observó al jaguar. El animal había abierto los ojos y lo miraba con una intensidad que iba más allá de lo animal.
—No es solo un jaguar —dijo lentamente—. Es el espíritu del bosque. Un guardián. Como los Jawas, pero de la naturaleza. Su cuerpo sana más rápido porque no es completamente… físico.
Nawa asintió, comprendiendo.
—Don Paco me habló de seres así. Dijo que había lugares en el mundo donde lo espiritual y lo físico se tocaban. Y que en esos lugares, a veces nacían criaturas que eran ambas cosas.
El jaguar se levantó. Probó su peso sobre las cuatro patas, luego dio unos pasos. Su respiración ya no era entrecortada. Sus ojos brillaban con renovada energía.
Luego, con un movimiento que sorprendió a ambos, se acercó a Nawa y lamió su mano, justo donde había aplicado el ungüento.
Nawa contuvo el aliento.
—Cisco… creo que me dio las gracias.
—Creo que tienes razón.
El jaguar se volvió hacia Cisco y repitió el gesto, lamiendo su mano con su áspera lengua.
—Bueno —dijo Cisco, sonriendo—. Creo que ya somos amigos oficialmente.
Nawa rió, una risa limpia que resonó en la selva nocturna.
—No puede seguir siendo «el jaguar» para siempre. Necesita un nombre.
Cisco reflexionó. Miró al animal, a esos ojos amarillos que habían pasado del odio a la confianza en cuestión de horas. Recordó cómo lo había malinterpretado al principio, cómo había pensado que quería matarlo cuando en realidad solo pedía ayuda.
—Parecía un enemigo —dijo en voz baja—. Pero solo estaba atrapado. Engañado. Como en esas historias de dioses que engañan a los héroes.
—¿Dioses del engaño? —preguntó Nawa.
—Los nordicos tienen uno. Se llama Loki. Es tramposo, embaucador, siempre parece el malo… pero a veces solo está buscando su lugar. O ayudando a su manera.
Nawa probó el nombre en sus labios.
—Lo-ki. Loky. —Sonrió—. Me gusta. Suena fuerte. Suena… justo.
—Loky —dijo Cisco, mirando al jaguar—. ¿Qué te parece?
El jaguar parpadeó lentamente, luego lanzó un rugido suave, como si aprobara.
—Loky será entonces.
Reanudaron la persecución, pero esta vez con más calma. Loky los guiaba, su olfato mucho más desarrollado que cualquier herramienta de Droid. El rastro de sangre se había secado, pero el jaguar seguía el olor de Pipo como si estuviera escrito en el aire.
Caminaron durante horas. La selva comenzó a cambiar. Los árboles se hicieron más escasos, el terreno más arenoso. El aire adquirió un olor salado que Cisco reconoció de inmediato.
—El mar —dijo—. Nos acercamos al mar.
Nawa asintió, preocupada.
—Si Pipo llega a la costa… si encuentra una canoa…
—No podemos dejar que escape.
Aceleraron el paso. Loky también se movía más rápido, consciente de la urgencia.
Finalmente, la selva se abrió ante ellos.
La playa se extendía kilómetros a ambos lados, blanca como la espuma bajo la luz del amanecer que comenzaba a teñir el horizonte. Las olas rompían suavemente sobre la arena, y más allá, el océano Pacífico se perdía en el infinito.
Pero no fue el mar lo que dejó sin aliento a Cisco.
Fueron los barcos.
Tres grandes navíos de madera se mecían en la distancia, sus velas recogidas, sus mástiles elevándose hacia el cielo como cruces gigantes. Eran inconfundibles. Cisco los había visto en libros, en documentales, en el túnel del tiempo.
La Pinta. La Niña. La Santa María.
—No —susurró—. No puede ser. Es demasiado pronto. Colón no debería llegar hasta dentro de tres años.
Droid proyectó un mensaje urgente: «Confirmo. Las embarcaciones coinciden con las carabelas de Cristóbal Colón. Sin embargo, su presencia aquí en 1499 constituye una anomalía temporal de primer orden.»
—¿Anomalía? —preguntó Nawa, que leía por encima de su hombro—. ¿Qué significa eso?
—Significa que alguien está alterando la historia —respondió Cisco, la mente trabajando a toda velocidad—. Que estos barcos no deberían estar aquí. Y si están…
Su mirada se posó en un cuarto barco.
Era más pequeño que las carabelas, más aerodinámico. No tenía velas, sino una especie de tubo en la parte trasera que aún humeaba. Se movía por el agua con una facilidad que ningún barco del siglo XV debería tener. Y se dirigía directamente hacia la playa, hacia ellos.
—Allí —señaló Cisco—. Miren.
Un objeto emergió de las aguas cerca de la orilla. Era una especie de esfera de vidrio, grande como una persona, que flotaba hacia la superficie. Cuando rompió el agua, Cisco pudo ver su interior: un hombre, encorvado, con el brazo sangrante.
Pipo.
—¡Está escapando en un submarino! —exclamó Cisco.
—¿Un sub… qué? —preguntó Nawa.
—Un vehículo que viaja bajo el agua. No hay tiempo para explicar.
El submarino primitivo —porque eso era, una mezcla de madera y metal con un gran cristal frontal— se acercó al barco pequeño y se acopló a su costado. Una escotilla se abrió, y Pipo emergió en la cubierta, tambaleándose por la herida.
Cisco observaba todo a través de Droid, que había transformado sus gafas en un catalejo improvisado. Podía ver a Pipo hablando con alguien en la cubierta, gesticulando, señalando hacia atrás, hacia la selva. Hacia donde ellos estaban.
Y entonces lo vio.
En la cubierta del barco pequeño, de pie junto a la borda, un hombre observaba la costa con un catalejo propio. Iba vestido de manera extraña: ropas oscuras, elegantes, como las que Cisco había visto en películas sobre el siglo XIX más que sobre el XV. Su cabello era negro, peinado hacia atrás, y su postura irradiaba autoridad.
El hombre bajó el catalejo.
Por un instante, sus miradas se cruzaron a través de la distancia. Cisco sabía que era imposible, que estaba demasiado lejos para que el hombre pudiera verlo a simple vista. Pero lo sintió. Sintió que ese hombre sabía exactamente dónde estaba.
Luego, con un movimiento brusco, el hombre se dio la vuelta y desapareció en la cabina del barco.
El barco pequeño comenzó a moverse, alejándose de la costa, dirigiéndose hacia las tres carabelas que esperaban en el horizonte.
Cisco bajó el catalejo. Sus manos temblaban.
—Cisco —dijo Nawa, preocupada—. ¿Qué viste?
—A alguien —respondió—. Alguien que estaba esperando a Pipo. Alguien que parece ser su… ¿jefe?
—¿Un jefe? ¿De Pipo?
—No lo sé. Pero sea quien sea, ahora tiene la gema. Y tiene un barco que no debería existir en esta época.
Loky gruñó, mirando fijamente el horizonte donde los barcos se alejaban.
Droid proyectó un nuevo mensaje: «Francisco, he estado analizando las embarcaciones. El barco pequeño utiliza un sistema de propulsión que no será inventado hasta el año 1802. Alguien más, aparte de nosotros, está viajando en el tiempo.»
Cisco sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero no era la arena. Era la realidad misma la que se tambaleaba.
—No estamos solos —murmuró—. Hay otros. Otros viajeros del tiempo. Y acaban de robarnos la primera gema.
Nawa tomó su mano.
—Entonces iremos tras ellos —dijo con determinación—. Iremos a donde sea necesario. Recuperaremos la gema. Y descubriremos quién es ese hombre del catalejo.
Loky rugió, un rugido poderoso que se perdió en el sonido de las olas.
Cisco miró el mar. Los barcos se hacían cada vez más pequeños en el horizonte.
—Tienes razón —dijo finalmente—. Esto no termina aquí. Apenas comienza.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia la selva.
—¿A dónde vas? —preguntó Nawa.
—A buscar las otras gemas —respondió Cisco sin detenerse—. Pipo y su jefe tienen una. Pero quedan seis. Y si vamos a enfrentarlos, vamos a necesitar cada una de ellas.
Nawa sonrió y corrió para alcanzarlo. Loky los siguió, su enorme cuerpo moviéndose con la gracia de quien pertenece a la selva.
Detrás de ellos, el sol terminaba de salir sobre un mar que guardaba demasiados secretos.
CAPÍTULO 6: EL SECRETO DE LOS MANUSCRITOS
Amanecer del Día 2 – Aldea de Curré, Valle de Diquís
Quedan 2 días para el cumpleaños de Francisco
El sol apenas comenzaba a teñir de naranja las copas de los ceibos cuando Cisco irrumpió en la choza de Curré. Nawa lo seguía de cerca, y Loky, el jaguar negro, se quedó en la entrada, sus ojos amarillos escaneando la aldea que despertaba.
—Rey Curré —dijo Cisco, sin aliento—. Necesitamos convocar a los ancianos. Droid ha terminado de decodificar los manuscritos.
Curré levantó la vista del cuenco de barro donde tomaba su bebida de maíz. A su alrededor, media docena de guerreros y chamanes observaban al niño de ojos azules con una mezcla de respeto y curiosidad. La historia del jaguar sanado ya había corrido por toda la aldea como la pólvora que Pipo había mostrado.
—¿Los manuscritos sagrados? —preguntó Curré, dejando el cuenco—. ¿Los que los Jawas nos dieron hace generaciones?
—Esos mismos. Droid ha traducido su contenido. Sabemos dónde están las gemas.
Cisco se quitó las gafas y las sostuvo en alto. Droid, comprendiendo la señal, proyectó un holograma tridimensional en el centro de la choza. Los presentes retrocedieron, algunos llevándose las manos al pecho en señal de protección.
—No tengan miedo —dijo Nawa con calma—. Es solo… luz. Luz que cuenta historias.
El holograma mostraba un mapa del territorio que los Diquís conocían como el mundo: la gran cordillera al este, las montañas humeantes al norte, las selvas impenetrables al sur, y el océano infinito al oeste. Cuatro puntos brillaban en el mapa, cada uno de un color diferente.
—Los manuscritos llaman a estos lugares los Templos de la Rosa de los Vientos —explicó Cisco, señalando cada punto—. Norte, Sur, Este y Oeste. En cada uno hay una gema.
—¿Qué gemas? —preguntó uno de los chamanes, un anciano de arrugas profundas como cauces de ríos.
Droid tradujo en las gafas que Cisco volvió a colocarse, y el niño repitió en voz alta:
—Al Norte, en las montañas que humean, la Gema Blanca de la Transformación. Al Sur, en la selva que nunca duerme, la Gema Verde de la Sanación. Al Este, en las cumbres donde nacen los ríos, la Gema Naranja de la Sabiduría. Al Oeste, en la isla sagrada de Nicoya, la Gema Morada de la Creación.
—¿Y las otras? —preguntó Curré—. Dijiste que son ocho.
Cisco asintió, su rostro tenso.
—La Gema Roja del Valor ya la encontramos. Pero Pipo la robó. La Gema Amarilla de la Creación… Droid no puede localizarla. Sus coordenadas son inestables, como si estuviera en movimiento.
—¿Y la octava?
Droid proyectó un nuevo destello. El mapa se amplió, mostrando un punto mucho más cercano. Apenas a unos kilómetros de donde estaban.
—La Gema Índigo del Espíritu… —Cisco tragó saliva—. Está aquí. Cerca de la aldea. Pero no en un templo. Los manuscritos dicen que está… en una persona.
El silencio cayó como una losa.
—¿En una persona? —preguntó Curré, frunciendo el ceño—. ¿Eso es posible?
—Los manuscritos hablan de los «Templos Vivientes» —explicó Cisco, leyendo la traducción de Droid en sus gafas—. Seres humanos que, por circunstancias especiales, se fusionan con la energía de una gema. No saben que la llevan dentro. La gema se convierte en parte de su esencia.
—¿Y cómo sabemos quién es? —preguntó Nawa.
—No lo sabemos —admitió Cisco—. Droid solo puede detectar que está cerca. Pero no quién es.
Antes de que nadie pudiera procesar la información, un grito desde afuera rompió la tensión.
—¡Barcos! —vociferó un vigía desde la atalaya de madera—. ¡Barcos grandes en la playa sur!
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Una hora después – Playa Sur
La comitiva llegó justo cuando la canoa grande tocaba la arena. Cisco, montado en la grupa de Loky (el jaguar había insistido en llevarlo), fue el primero en verlo.
Un niño, más o menos de su edad pero ligeramente mayor, saltó a la orilla con la seguridad de quien ha mandado toda su vida. Vestía una mezcla extraña: ropas españolas de lino fino, pero con adornos de oro que claramente no eran europeos. Su cabello era oscuro, como el de Cisco, pero sus ojos…
Sus ojos eran amarillos.
Dos joyas de ámbar que miraron directamente a Cisco y no se desviaron.
Detrás del niño, una docena de hombres desembarcaban. Españoles, sin duda, pero con armaduras diferentes a las que Cisco había visto en los libros. Más antiguas. Más toscas. Y sin embargo, funcionales. Reales.
—Soy Gilberth González Dávila —dijo el niño en español, con un acento que Cisco reconoció inmediatamente como el de su propia tierra, pero distorsionado por años de escuchar otras voces—. Y he venido a buscar a mi hermano.
Cisco sintió que el mundo se inclinaba. Loky gruñó, sintiendo su desequilibrio, pero no atacó.
—¿Hermano? —la voz de Cisco sonó extraña, incluso para él.
Gilberth —Gil— sonrió, pero era una sonrisa triste.
—Pipo me dijo que habías muerto. Dijo que los Jawas te mataron para quedarse con el Cristal Azul. Dijo que si lo ayudaba a reunir las gemas, podría vengarte.
Nawa dio un paso adelante, interponiéndose instintivamente entre los dos niños.
—Pipo miente. Siempre miente.
—Lo sé —respondió Gil, y su voz se rompió ligeramente—. Lo sé porque anoche lo vi. Vi cómo hería a ese jaguar. Vi cómo robaba la gema. Y vi cómo huía… hacia mi barco.
—¿Tu barco? —preguntó Curré, desconfiado.
Gil señaló hacia el horizonte. Allí, meciéndose en las olas, un barco pequeño pero de forma extraña aguardaba. No tenía velas como las canoas Diquís, sino un tubo metálico en la parte trasera que aún humeaba ligeramente.
—Llegué aquí hace un año —explicó Gil—. Justo después de la Luna Carmesí. El Cubo Amarillo nos trajo a mí y a mi padre adoptivo. Pero cuando llegamos, el cubo se apagó. Pipo nos encontró. Dijo que sabía cómo reactivarlo. Dijo que necesitaba las gemas.
—Y le diste la Gema Amarilla —completó Cisco, comprendiendo.
Gil asintió, avergonzado.
—Era lo único que tenía para ofrecer. Mi padre… el hombre del catalejo… confió en Pipo. Yo también. Pero anoche, cuando lo vi con la Gema Roja, supe que algo andaba mal. Lo seguí. Lo vi reunirse con alguien en la playa.
—¿Con quién? —preguntó Nawa.
—Con un hombre extraño. Iba vestido de oscuro, y cuando hablaba, los soldados españoles que lo acompañaban temblaban. Pipo le entregó las dos gemas. Y el hombre… el hombre rió. Dijo: «Dos. Pronto serán ocho. Y cuando abra el portal, los Jawas Ancestrales verán que su creación más preciada puede ser su perdición.»
Cisco y Nawa intercambiaron una mirada. Las mismas palabras. Las mismas que Nawa había visto en su visión, aunque aún no entendía por qué.
—Ese hombre —dijo Cisco lentamente—. ¿Cómo se llama?
—No lo sé —respondió Gil—. Mi padre adoptivo solo le dice «El Primogénito».
El nombre golpeó a Cisco como un puñetazo. El Primogénito. El que reclamaba las gemas como suyas.
—Gil —dijo Cisco, dando un paso hacia su hermano—. Necesito que confíes en mí. Pipo nos traicionó a todos. Tiene dos gemas. Nosotros tenemos que encontrar las otras cuatro antes que él.
—¿Cuatro? —Gil frunció el ceño—. Pero son ocho. Si Pipo tiene dos…
—Una no está en un templo —interrumpió Cisco—. Los manuscritos dicen que la Gema Índigo del Espíritu está… en una persona. Cerca de aquí. Pero no sabemos quién es.
Gil asintió, procesando la información.
—Entonces tenemos que encontrar esa persona también.
—Sí. Pero primero, los templos. Tenemos que dividirnos.
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El Mapa y la Decisión:
Cisco convocó a todos alrededor del holograma que Droid mantenía proyectado.
—Pipo tiene dos gemas. Nosotros no tenemos ninguna aún. Necesitamos encontrar las otras cuatro antes que él. Y también al Templo Viviente.
—¿Cómo sabemos que Pipo no va tras ellas ahora mismo? —preguntó Curré.
—Porque Pipo no sabe dónde están —respondió Cisco—. Los manuscritos estaban en lengua cabécar antigua, codificados con astronomía Diquís. Solo Droid podía traducirlos. Pipo puede tener ventaja en movilidad, pero nosotros tenemos la información.
—Entonces dividámonos —dijo Nawa con determinación—. Cuatro templos. Cuatro equipos.
Cisco asintió, trazando rutas en el mapa con el dedo.
—Yo iré al Norte. Montañas. Gema Blanca. Necesito un guía que conozca el volcán.
Tamanco, el guerrero que los había acompañado desde el principio, dio un paso adelante.
—Yo conozco esas montañas. He cazado en sus faldas toda mi vida.
—Nawa —continuó Cisco—, tú conoces la selva del sur como nadie. Y Loky te protegerá. Ve al Templo del Sur. Gema Verde.
Nawa asintió, acariciando la cabeza del jaguar.
—Gil —Cisco miró a su hermano—. Tú tienes el barco. Puedes llegar más rápido al Templo del Oeste. La isla de Nicoya. Gema Morada. Lleva a tus hombres más leales.
—¿Confías en mí? —preguntó Gil, sorprendido—. Acabo de llegar. Podría ser un espía de Pipo.
Cisco lo miró fijamente a los ojos. Esos ojos amarillos, tan distintos de los suyos, pero con un brillo que reconocía. El mismo que veía en el espejo cada mañana.
—Eres mi hermano —dijo simplemente—. La sangre no miente. Y además… —sonrió—. Si fueras un espía, no nos habrías advertido sobre Pipo.
Gil devolvió la sonrisa, una sonrisa auténtica, limpia.
—No. No soy un espía. Solo soy un niño que quiere recuperar lo que es suyo. Y conocer a la familia que nunca tuvo.
—¿Y el Templo del Este? —preguntó Curré—. La Gema Naranja.
—Para eso están los ancianos —respondió Cisco—. Ustedes conocen las montañas del este mejor que nadie. Los Cabécares son sus aliados. Si alguien puede obtener la Gema de la Sabiduría, es usted, Rey Curré.
Curré asintió, orgulloso.
—Así se hará.
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El Pacto:
Antes de partir, Gil se acercó a Cisco.
—Hay algo más que debes saber —dijo en voz baja—. El hombre del catalejo… mi padre adoptivo… no es lo que parece.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando llegamos aquí, hace un año, el Cubo Amarillo nos trajo a la playa sur. Estábamos desorientados, asustados. Y entonces apareció Pipo. Dijo que nos estaba esperando. Dijo que sabía que llegaríamos.
Cisco frunció el ceño.
—¿Cómo podía saberlo?
—Eso me pregunté yo. Y una noche, mientras Pipo y mi padre hablaban, los escuché. Pipo dijo: «El Primogénito está impaciente. Quiere las gemas ya.» Y mi padre respondió: «Dile que espere. Los niños aún no están listos.»
—¿Los niños? —repitió Cisco—. ¿Nosotros?
Gil asintió gravemente.
—Algo planean. Algo que requiere que nosotros… que los tres hermanos… estemos vivos. Y juntos. Hablaron de tres. Dijeron «los tres niños».
—¿Tres? —Nawa, que se había acercado, frunció el ceño—. Pero solo somos dos. Tú y Cisco.
Gil la miró, confundido.
—Dijeron tres. Estoy seguro.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Cisco y Nawa intercambiaron una mirada. Recordaron las palabras de Droid: «La Gema Índigo está en una persona. Cerca de aquí.»
—El Templo Viviente —murmuró Cisco—. Tal vez… tal vez sea alguien que aún no conocemos. Alguien que está destinado a unirse a nosotros.
—O tal vez —dijo Gil lentamente, mirando a Nawa— sea alguien que ya conocemos. Alguien que ha estado aquí todo el tiempo.
Nawa negó con la cabeza.
—Yo no tengo ninguna gema dentro de mí. Lo sabría. ¿No?
—No necesariamente —intervino Droid a través de las gafas de Cisco—. La fusión con una gema puede ser asintomática. La persona no siente nada, no sabe nada. Solo… es.
El misterio pendía en el aire como niebla matutina.
—Lo descubriremos —dijo Cisco con firmeza—. Cuando volvamos. Con las gemas. Entonces sabremos quién es el Templo Viviente.
—Y por qué el Primogénito nos quiere a los tres —completó Gil.
Se estrecharon las manos, como hacían los españoles. Luego se abrazaron, como hacían los Diquís.
—Nos vemos en dos días —dijo Cisco—. En la playa donde todo empezó.
—En la playa —repitió Gil.
Y cada uno tomó su camino.
Nawa montó a Loky y se adentró en la selva del sur. Cisco y Tamanco comenzaron la ascensión hacia las montañas humeantes. Gil regresó a su barco y zarpó hacia la isla de Nicoya. Curré y sus chamanes partieron hacia el este.
Detrás de ellos, el sol seguía su curso inexorable, marcando las horas que quedaban. Dos días. Solo dos días para encontrar cuatro gemas, descubrir al Templo Viviente, y detener a Pipo y al Primogénito.
CAPÍTULO 7: LOS SIETE TEMPLOS Y EL SECRETO DE LA SANGRE
Atardecer del Día 2 – Los Cuatro Caminos
Queda 1 día y una noche para el cumpleaños de Francisco
El sol se hundía en el horizonte como una moneda de oro cayendo al fondo del mar, pero su luz aún teñía de naranja y púrpura las copas de los árboles en los cuatro puntos cardinales. En el norte, en el sur, en el este y en el oeste, cuatro grupos de valientes avanzaban hacia su destino, ignorantes aún de que el número siete—siete gemas, siete templos, siete pruebas—guardaba un secreto que cambiaría sus vidas para siempre.
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PRIMERA PARTE: EL TEMPLO DEL NORTE – LA MONTAÑA QUE HUMea
Cordillera Volcánica Central
Equipo de Cisco y Tamanco
La pendiente se volvía cada vez más pronunciada. Cisco jadeaba, sintiendo el peso de Droid en su espalda, pero la mochila parecía ajustarse a cada uno de sus movimientos, como si el robot supiera exactamente cuándo necesitaba más soporte y cuándo podía aligerar la carga.
—Falta poco —dijo Tamanco, señalando hacia arriba—. ¿Ves esa columna de vapor?
Cisco levantó la vista. Entre las nubes, una columna de humo blanco se elevaba hacia el cielo, mezclándose con las nubes. El volcán. El corazón de fuego de la tierra.
—Los ancianos dicen que ahí vive el Espíritu de la Transformación —continuó Tamanco, mientras sorteaban rocas cubiertas de musgo—. Dicen que puede convertir a un hombre en piedra, o a una piedra en hombre.
—¿Crees eso? —preguntó Cisco, más por mantener la mente ocupada que por verdadera curiosidad.
Tamanco se detuvo y lo miró fijamente. A la luz del atardecer, sus ojos parecían brasas.
—He visto cosas, niño. Cosas que no puedo explicar. He visto a chamanes curar heridas que deberían ser mortales. He visto a jaguares hablar en sueños. He visto… —dudó—. He visto a mi propia hija muerta, caminando en la niebla.
Cisco sintió un escalofrío que no venía del frío de la montaña.
—¿Qué pasó?
—Nada. Era solo una visión. Pero me enseñó que el mundo no es solo lo que vemos. Hay capas. Como en un tejido. Los Jawas Ancestrales, los que vinieron de las estrellas, nos enseñaron a ver entre las capas. Pero nosotros olvidamos. Solo los Jawas recuerdan.
—Yo soy un Jawa —dijo Cisco, con más firmeza de la que sentía.
Tamanco sonrió.
—Lo sé. Por eso estás aquí.
Siguieron caminando. El aire se volvía más delgado, más frío. La vegetación cambió: los árboles gigantes dieron paso a arbustos achaparrados, y luego a roca desnuda cubierta de un musgo amarillento que parecía brillar en la penumbra.
Y entonces lo vieron.
La entrada al templo no era una construcción de piedra como la de Nicoya. Era una grieta en la montaña, una herida en la roca de la que emanaba un calor húmedo y un resplandor anaranjado. El vapor silbaba al escapar, como si la montaña respirara.
—Ahí dentro —dijo Tamanco—. La Gema Blanca.
Cisco se acercó a la entrada. Droid proyectó un mensaje: «Temperatura interna: 60 grados Celsius. Peligroso para exposición prolongada. Recomiendo activar el modo de aislamiento térmico.»
—Hazlo —susurró Cisco.
La mochila vibró, y de repente, una capa delgada como papel pero increíblemente cálida se desplegó desde los laterales, cubriendo su cuerpo como una segunda piel. El calor dejó de molestarlo.
—¿Puedes hacer eso para Tamanco? —preguntó.
Droid proyectó: «No. Mis recursos son limitados. Solo puedo protegerte a ti.»
Cisco dudó. Miró a Tamanco, que observaba todo con respeto pero sin miedo.
—Ve tú —dijo el guerrero—. Yo esperaré aquí. Si no sales en el tiempo que tarda un hombre en rezar siete oraciones, entraré a buscarte. Vivo o muerto.
—Siete oraciones —repitió Cisco—. Lo haré.
Y se adentró en la grieta.
El interior era un mundo de pesadilla y maravilla. Las paredes brillaban con vetas de minerales que parecían contener luz propia. El vapor envolvía todo, creando figuras que se movían y danzaban en el aire. El sonido era ensordecedor: silbidos, rugidos, y de vez en cuando, un golpe profundo como el latido de un corazón gigante.
Cisco caminó durante lo que le parecieron horas, siguiendo un pasaje que siempre parecía a punto de cerrarse pero siempre encontraba una abertura. Hasta que llegó a una cámara circular.
En el centro, un pedestal de obsidiana. Sobre él, la Gema Blanca flotaba, girando lentamente sobre su eje. Era hermosa: blanca como la leche, pero con destellos de todos los colores atrapados en su interior, como si contuviera un millón de arcoíris diminutos.
Pero no estaba solo.
Una figura emergió del vapor. Era alta, delgada, hecha de la misma roca y vapor que la montaña. Sus ojos eran dos brasas ardientes.
—Ningún mortal puede tomar la Gema de la Transformación sin antes transformarse él mismo —dijo la figura, con una voz que era el sonido de las rocas al romperse.
—Yo no soy mortal —respondió Cisco, sorprendiéndose a sí mismo—. Soy un Jawa.
La figura inclinó la cabeza.
—Los Jawas no existen desde hace mil años.
—Los Jawas existen. Yo soy uno. Mi hermana es una. Mi hermano también. Y hemos venido a salvar a estas tribus del genocidio que se acerca.
La figura guardó silencio. Luego, lentamente, comenzó a reír. Una risa que sonaba como piedras cayendo por un acantilado.
—Eres valiente, pequeño Jawa. Pero el valor no basta. Para tomar la Gema Blanca, debes demostrar que puedes transformarte. Que puedes soltar lo que eres para convertirte en lo que necesitas ser.
—¿Cómo?
—La prueba es simple. Debes responder una pregunta: ¿Qué eres dispuesto a perder para ganar lo que buscas?
Cisco pensó. Recordó a Don Paco, su casa, su vida en 1990. Recordó a Nawa, a Gil, a Loky. Recordó la misión.
—Todo —respondió—. Estoy dispuesto a perderlo todo.
—¿Incluso a tu familia? ¿Incluso a ti mismo?
—Especialmente a mí mismo. Porque si no lo intento, si no lo logro, millones de personas morirán. Mi familia, mi vida, no valen nada comparados con eso.
La figura asintió lentamente.
—Has respondido bien, pequeño Jawa. La Gema Blanca es tuya.
El pedestal brilló. La gema flotó hacia Cisco y se posó en su mano. Era cálida, vibrante, como un corazón vivo.
Pero cuando Cisco la tocó, sintió algo extraño. Una conexión. Como si la gema le hablara. Y en ese susurro, escuchó palabras que no estaban destinadas a él:
«Siete gemas. Siete templos. Siete pruebas. Pero solo seis buscadores. ¿Dónde está el séptimo?»
La visión desapareció tan rápido como llegó.
Cisco guardó la gema y salió corriendo de la cueva. Tamanco lo esperaba, justo terminando su séptima oración.
—Lo lograste —dijo el guerrero, sonriendo.
—Sí —respondió Cisco—. Pero tenemos que darnos prisa. Algo me dice que los otros también están encontrando sus gemas. Y que el tiempo se acaba.
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SEGUNDA PARTE: EL TEMPLO DEL SUR – LA SELVA QUE NUNCA DUERME
Península de Osa
Equipo de Nawa y Loky
La selva del sur era diferente a todo lo que Nawa conocía. Más densa, más húmeda, más… viva. Cada hoja parecía observarla, cada insecto cantaba su nombre, cada sombra escondía un secreto.
Loky caminaba a su lado, sus ojos amarillos escaneando constantemente el entorno. Desde que habían entrado en esta parte de la selva, el jaguar estaba más alerta de lo normal. Sus orejas se movían como antenas, captando sonidos que Nawa ni siquiera podía imaginar.
—¿Qué pasa, Loky? —preguntó ella, acariciando su cabeza.
El jaguar gruñó suavemente y miró hacia la espesura. Nawa siguió su mirada y vio algo que la hizo detenerse en seco.
Entre los árboles, una figura la observaba. Era una mujer, vestida con ropas que parecían hechas de hojas y luz. Su rostro era hermoso pero extrañamente familiar. Y en sus orejas… en sus orejas colgaban aretes de jade morado.
Idénticos a los que Nawa llevaba puestos.
—¿Mamá? —susurró Nawa, aunque sabía que era imposible.
La figura no respondió. Simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de la selva.
—¡Espera! —gritó Nawa, y corrió tras ella.
Loky la siguió, rugiendo, pero Nawa no podía detenerse. Necesitaba saber. Necesitaba entender.
Corrió durante minutos, horas, no lo sabía. La figura siempre estaba un paso adelante, siempre a punto de desaparecer, siempre guiándola más profundo en la selva.
Hasta que llegó a un claro.
En el centro, un árbol gigante se elevaba hacia el cielo. Era un ceibo, el más grande que Nawa hubiera visto jamás. Sus raíces abrazaban la tierra como dedos gigantescos, y su tronco era tan ancho que se necesitarían veinte hombres para rodearlo.
Y en el tronco, una puerta.
No era una puerta tallada por manos humanas. Era natural, una abertura en la corteza que parecía haber estado esperando a alguien durante siglos.
La figura de la mujer estaba junto a la puerta. Señaló hacia adentro, sonrió, y desapareció.
Nawa dudó. Loky se acercó y olfateó la entrada, luego la miró y asintió, como diciendo «es seguro».
Entraron.
El interior del árbol era hueco, y en su centro, una escalera de raíces descendía hacia las profundidades. Nawa siguió bajando, sintiendo cómo la humedad aumentaba, cómo el aire se volvía más pesado, más antiguo.
Al final de la escalera, una cámara. Y en la cámara, un altar. Y sobre el altar, la Gema Verde.
Pero no estaba sola. A su alrededor, siete figuras de piedra guardaban silencio eterno. Eran chamanes, guerreros, niños, ancianos. Todos congelados en el momento exacto en que habían intentado tomar la gema y habían fracasado.
Una voz resonó en la cámara. Era la misma voz de la mujer de la visión, pero más antigua, más profunda.
«La Gema de la Sanación no se toma con la mano. Se toma con el corazón. Para sanar a otros, primero debes sanar tus propias heridas. ¿Qué herida llevas tú, hija de Shilea?»
Nawa sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos sin que pudiera controlarlo. La herida. La herida de no conocer a su madre. La herida de crecer sola. La herida de preguntarse siempre de dónde venía, quién era, por qué los aretes de jade morado eran lo único que le quedaba de una familia que nunca conoció.
—Mi herida —susurró— es no saber quién soy.
«Y sin embargo, ya lo sabes. Tus aretes te lo han dicho desde siempre. El jade morado es la Gema de la Creación, partida en dos. Una mitad en tus orejas. La otra, esperando en el templo del oeste. Eres hija del pasado, del presente y del futuro. Eres la séptima.»
—¿La séptima?
«Siete gemas. Siete templos. Siete pruebas. Siete son los que buscan. Pero solo seis lo saben. El séptimo… el séptimo eres tú, Boenawa. Y cuando las dos mitades se unan, entenderás.»
La visión desapareció. Nawa extendió la mano y la Gema Verde voló hacia ella, posándose en su palma como una mariposa de luz.
Pero no sintió alegría. Sintió miedo. Miedo de lo que significaba ser la séptima. Miedo de lo que encontraría en el templo del oeste.
Salió del árbol con Loky a su lado, y juntos comenzaron el viaje de regreso hacia la playa del encuentro.
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TERCERA PARTE: EL TEMPLO DEL ESTE – LAS MONTAÑAS DONDE NACEN LOS RÍOS
Cordillera de Talamanca
Equipo de Curré y los Chamanes Cabécares
El Rey Curré no había vuelto a estas montañas desde que era un joven guerrero, recién nombrado heredero del trono. Los Cabécares, sus primos de la montaña, lo recibieron con el respeto debido a un rey, pero también con la distancia que imponen los años y las diferencias.
—Hermano —dijo el Chamán Supremo de los Cabécares, un hombre tan viejo que su piel parecía corteza de árbol—. Has venido por la Gema Naranja.
—La profecía se cumple —respondió Curré—. Los niños han llegado. Los españoles se acercan. Necesitamos las gemas.
El chamán asintió lentamente.
—La Gema de la Sabiduría no se entrega a cualquiera. Debes demostrar que eres digno de ella. Debes demostrar que has aprendido de tus errores.
Curré frunció el ceño.
—¿Mis errores?
—Hace treinta años, viniste a estas montañas. Cazaste en nuestros territorios sin permiso. Mataste a un jaguar sagrado. Y cuando nuestros guerreros te confrontaron, mentiste. Dijiste que habías sido atacado, que actuaste en defensa propia.
Curré palideció. Era cierto. Lo había olvidado, o había enterrado el recuerdo tan profundo que creía que ya no existía.
—Ese jaguar —continuó el chamán— era el hermano del que tu hijo sanó ayer. El espíritu del valle tiene memoria. Y hoy, treinta años después, tienes la oportunidad de redimirte.
Curré tragó saliva.
—¿Qué debo hacer?
—Debes caminar por el Sendero de los Siete Silencios. Siete horas en silencio absoluto, recordando cada una de tus faltas. Si al final del camino sigues en pie, la Gema Naranja será tuya.
Curré aceptó. Durante siete horas caminó por las montañas, solo, en silencio, recordando. Recordó las mentiras que había dicho, las promesas que había roto, las vidas que había sacrificado por el poder. Recordó a su esposa, muerta joven, y al hijo que nunca pudo salvar. Recordó al jaguar que había matado, y al jaguar que su hijo—porque Cisco era como un hijo ahora—había sanado.
Cuando las siete horas terminaron, Curré no era el mismo hombre que había comenzado el camino. Era más viejo, sí, pero también más sabio. Más humilde. Más humano.
El chamán lo esperaba al final del sendero, y en sus manos sostenía la Gema Naranja.
—Tómala, hermano —dijo—. Has aprendido. Ahora enseña a otros.
Curré tomó la gema, y por primera vez en muchos años, sintió que merecía ser llamado rey.
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CUARTA PARTE: EL TEMPLO DEL OESTE – LA ISLA SAGRADA DE NICOYA
Isla de Nicoya
Equipo de Gil y sus Marineros
El barco de Gil cortaba las aguas del Pacífico con una velocidad que ningún navío del siglo XV debería poseer. El tubo de vapor en la popa emitía un suave silbido, y los marineros, aunque acostumbrados a la nave, no podían evitar mirar con recelo aquella máquina que se movía sin viento.
—Ahí está —dijo uno de ellos, señalando hacia el horizonte.
La isla emergía de la niebla como un sueño. Palmeras, playas blancas, y en el centro, una montaña que parecía hecha de jade. Gil sintió que su corazón se aceleraba. La Gema Morada lo esperaba.
Pero al acercarse a la costa, algo extraño ocurrió. El barco comenzó a ralentizarse, como si una mano invisible lo estuviera frenando. Los instrumentos de navegación—anacrónicos, traídos del futuro—enloquecieron.
—No podemos acercarnos más, señor —dijo el contramaestre—. Es como si la isla no quisiera recibirnos.
Gil miró hacia la playa. Y entonces la vio.
Una mujer estaba de pie en la orilla, mirándolo fijamente. Era joven, hermosa, vestida con ropas extrañas que no eran españolas ni indígenas. Y en sus orejas…
En sus orejas, aretes de jade morado.
—Bajen el bote —ordenó Gil—. Voy solo.
Los marineros protestaron, pero Gil era terco. Tomó un pequeño bote y remó hacia la playa. Cuando llegó, la mujer había desaparecido.
Pero en la arena, algo brillaba.
Una carta.
Gil la recogió con manos temblorosas. El sobre decía: «Para mi hijo Gilberth, cuando las estrellas le muestren el camino.»
La abrió. La carta estaba escrita en español, con una caligrafía temblorosa pero hermosa. Decía:
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«13 de diciembre de 1990»
«Querido Gilberth, mi hijo de ojos amarillos:
Si estás leyendo esto, significa que has encontrado el templo del oeste. También significa que tu hermana Nawa ha encontrado su carta, y que tu hermano Cisco está vivo y bien.
No sé si algún día me conocerán. No sé si entenderán por qué hice lo que hice. Pero sepan que los amé antes de que nacieran, que los amé durante el viaje más imposible que una madre pueda hacer, y que los amaré siempre, incluso desde donde sea que esté.
Yo no soy de este tiempo, Gil. Soy de 1499, igual que tú. Pero cuando supe que estaba embarazada de gemelos —tus hermanos—, desesperé. Quería darles una vida mejor. Quería salvarlos de la enfermedad que asolaba nuestra tribu.
Los ancianos hablaban de un lugar sagrado en la Isla de Nicoya, donde los Jawas Ancestrales habían dejado un Cristal. Dijeron que quien lo tocara con un deseo puro de corazón podía viajar a través del tiempo. No me importó el peligro. Robé una canoa. Crucé el mar. Encontré el templo.
Y toqué la Gema Morada.
El viaje fue… indescriptible. Cuando desperté, estaba en un lugar que no reconocía. Edificios altos como montañas. Carros que se movían sin caballos. Gentes con ropas extrañas que me miraban como si yo fuera un animal.
Me llamaban ‘india’, ‘salvaje’, ‘loca’. Me escupían. Me empujaban. No entendía su idioma. No entendía nada.
Vagué por días, semanas, no lo sé. Hasta que una noche, en una calle oscura de un lugar que llaman ‘San José’, un hombre mayor me encontró. Tenía ojos cansados pero amables. Me habló en mi propia lengua, en cabécar, como si hubiera nacido en nuestra tribu.
Se llamaba Francisco. Don Paco, me pidió que le dijera.
Me llevó a un lugar seguro. Me dio comida, abrigo, y lo más importante: esperanza. Me explicó que había viajado en el tiempo, que mis bebés —ustedes— nacerían sanos si yo lograba sobrevivir. Pero mi cuerpo estaba débil. La enfermedad había hecho demasiado daño.
Don Paco me cuidó durante todo el embarazo. Me enseñó español, me enseñó sobre este mundo extraño. Pero cuando llegó el momento del parto, mi cuerpo no resistió. Supe que no podría seguir adelante.
Antes de morir, le pedí un favor: que llevara esta carta al templo donde todo empezó. Y también otra carta, para tu hermana Nawa, que nació en este mismo futuro, fruto de mi viaje. Sí, Gil: tienes una hermana. Se llama Boenawa, pero dile Nawa. Ella vive en 1499, criada por los Jawas. Y los tres —tú, Cisco y Nawa— son trillizos. Nacidos de la misma madre, en diferentes tiempos, pero de la misma sangre.
Los tres tienen una misión. Los tres deben unir las gemas. Y cuando lo hagan, cuando las ocho brillen juntas, el portal se abrirá. No hacia las estrellas, como creen los Jawas. Hacia el lugar donde yo estoy. Hacia el lugar donde podremos, finalmente, ser una familia.
Te quiero, hijo mío. Te quiero más que a todas las estrellas del cielo.
Tu madre,
Shilea»
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Gil terminó de leer. Las lágrimas caían por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. Tenía una hermana. Nawa era su hermana. Los tres—Cisco, Nawa y él—eran familia.
Y entonces, la tierra tembló.
De la arena, frente a él, algo comenzó a emerger. Era un pedestal de piedra, igual al que Cisco había descrito. Y sobre el pedestal, la Gema Morada brillaba con una luz intensa.
Pero no estaba sola.
Flotando junto a ella, había dos mitades de jade. Eran idénticas a los aretes que Nawa llevaba puestos, pero más grandes, más perfectas. Las dos mitades de la Gema de la Creación, esperando ser unidas.
Gil extendió la mano. En el momento en que sus dedos tocaron la gema, una visión lo golpeó con la fuerza de un rayo.
Vio a su madre, Shilea, en una habitación de hospital. La vio sonriendo, acunando a tres bebés—Cisco, Nawa y él—aunque sabía que eso era imposible porque habían nacido en tiempos diferentes. Vio a Don Paco, joven, con lágrimas en los ojos. Vio al hombre del catalejo, observando desde la oscuridad, sonriendo.
Y escuchó una voz, la voz de su madre, susurrando:
«Siete gemas. Siete templos. Siete pruebas. Siete son los buscadores, pero solo seis lo saben. El séptimo… el séptimo eres tú, Nawa. Y cuando las dos mitades se unan, entenderás.»
Gil abrió los ojos. Guardó la carta en su pecho, junto al corazón. Tomó la Gema Morada y las dos mitades de jade.
Y supo, con una certeza absoluta, que su hermana Nawa era la séptima. La Templo Viviente. La que llevaba la Gema Índigo del Espíritu sin saberlo.
—Tenemos que regresar —dijo a sus marineros—. Ahora.
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QUINTA PARTE: EL NÚMERO SIETE
Noche del Día 2 – Playa del Encuentro
Queda 1 día para el cumpleaños de Francisco
La luna llena iluminaba la costa como un faro plateado. Las olas susurraban secretos antiguos en la orilla. Y uno a uno, los cuatro grupos comenzaron a regresar.
Curré llegó primero, con la Gema Naranja brillando en su mano. Detrás de él, los chamanes Cabécares entonaban cánticos de victoria.
Luego llegó Cisco, montado en la grupa de Loky, con Tamanco caminando a su lado. En su mano, la Gema Blanca resplandecía como un trozo de luna.
Luego llegó Nawa, con la Gema Verde en una mano y acariciando a Loky con la otra. Sus ojos estaban rojos de llorar, pero en ellos brillaba una determinación feroz.
Y finalmente, desde el mar, llegó Gil. Su barco ancló en la bahía y él saltó a la arena con la agilidad de un jaguar. En sus manos, la Gema Morada y las dos mitades de jade.
Los cuatro se reunieron en la playa. Las cuatro gemas—Blanca, Verde, Naranja, Morada—brillaban juntas por primera vez en mil años.
—Lo logramos —dijo Cisco, sin poder creerlo—. Tenemos cuatro gemas.
—Pipo tiene dos —recordó Curré—. Roja y Amarilla.
—Y Gil… —Nawa miró a su hermano, sin saber aún la verdad—. Gil es la séptima.
Gil negó con la cabeza. Lentamente, con manos temblorosas, sacó la carta de su madre.
—No —dijo—. Yo no soy la séptima.
Extendió la carta hacia Nawa.
—Tú.
Nawa la tomó, confundida. Leyó las primeras líneas. Sus ojos se abrieron de par en par. Las lágrimas comenzaron a brotar.
—Mi madre… —susurró—. Shilea… es nuestra madre. De los tres.
Cisco se acercó, leyó por encima de su hombro. Gil también. Los tres, juntos, leyeron las palabras que una mujer había escrito hace quinientos años, en el futuro, para ellos.
Cuando terminaron, el silencio fue absoluto.
Nawa levantó la vista. Miró a Cisco, a Gil. Sus hermanos. Sus hermanos de sangre, aunque hubieran nacido en tiempos diferentes.
—Somos trillizos —dijo, con una voz que era a la vez un susurro y un grito—. Nacidos de la misma madre. En diferentes tiempos. Pero de la misma madre.
Cisco la abrazó. Gil se unió. Los tres, juntos por primera vez en sus vidas, lloraron en silencio mientras la luna los observaba desde arriba.
Loky se acercó y puso su enorme cabeza sobre ellos, ronroneando suavemente. Curré y Tamanco guardaron silencio, respetando el momento.
Droid proyectó un mensaje en las gafas de Cisco, pero Cisco no lo leyó hasta después. El mensaje decía:
«Siete gemas. Siete templos. Siete pruebas. Siete son los buscadores, pero solo seis lo sabían. El séptimo era Nawa, la Templo Viviente, la que lleva la Gema Índigo del Espíritu sin saberlo. Siete. El número de la perfección. El número de la familia.»
Cuando finalmente se separaron, Nawa miró las dos mitades de jade que Gil había traído. Eran idénticas a sus aretes, pero más grandes. Las dos mitades de la Gema Morada, esperando ser unidas.
—Tus aretes —dijo Gil—. Son la otra mitad.
Nawa se tocó las orejas. Los aretes que Don Paco le había dado, los que nunca se había quitado, los que siempre había considerado su única conexión con su madre… eran parte de una gema. Eran parte de su herencia.
Se los quitó con manos temblorosas. Los puso junto a las dos mitades que Gil había traído.
Y entonces, algo extraordinario ocurrió.
Las cuatro piezas—los dos aretes de Nawa y las dos mitades del templo—comenzaron a brillar. A vibrar. A fundirse.
Cuando la luz se apagó, Nawa sostenía en sus manos una gema perfecta. Morada, como el jade, pero con destellos de todos los colores atrapados en su interior. La Gema de la Creación, completa por primera vez en mil años.
Pero no fue solo eso.
En el momento en que la gema se unió, Nawa sintió algo extraño en su interior. Como si algo hubiera despertado. Como si una parte de ella que siempre había estado dormida, finalmente, hubiera abierto los ojos.
Droid proyectó un nuevo mensaje:
«Confirmado. Nawa es la Templo Viviente. La Gema Índigo del Espíritu ha estado fusionada con su esencia desde su nacimiento. Cuando las dos mitades de la Gema Morada se unieron, la energía de la creación despertó la energía del espíritu. Nawa ya no es solo una buscadora. Es la séptima gema.»
El silencio se hizo más profundo, si eso era posible.
Nawa miró a sus hermanos. Sus ojos negros brillaban con una luz nueva, una luz que no estaba allí antes.
—Soy la séptima —susurró—. Soy la Gema Índigo.
Cisco sonrió, una sonrisa llena de lágrimas y orgullo.
—Entonces somos seis buscadores y siete gemas. Tú vales por dos.
—Seis buscadores —repitió Gil—. Y siete gemas. Y mañana… mañana nos enfrentamos a Pipo y al Primogénito.
Curré dio un paso adelante.
—No estarán solos. Los Diquís, los Cabécares, los Borucas, los Huetares… todos lucharemos a su lado.
—Pero primero —dijo Nawa, guardando la Gema Morada junto a las otras—. Primero tenemos que sobrevivir esta noche.
Miró hacia el horizonte. Allá, en la oscuridad, las luces de los barcos del Primogénito brillaban como ojos de pesadilla.
—Mañana —dijo Cisco—. Mañana termina todo.
—O comienza —respondió Gil.
Los tres hermanos se miraron. Tres pares de ojos—azules, amarillos, negros—que reflejaban la luz de la luna y el brillo de las gemas.
Siete gemas. Siete templos. Siete pruebas. Siete buscadores, aunque solo seis lo supieran.
Y en el centro, tres hermanos que acababan de encontrarse y que estaban dispuestos a perderlo todo para salvar un mundo que apenas comenzaban a entender.
CAPÍTULO 8: EL INFINITO Y EL FARAÓN
Amanecer del Día 3 – Playa del Encuentro
Quedan 12 horas para el cumpleaños de Francisco
El sol emergió del océano como una naranja de sangre, tiñendo de rojo las nubes que se acumulaban en el horizonte. La playa, que horas antes había sido testigo del reencuentro de los tres hermanos, ahora era un campamento de guerra.
Cientos de guerreros Diquís, Cabécares, Borucas y Huetares se alineaban en la arena, sus cuerpos pintados con los colores de la batalla. Lanzas de madera dura, arcos de flechas envenenadas, y en las manos de los más valientes, las temibles macanas de piedra que habían derrotado a ejércitos enteros.
Pero enfrente, el mar estaba negro de barcos.
Tres carabelas españolas, enormes y amenazantes, se mecían en las aguas poco profundas. Y detrás de ellas, el barco del hombre del catalejo—aquel navío anacrónico de tubo humeante—esperaba como una araña en el centro de su telaraña.
Cisco observaba desde una duna, sus ojos azules escaneando cada detalle. A su lado, Nawa ajustaba las correas de su armadura de cuero, y Gil afilaba su espada española—la misma que le habían dado cuando creían que sería un conquistador.
—Mira —dijo Nawa, señalando.
Una lancha se desprendía del barco del hombre del catalejo. En ella, una figura inconfundible: Pipo. Su brazo aún vendado por el arañazo de Loky, pero en sus manos, dos gemas brillaban como ojos de bestia: Roja y Amarilla.
—Viene solo —observó Gil—. ¿Qué quiere?
—Hablar —respondió Cisco—. O presumir. Con Pipo nunca se sabe.
La lancha tocó la arena. Pipo saltó con la agilidad de un hombre mucho más joven, y caminó hacia ellos como si fuera un embajador en lugar de un traidor.
—Sobrinos —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Qué alegría verlos reunidos. La familia reunida, como debe ser.
—No nos llames sobrinos —escupió Nawa—. No tienes derecho.
—¿Que no tengo derecho? —Pipo rió, una risa que helaba la sangre—. Pequeña tonta. Yo soy el único derecho que existe. Yo soy el único que sabe realmente lo que esas gemas pueden hacer.
—Sabemos lo que quieres hacer —dijo Cisco—. Genocidio. Sarampión. Oro.
Pipo levantó una ceja, genuinamente sorprendido.
—Vaya. Han investigado. ¿Droid? —miró la mochila en la espalda de Cisco—. Ese maldito robot siempre fue demasiado inteligente.
—No necesitamos a Droid para saber que eres un monstruo —dijo Gil, dando un paso adelante—. Te vi. Te vi hablando con el hombre del catalejo. Te vi planeando todo esto.
—¿El hombre del catalejo? —Pipo sonrió ampliamente—. Ah, sí. Ese. Pronto lo conocerán. Pero primero… —sacó las dos gemas de su bolsa—. Primero, juguemos un poco.
Las gemas comenzaron a brillar.
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PRIMERA PARTE: EL NÚMERO OCHO
Ocho es el número del infinito. Ocho es el número del ciclo que nunca termina. Ocho son las gemas, y ocho son los que buscan. Pero el octavo… el octavo siempre ha estado aquí.
—Droid —susurró Cisco—. ¿Qué está haciendo?
«Pipo está utilizando las gemas para crear un campo de distorsión temporal. Sus intenciones son… inciertas.»
—¿Inciertas?
«Quiere encerrarnos en un bucle. Un ciclo infinito del que no podamos escapar.»
Cisco sintió que la sangre se le helaba. Miró a Nawa, a Gil. Ellos también lo habían escuchado.
—Corran —dijo—. Ahora.
Pero era demasiado tarde.
El mundo comenzó a girar. La playa, el mar, los barcos, los guerreros—todo se desdibujó en un torbellino de colores. Y cuando la visión se aclaró, estaban exactamente en el mismo lugar.
Pero algo había cambiado.
—¿Qué pasó? —preguntó Gil, mirándose las manos—. ¿Por qué siento que esto ya lo viví?
—Porque lo viviste —respondió una voz.
Todos se volvieron.
Pipo estaba allí, pero no era el mismo. Su ropa había cambiado. Ahora vestía como un faraón egipcio—un faldellín de lino blanco, un tocado nemes a rayas doradas y azules, y en su pecho, un collar de escarabajos de lapislázuli.
—Bienvenidos a mi mundo —dijo, y su voz tenía ecos de arenas del desierto—. Bienvenidos al ciclo infinito.
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SEGUNDA PARTE: EL FARAÓN OLVIDADO
—¿Qué… qué eres? —tartamudeó Cisco.
Pipo—o quienquiera que fuese ahora—sonrió con la arrogancia de los dioses antiguos.
—Soy Ramsés. Ramsés el Grande. Faraón de las Dos Tierras, Señor de las Inundaciones, Elegido de Ra. He vivido tres mil años, he visto imperios caer y renacer, he navegado por el tiempo como otros navegan por el Nilo.
—Eso es imposible —dijo Gil—. Ramsés II murió en 1213 antes de Cristo.
—¿Murió? —Ramsés/Pipo rió—. ¿Eso creen? ¿Eso enseñan en sus escuelas? No, niño tonto. No morí. Huí. Huí de mi propio pueblo, de mis propios dioses, de la maldición que los hebreos lanzaron sobre mi imperio.
—¿Los hebreos? —preguntó Nawa, confundida.
—Los icsos. Los esclavos. Aquellos a los que liberó su dios Hawe—Yahvé, Jehová, como quieran llamarlo—. Destruyeron mi ejército, envenenaron mis aguas, mataron a mi primogénito. Y yo… yo tuve que huir como un cobarde.
Su voz se llenó de odio.
—Crucé el mar. Llegué a estas tierras, donde los ignorantes me llamaron «Jawa Ancestral» y creyeron que era un dios. Les enseñé a tallar piedras, a leer las estrellas, a construir templos. Les di las gemas—ocho gemas, ocho dioses, ocho mentiras—y esperé.
—¿Esperaste qué? —preguntó Cisco.
—Esperé el momento de regresar. De reconstruir Egipto. Pero no aquí, no en estas selvas miserables. En mi tierra. En el Nilo. Con el oro de estas tribus podría contratar ejércitos enteros. Con las gemas podría controlar el tiempo mismo.
—Y para eso necesitas matarlos a todos —dijo Nawa, con una furia que crecía—. Con sarampión. Como mataste a mi tribu.
Ramsés la miró con algo parecido al orgullo.
—Tu tribu fue un experimento, pequeña. Quería ver si funcionaba. Y funcionó. En un mes, no quedó ni uno. Los españoles harán el resto.
—Los españoles no te obedecen —dijo Gil—. Mi padre adoptivo…
—¿Tu padre adoptivo? —Ramsés rió con ganas—. Ese pobre hombre cree que soy su aliado. Cree que compartiremos el oro. No sabe que él también morirá. Todos morirán. Y yo… yo seré el único faraón. El único dios.
Levantó las gemas. El cielo comenzó a oscurecerse.
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TERCERA PARTE: EL BUCLE INFINITO
—Me aburro —dijo Ramsés, bostezando—. Jueguen un poco con mi creación.
Chasqueó los dedos.
Y el tiempo se reinició.
Cisco parpadeó. Estaba en la duna, con Nawa y Gil a su lado. Los guerreros se alineaban en la playa. Los barcos negros flotaban en el horizonte.
—¿Qué…? —comenzó a decir.
—Ya lo vivimos —lo interrumpió Nawa, pálida—. Lo recuerdo. Pipo es Ramsés. Nos atrapó en un bucle.
—Yo también lo recuerdo —dijo Gil, agarrándose la cabeza—. Duele. Como si mil recuerdos pelearan por un lugar.
—Es el bucle —explicó Cisco—. Cada vez que se repite, recordamos un poco más. Es nuestra única ventaja.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Nawa.
Cisco miró las gemas que tenían: Blanca, Verde, Naranja, Morada. Miró a Nawa, que era la Índigo. Miró a Gil, que aunque no tenía gema, era el puente entre mundos.
—Ocho gemas —dijo—. Ocho son las que necesita Ramsés. Pero nosotros tenemos cinco. Y el infinito… el infinito no es solo suyo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Gil.
—El ocho también es nuestro. Es el número del ciclo, sí, pero también es el número del abrazo. Del amor que vuelve. De la familia que se reencuentra.
—Bonito discurso —la voz de Ramsés los sobresaltó—. Pero inútil.
Estaba frente a ellos, con las gemas brillando en sus manos.
—Esta vez —dijo—, los mataré primero. Luego a los guerreros. Luego a las tribus. Y luego…
Chasqueó los dedos.
El mundo se reinició.
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CUARTA PARTE: SIETE REPETICIONES
Siete veces el bucle se repitió. Siete veces murieron. Siete veces resucitaron en el mismo instante, con el mismo amanecer, con la misma amenaza.
Primera repetición: Ramsés los ejecutó uno por uno. Cisco fue el último en morir, viendo caer a sus hermanos.
Segunda repetición: Intentaron huir. El bucle los atrapó en la selva, y murieron devorados por jaguares que Ramsés controlaba.
Tercera repetición: Gil usó su barco para intentar escapar por mar. El barco explotó al cruzar una barrera invisible.
Cuarta repetición: Nawa intentó usar la Gema Verde para sanar algo, pero no sabía qué sanar. Murió confundida.
Quinta repetición: Cisco enfrentó a Ramsés solo. Duró tres segundos.
Sexta repetición: Los tres hermanos lucharon juntos. Casi ganan. Pero Ramsés usó las gemas para abrir un portal y enviarlos al vacío.
Séptima repetición: No hicieron nada. Solo se miraron. Y en esa mirada, entendieron.
—El ocho —dijo Cisco en la séptima repetición, justo antes de que Ramsés apareciera—. El infinito no es solo una trampa. Es una oportunidad.
—¿Cómo? —preguntó Nawa.
—Cada vez que el bucle se repite, recordamos. Cada vez, somos un poco más fuertes. Un poco más sabios. Si logramos que él también recuerde…
—¿Que Ramsés recuerde sus propias muertes? —completó Gil—. ¿Eso lo debilitaría?
—O lo volvería loco —dijo Cisco—. Los dos resultados nos sirven.
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QUINTA PARTE: LA OCTAVA REPETICIÓN
Ocho es el número del infinito. Ocho es el número del ciclo completo. Ocho veces murieron. Ocho veces renacieron. Y en la octava, algo cambió.
Ramsés apareció, como siempre, con sus gemas brillantes y su sonrisa de faraón.
—Bienvenidos a su octava muerte —dijo—. Será especial. Se lo prometo.
—No —respondió Cisco.
Ramsés frunció el ceño.
—¿No?
—No moriremos. No esta vez.
—¿Y cómo piensan detenerme, pequeñines? Tengo el poder de los dioses. Tengo el tiempo en mis manos.
—Tienes el tiempo, sí —dijo Nawa, dando un paso adelante—. Pero el tiempo también te tiene a ti.
Y entonces lo hicieron.
Los tres hermanos se tomaron de las manos. Las gemas—Blanca, Verde, Naranja, Morada—comenzaron a brillar. Nawa, la Gema Índigo, brilló también. Y Gil, aunque sin gema, brilló con la luz de su propia esencia.
—¿Qué… qué hacen? —preguntó Ramsés, por primera vez inseguro.
—Crear nuestro propio bucle —respondió Cisco—. El tuyo nos atrapa a nosotros. El nuestro… te atrapará a ti.
La luz se expandió. El mundo se desdibujó. Y cuando la visión se aclaró, Ramsés estaba solo.
Solo en una playa vacía. Sin ejércitos. Sin barcos. Sin gemas.
—¿Dónde… dónde estoy? —gritó.
Una voz respondió. No era de Cisco, ni de Nawa, ni de Gil. Era una voz antigua, profunda, que conocía desde hacía milenios.
«Ramsés.»
Se volvió.
Ante él, una figura de luz. No tenía forma definida, pero su presencia llenaba el universo.
«Has huido de mí durante tres mil años.»
—¡Hawe! —escupió Ramsés—. ¡Maldito dios de esclavos!
«No soy dios de esclavos. Soy el dios de la libertad. Y tú, que esclavizaste a mi pueblo, ahora serás esclavo de tu propio tiempo.»
—¿Qué… qué vas a hacerme?
«Nada. No haré nada. Te quedarás aquí, en este bucle, por toda la eternidad. Solo. Con tus recuerdos. Con tus fracasos. Con la certeza de que nunca, nunca, lograrás tu objetivo.»
—¡No! —gritó Ramsés—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Soy el faraón! ¡Soy un dios!
«Los dioses no necesitan esclavos. Los dioses no matan niños. Los dioses no siembran enfermedades. Tú, Ramsés, nunca fuiste un dios. Solo fuiste un hombre con poder. Y ahora… ahora no tienes nada.»
La figura se desvaneció.
Ramsés quedó solo en la playa infinita. El mar se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El cielo era gris, eterno, sin sol ni luna.
Y entonces, el bucle comenzó.
Caminó hacia la izquierda. Llegó al mismo punto. Caminó hacia la derecha. Lo mismo. Gritó. Nadie respondió. Lloró. Nadie lo vio.
Porque en ese bucle, Ramsés estaría solo por siempre.
Ocho es el número del infinito. Y el infinito, para un hombre solo, es el peor castigo de todos.
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SEXTA PARTE: EL REGRESO
La luz se desvaneció. Cisco, Nawa y Gil estaban de nuevo en la playa, con los guerreros a sus espaldas y los barcos enemigos frente a ellos.
Pero algo había cambiado.
Los barcos españoles se alejaban. El barco del hombre del catalejo también. Y en la arena, donde antes estaba Ramsés/Pipo, solo quedaban dos gemas: Roja y Amarilla.
—Lo logramos —susurró Nawa, incrédula—. Lo encerramos.
—En su propio infinito —dijo Cisco—. Solo. Por siempre.
Gil recogió las gemas. Las puso junto a las otras. Ahora tenían siete—Blanca, Verde, Naranja, Morada, Índigo (Nawa), Roja, Amarilla.
Solo faltaba una.
—La Azul —dijo Cisco—. El portal.
—¿Dónde está? —preguntó Nawa.
—Donde siempre estuvo.
Todos se volvieron.
Una figura caminaba hacia ellos desde el mar. No era un barco. Caminaba sobre el agua, como si fuera un dios. Pero cuando se acercó, vieron que no era un dios.
Era un hombre joven, de unos 33 años, con ropas extrañas—mezcla de indígena y español, con un toque de algo que no pertenecía a ningún siglo.
Y en sus manos, el Cristal Azul brillaba como una estrella.
—Hola, Cisco —dijo, con una voz que Cisco conocía mejor que la suya propia—. Hola, Nawa. Hola, Gil.
Cisco sintió que las piernas le fallaban.
—¿Don… Don Paco?
El hombre sonrió.
—Soy Don Paco. Pero también soy el hombre del catalejo. También soy el que los ha estado esperando desde antes de que nacieran.
—No entiendo —dijo Gil—. ¿Cómo puedes ser todas esas cosas?
—Porque el tiempo no es una línea recta, Gil. Es un círculo. Un ocho acostado. Un infinito. Y yo he viajado por ese círculo durante mil años para llegar a este momento.
Se acercó a ellos y, uno por uno, los abrazó.
—Ahora —dijo—. Terminemos esto.
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SÉPTIMA PARTE: EL PORTAL
Las ocho gemas se reunieron.
Las siete que habían recolectado—Blanca, Verde, Naranja, Morada, Roja, Amarilla, Índigo (en Nawa)—flotaron en el aire, formando un círculo perfecto. En el centro, el Cristal Azul comenzó a brillar con una intensidad que cegaba.
—¿Qué va a pasar? —preguntó Curré, que observaba desde la distancia.
—El portal —respondió Don Paco—. El viaje.
—¿A dónde?
—A un lugar donde estas tribus podrán vivir en paz. Donde el oro no vale nada. Donde la naturaleza, la tecnología y la magia podrán coexistir.
—¿Y nosotros? —preguntó Gil—. ¿Vamos con ellos?
Don Paco sonrió.
—Tú, Cisco y Nawa tienen un destino diferente. Pero eso… eso será después.
El portal se abrió. No era un agujero en el espacio, sino una puerta hacia otro mundo. Al otro lado, se veían montañas flotantes, ríos de luz, y animales que no existían en la Tierra.
—Vayan —dijo Don Paco a las tribus—. Los espera una nueva vida.
Curré dio un paso adelante. Miró a Cisco, a Nawa, a Gil. Luego miró a su pueblo.
—Diquís —dijo—. Cabécares. Borucas. Huetares. Terbis. Hermanos todos. Hoy comenzamos un nuevo viaje. Un viaje hacia las estrellas.
Los guerreros comenzaron a caminar hacia el portal. Detrás de ellos, las mujeres, los niños, los ancianos. Llevaban sus pertenencias, sus dioses, sus semillas.
Loky fue el último en cruzar. Miró a Cisco, con esos ojos amarillos que tanto había llegado a querer. Luego rugió—un rugido de despedida y de promesa—y saltó al portal.
La luz se cerró tras él.
Silencio.
Cisco, Nawa y Gil estaban solos en la playa, con Don Paco y las ocho gemas.
—¿Y ahora? —preguntó Nawa.
—Ahora —dijo Don Paco—, ustedes vuelven a casa.
—¿A 1990?
—A 1990. Pero no al mismo momento. Van a llegar justo cuando todo comenzó. Justo cuando Cisco abrió el regalo.
—¿Y las gemas? —preguntó Gil.
—Las gemas… las gemas se quedarán aquí. En el pasado. Donde deben estar.
—Pero si se quedan aquí —dijo Cisco—, ¿cómo las usamos para volver?
Don Paco sonrió.
—¿No lo entiendes, Cisco? Tú eres la gema. Tú, Nawa, Gil. Ustedes tres son las gemas vivientes. El portal está en ustedes. Siempre lo estuvo.
Los tres hermanos se miraron. Y entendieron.
—Nos vemos en casa —dijo Don Paco, y comenzó a desvanecerse.
—¡Espera! —gritó Cisco—. ¿Tú? ¿Qué pasará contigo?
—Yo… —Don Paco sonrió, y en esa sonrisa estaban todos los años que había vivido y todos los que le quedaban—. Yo los estaré esperando. Como siempre.
Desapareció.
El mundo comenzó a girar.
Ocho son las gemas.
Ocho son los hermanos (tres + cinco tribus).
Ocho son las repeticiones del bucle.
Ocho es el número del infinito.
Y en algún lugar, en un bucle eterno, un faraón camina solo por una playa infinita, preguntándose dónde falló.
Pero eso ya no importa.
Porque la historia… la historia apenas comienza.
CAPÍTULO 9: EL REGALO
13 de diciembre de 1990 – Casa de Don Paco, San José, Costa Rica
Coordenadas: 9.9368° N, 84.0695° O
La luz del sol de la mañana se colaba por la ventana de la cocina, dibujando cuadrados dorados en el piso de madera. El reloj marcaba las 7:00 a.m., y la casa olía a café recién hecho y a pan dulce horneado.
Cisco abrió los ojos.
Parpadeó. Se incorporó. Miró a su alrededor.
Estaba en su cama. En su habitación. En 1990.
—¿Fue… fue un sueño? —murmuró.
Pero entonces vio sus manos. En una de ellas, sostenía el Cristal Azul. Apagado, inerte, pero real.
Y en la otra, una nota.
«Feliz cumpleaños, Cisco. Hoy te esperan muchos regalos. Pero el mejor… el mejor está por llegar.»
—Don Paco —susurró, sonriendo.
Se levantó, se vistió rápidamente, y bajó las escaleras de dos en dos.
La casa estaba decorada con globos de colores y una pancarta que decía: «¡FELICES 10 AÑOS, CISCO!»
Y entonces los vio.
En la sala, sentados en las sillas que Don Paco había alquilado para la ocasión, estaban todos.
Nawa, con un vestido blanco y una sonrisa tímida. Gil, con ropa nueva y una expresión de alivio. Curré, que no era rey sino profesor de matemáticas de la escuela, con su inseparable bastón y una corbata de cumpleaños. Tamanco, el guerrero, que en esta vida era el carnicero del barrio. La obstetra del Capítulo 0, que resultaba ser la enfermera que cuidaba a Cisco cuando Don Paco trabajaba. Los chamanes, que eran los ancianos del vecindario. Los guerreros, que eran los compañeros de clase de Cisco.
Y Droid. Droid estaba allí, en su forma original de robot, con un gorro de cumpleaños en la cabeza y una bandeja de cupcakes en sus manos metálicas.
—¿Qué… qué hacen todos aquí? —preguntó Cisco, sin poder creerlo.
—Somos tus amigos, tonto —dijo Nawa, acercándose—. Siempre lo fuimos.
—Pero… pero en el viaje…
—El viaje nos enseñó lo que ya sabíamos —dijo Gil, poniendo una mano en su hombro—. Que la familia no es la sangre. Es la gente que está a tu lado cuando más la necesitas.
Cisco sintió que los ojos se le humedecían. Miró a Nawa, a Gil, a todos los demás. Y por primera vez en su vida, supo lo que se sentía tener un cumpleaños con amigos.
—Bueno —dijo Don Paco, entrando desde la cocina con una bandeja humeante—. ¿Van a quedarse ahí parados o vamos a celebrar?
La fiesta comenzó.
Hubo pastel de chocolate (el favorito de Cisco), juegos, música, y risas que llenaron cada rincón de la pequeña casa. Curré contó chistes malos de matemáticas. Tamanco asó carne en el pequeño jardín. Los chamanes enseñaron a los niños a adivinar el futuro con hojas de café.
Y en un rincón, Cisco, Nawa y Gil hablaron en voz baja.
—¿Creen que las tribus estén bien? —preguntó Cisco.
—Están en Alfa Centauri —respondió Nawa—. Viven en armonía. Con tecnología, magia y naturaleza. Es más de lo que cualquier humano ha logrado.
—Y algún día regresarán —dijo Gil—. Como esos «extraterrestres» de las leyendas.
—Y nosotros los estaremos esperando —sonrió Cisco.
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LA ESCENA FINAL
La fiesta terminó al atardecer. Los invitados se fueron despidiendo uno a uno, con abrazos y promesas de verse pronto.
Cuando solo quedaron Cisco y Don Paco en la sala, el viejo se sentó en su mecedora y suspiró, satisfecho.
—¿Te gustó tu fiesta, Cisco?
—Fue la mejor fiesta del mundo, Don Paco.
—¿Mejor que viajar en el tiempo?
—Mucho mejor.
Don Paco sonrió. Luego, como recordando algo, se levantó y fue a la cocina. Regresó con una caja envuelta en papel rojo.
—Esto es para ti.
—¿Otro regalo? —Cisco rió—. Pero si ya me diste el Cristal.
—Eso no era un regalo. Era una responsabilidad. Esto… esto es un regalo de verdad.
Cisco abrió la caja.
Dentro, un cachorro de jaguar negro lo miraba con ojos amarillos. Era pequeño, del tamaño de un gato, pero su mirada… su mirada era la misma que la de Loky.
—Don Paco… —susurró Cisco—. ¿Es…?
—Es un cachorro que encontré en la calle. Pero si quieres, puede ser lo que tú quieras que sea.
Cisco tomó al cachorro en sus brazos. El animalito lamió su cara con una lengua áspera y caliente.
Nawa, que había vuelto porque olvidó su chaqueta, entró en ese momento. Vio al cachorro y sus ojos se iluminaron.
—¡Es igualito a Loky! —exclamó.
—¿Loky? —preguntó Cisco, confundido por un segundo.
Luego recordó. El jaguar. El espíritu del valle. Su amigo.
—Sí —dijo, sonriendo—. Es igualito.
—¿Cómo le vas a poner? —preguntó Nawa, acercándose a acariciar al cachorro.
Cisco miró al animal. Sus ojos amarillos, su pelaje negro, su forma de mover la cola como si siempre estuviera tramando algo.
—Loky —dijo sin dudar—. Se llama Loky.
—¿Loky? —Nawa arqueó una ceja, una sonrisa traviesa apareciendo en su rostro—. ¿Como el dios del engaño?
—Como el amigo que nos enseñó que las apariencias engañan —corrigió Cisco.
Nawa lo miró largamente. Luego, su sonrisa se suavizó.
—Te quiero, hermano.
—Yo también, hermana.
Se abrazaron. El cachorro—Loky—saltó entre ellos, lamiendo todo lo que alcanzaba.
Desde la cocina, Don Paco observaba la escena. En sus manos, una taza de té humeante—limón, canela, miel—, la misma receta de siempre.
—Feliz cumpleaños, Cisco —murmuró para sí.
Y afuera, en el cielo, las primeras estrellas comenzaban a brillar.
En alguna parte, muy lejos, en un sistema solar llamado Alfa Centauri, un jaguar enorme levantó la vista hacia el cielo y rugió.
Un rugido de reconocimiento.
Un rugido de amor.
Un rugido que decía: «Te espero, Cisco. Te espero.»
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EPÍLOGO FINAL: EL CICLO
Décadas después, cuando Cisco ya era un hombre mayor, solía sentarse en la misma mecedora donde Don Paco había pasado sus últimos años.
Tenía una familia—esposa, hijos, nietos—, y una vida plena.
Pero nunca olvidó.
Nunca olvidó el viaje, las gemas, las tribus, el faraón en su bucle eterno.
Una noche, mientras miraba las estrellas, su nieta menor se sentó en sus rodillas.
—Abuelo —preguntó la niña—. ¿Es cierto que existieron los extraterrestres?
Cisco sonrió.
—No, pequeña. No existieron.
—¿Entonces?
—Lo que existen son los viajeros. Personas que cruzan el tiempo y el espacio para estar donde deben estar.
—¿Como tú?
—Como yo. Como tu abuela Nawa. Como tu otro abuelo Gil. Como todos los que alguna vez soñaron con un mundo mejor.
La niña asintió, aunque no entendía del todo.
—Abuelo —dijo después de un rato—. ¿Me cuentas la historia del niño que viajó al pasado para salvar a las tribus?
Cisco la miró. En sus ojos, el brillo de las estrellas se reflejaba.
—Claro —dijo—. Pero es muy larga. ¿Estás segura de que quieres oírla?
—Segura.
—Entonces… una vez, hace mucho tiempo, en una casita no muy diferente a esta, un niño llamado Francisco…
Y mientras hablaba, en el jardín, un jaguar negro de ojos amarillos levantó la cabeza y escuchó.
Porque las historias verdaderas nunca mueren.
Solo esperan a ser contadas de nuevo.
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FIN
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