Antes del Alba

Antes del Alba

Ese Valsuar

07/10/2022

Suelo llegar 45 minutos antes a mi lugar de trabajo.

No voy a decir que es por amor al arte, es para no tener que coger la caravana que se produce cada mañana a la altura de Telde, como todos sabemos.

Pero lo que en un principio, nada más pensarlo, me parecía un suplicio, ahora lo estoy encontrando maravilloso.

¿Has leído el Club de las 5 de la mañana, de Robin Sharma? Pues viene a ser algo parecido. Me despierto a las 5 de la mañana, aunque el «ritual» del que habla comienza algo más tarde.

Una vez aparco, me cuelgo mi bolso y la neverita donde me llevo el desayuno y el almuerzo. Me pongo los cascos, mi Playlist y me voy a caminar.

A veces, cuando llego al cruce frente a mi trabajo, opto por pasear por las calles adoquinadas de Triana y sus callejuelas aledañas.

Otras, prefiero camuflarme entre las decenas de estudiantes que van hacia Tomás Morales. Sí, ingenua de mí al pensar que consigo camuflarme.

Y, otras, decido sentarme en la cafetería de Nora a tomarme un té verde, que me cuesta 2 euros, «porque es de hoja y no de sobre» como dice ella, a lo que yo le respondo: «ah, entonces lo merece» aunque no lo piense, porque está más amargo que el peor café que haya probado en toda mi vida.

La cosa, es que hoy me he dado cuenta de una cosa: desde que descubrí (sí, porque no soy de la zona) que cerca tenía varias librerías, uno de mis pasatiempos favoritos es no pensar lo que voy a hacer antes de empezar la jornada.

Empiezo a caminar hasta llegar al escaparate de cualquier librería y me paso tiempo y tiempo leyendo cada uno de los títulos de los libros que tienen expuestos y, cuando acabo, vuelvo a hacerlo ahora en el sentido de regreso.

A veces me paso y simplemente los contemplo, mientras sigo escuchando mi Playlist, música clásica, por cierto.

Hoy, por un instante, pensé, «estoy segura de que hay muchísima gente más pirada que yo, que llega 45 minutos antes al trabajo para pasarlo delante de un escaparate de libros mientras escucha música clásica».

Y, entonces, me di cuenta de que era el momento de mayor paz que tenía en mi día. Que me encanta. Son momentos míos, que nadie me puede robar ni contaminar; donde el cielo aún está oscuro y el sol me saluda al salir mientras todos y cada uno de mis pensamientos siguen siendo míos, o tuyos, según se mire.

Me he acordado de Marian Rojas. La he escuchado en varias entrevistas hablar de la dopamina y las redes sociales.

Comentaba ella que, en momentos de ansiedad, estrés o aburrimiento, casi de manera innata y automática, mirábamos las redes sociales y de repente nos sentíamos aliviados, o que esa sensación de ansiedad o estrés se reducía.
Esto ocurría porque nuestro cerebro liberaba dopamina. El problema de esto, es que, además de lo obvio, como puede llegar a ser la toxicidad existente en las mismas a día de hoy, al evitar esos momentos de estrés o aburrimiento, impedíamos que nuestro cerebro trabajara, que inventara, que creara.

Las mayores creaciones de la historia no se habrían producido si sus creadores se hubieran entretenido con este mundo virtual. Y, ¿quién dice que a nosotros no nos pase lo mismo? Por supuesto, no voy a hablar de grandes creaciones, como el invento de la bombilla u otras averiguaciones como la Ley de la Gravedad, pero sí me referiré a la mayor creación que existe: nuestra vida.

No creo que me pase solo a mí pero, hay ocasiones en las que creo que es inútilmente larga; otras, en cambio, siento que me quedo sin aire al querer llegar a todo lo que quiero hacer. Y no me refiero a tachar de la lista todas esas tareas que tienes prevista para hacer a lo largo de tu día.

De una manera u otra, creo que el tiempo que pasamos de más haciendo uso de este tipo de plataformas nos alejan de todo aquello que queremos hacer, a veces, incluso, de aquellos a quienes queremos, sobre todo, si se les da un uso inapropiado que, de lo contrario, nos supondría una herramienta tremendamente poderosa para el aprendizaje y nuestro crecimiento, pero no suele ser lo normal.

A veces hay que parar, un día, un mes, un año. Lo que haga falta. Se puede ir y volver, y hasta irse y no volver.

Finalmente, lo único que importa es lo que necesitemos para no alejarnos de lo que sentimos que queremos y, a veces, hasta que debemos hacer.

No sé qué sentiré mañana, porque el mundo y la vida, al igual que nosotros, son cambiantes, pero con el paso del tiempo, todos acabamos conociéndonos un poquito y sabemos que hay un algo que te empuja a hacer o dejar de hacer, que tienes una vocecita que te susurra que ese no es el camino, que lo que quieres hacer está en otra dirección.

La velocidad imparable del día a día, del que te impone la sociedad desde que eres niño, a veces, te pone una venda en los ojos y, como te atrevas a quitártela, en ocasiones, puedes sentir que no encajas, como cuando decides alejarte de todo para sentarte a mirar el mar desde lo alto de la montaña, sólo o en silencio, o como cuando te pasas 45 minutos inmóvil delante de un escaparate lleno de libros escuchando música clásica.

Escribo esto y tengo que esforzarme en no emocionarme, no por lo que escribo, sino, precisamente, por lo que dejo de escribir.

La vida no es siempre color de rosa, aunque desde fuera lo parezca. Cada persona tiene su lucha interna e independientemente de lo grande que sea, cómo la afrontas solo depende de uno mismo.

Los problemas son relativos, el sufrimiento, quizás, no.

Me emociono porque siento gratitud, porque siento felicidad, (que no alegría, que no es lo mismo), porque aunque a veces sienta que no encajo en determinados lugares, situaciones o personas, no me esfuerzo por hacerlo, porque por fin, con trabajo, te aceptas, te respetas, y te encanta tener ese algo «diferente». ¡Hasta llegas a presumir de ello!

Yo he tenido la suerte de haberlo conseguido casi sin esfuerzo y según se iban produciendo esos cambios o ese autoconocimiento pero, no todo el mundo puede.

Hay personas que se pasan la vida luchando contra fantasmas y, lo mejor que podemos hacer, es ofrecerles nuestro disparador nuclear de protones, por si en algún momento necesitan ayuda.

Siento amor, y no me puedo sentir más plena.

Por eso, paro.

Para que este amor y este respeto que siento por mí misma, siga creciendo, para no dedicar ni un segundo a algo que me impide dedicárselo a lo que sí quiero hacer.

Decir adiós a todo lo que no aporta y te aparta de quién eres.

Decir hola, una y otra vez, a todo aquello y a todos aquellos a los que nos ayudan a crecer y amar de manera desmesurada e incondicional quienes somos y lo que somos para, después,
amar al otro.

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