Dios, Diablo y Hongo

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Es temprano, exactamente son las 07:19 AM. Después de resistir a la cotidiana horda onírica de la noche, me incorporo de mi descanso para prepararme un café. Mientras se me calientan las manos por el calor que la taza desprende, me da por abrir mi polvoriento WhatsApp para comprobar si debería de contestar a alguien, cosa de la que no soy un excelente ejecutante.

Tengo un mensaje con información interesante, pero no sé a ciencia cierta si el número que me la envía es propiedad de Esther o Jesús, unos amigos del pueblo. Iluminado por el curioso dato que os expondré más adelante, no trato de averiguar quién de los dos me envía esa anécdota antropológica, lo que hago a continuación es pensar y sorber, sorber y pensar, hasta que mi hijo se levanta con ganas de que le ayude a recomponer su nuevo puzle de 100 piezas de Peppa Pig. Entonces lo que hago a continuación es observar y encajar, encajar y observar, un pequeño disfrute matutino, al final le cogeré cariño a los puzles, quién sabe.

El hecho de no interesarme por la procedencia del mensajero es para que no interfiriera tal duda en ese momento tan bello de la adquisición de un nuevo conocimiento. Esa actitud que en los comienzos de los trovadores europeos era algo normal, me afloró después de leer un libro maravilloso de Irene Vallejo, El infinito en un Junco. Recomendadísimo.

En esa estupenda historia sobre la vida de los libros desde sus primeras apariciones en el mundo de la oralidad, hubo algo que me llamó sobremanera la atención. Muchos de esos poetas que trotaban por el mundo cantando sus historias aprendían, ya sea de oído o por algún escrito, relatos anónimos bellísimos. Anonimato voluntario, los derechos de autor aún no se entendían como hace hoy nuestra sociedad.

Digamos que, gracias a ello, una corta historia que un trovador escuchaba en uno de sus viajes, la podía introducir en su repertorio lírico sin ningún problema, para luego cantarla en sus actuaciones y remodelarla como le viniera en gana. Y digo cantarla no para darle un toque poético a la acción de leerla, es que en esos tiempos se cantaban melódicamente en voz alta, esa era la costumbre y así mucha gente a la vez podía disfrutar y memorizar, teniendo la opción de convertirse en trovador o gozante reproductor futuro. Esa manera de entender el arte hizo que la expansión de gran variedad de mitos, sucesos, panegíricos, sátiras, tragicomedias y todo aquello que una voz proclamara sin apropiarse del derecho exclusivo a su reproducción (a lo que ahora se le llama propiedad intelectual) tuviera la oportunidad de ser escuchado en diversas partes del mundo. Algo que sin duda democratizaba el arte.

Dejo ya de lado el mundo trovador.

En el mensaje con un 50% de anonimato, se me transfieren un concepto que utilizan los Hawaianos: Akua, que lo mismo puede significar dios que Diablo. Hasta ahí todo medio normal, pero lo que más desconfigura mi raciocinio es que también puede significar Hongo. Seguramente para el 95% de los pocos lectores que dediquen unos minutos de concentración a este escrito, les parecerá algo tan inocuo a su entusiasmo que ni siquiera habrán soportado mi pequeña disertación sobre los rapsodas. Es totalmente razonable, lo tengo más que asumido, cada cual elige sus tónicos para la voluntad.

Antes de seguir, comentar que no he verificado la información del anónimo contribuyente sobre el concepto Hawaiano Akua. Saltándome una norma indispensable para la veracidad de mis contenidos. Aunque fuera desinformación con el interés espurio de un conglomerado de micólogos entregados a la mitificación de los hongos para llevarlos a la opinión pública otorgándoles visibilidad, aun así entraría al trapo. Es necesario que el ciudadano tome conciencia de la importancia de los hongos en nuestra ecología. Por favor, mirar los experimentos con el Physarum Polycephalum. Si después de abriros al mundo de lo microbiológico no habéis sentido un mazazo de humildad en las tripas, es que necesitáis ir urgentemente a un hospital para que midan vuestras constantes vitales, vaya a ser que estéis muertos y aun no lo sepáis.

Los Hawaianos, sin la objetividad que ofrecen los microscopios, los laboratorios, los científicos, y todo el arsenal que el mundo de la ciencia ha dispuesto para que la fe vaya descendiendo escalones dejando paso a la razón, ya intuyeron de alguna forma que desconozco, que esos seres que se expanden por las superficies como el avance de las sombras cuando el día decae, de múltiples colores, formas y condiciones, era algo a lo que se le debía dar un protagonismo en su cultura, hasta el punto de introducirlos en la nomenclatura del sagrado nombre de Dios, Akua.

Y ya para ir acabando, me gustaría contar algo que leí en un libro de Eduard Punset, muy a grosso modo para no alargar el texto mucho más. En la obra del autor catalán, que en paz eterna descanse, se explicaba una forma de sobrevivir de ciertos mohos mucilaginosos (compuesto de amebas unicelulares) que poseen la capacidad de asociarse entre ellos cuando las exigencias de su entorno se complican, para así convertirse en un “animal” llamado plasmodio, que actúa como un individuo,

Lo increíble del asunto es que esa digievolucion hacía que las amebas solitarias que anteriormente vivían a lo suyo “pidieran” ayuda y consiguieron crear un ser de diferente construcción biológica. Es decir, al crearse diferentes partes del nuevo organismo por agregación de miles de células unicelulares, a las amebas que les tocara por ejemplo ser parte de, como se llama en el argot, los pseudópodos (patitas utilizados para la acción locomotora o también para cazar y alimentarse) debían cambiar su función existencial para el bien común de todas ellas implicadas en el comunismo biológico.

Con la dicha digievolucion aumentan las posibilidades de que sobreviviera el nuevo ser, gracias a las sofisticadas y nuevas capacidades como desplazarse por zonas húmedas y oscuras, reproducirse y, cuando el hábitat volvía a ser fértil, deconstruirse para vivir de nuevo como amebas solitarias y desprovistas de esa inteligencia adaptativa que la asociación les permitía.

Si queréis saber más y mejor, buscad al biólogo Jonn Tyler Bonner.

Este científico estadounidense, desgraciadamente ya fallecido también como Eduard, sostiene que a raíz de esa asociación entre las amebas para convertirse en el plasmodio, es cuando únicamente surge una inteligencia considerable, capaz de tomar decisiones para su supervivencia. Gracias a la colaboración de miles de ellas, explica Bonner, han podido adaptarse y resistir a los cambios que el planeta tierra les iba planteando antes que cualquier humano animal o planta. Alucinante.

Ya que estamos, hay otro autor llamado Edward O. Wilson que es un ilustre entomólogo y biólogo, Americano también pero vivo y coleando si lo comparamos con los otros dos de su gremio, cuenta con 92 años el hombre.

Se dice que él apodó el concepto “sociobiología”, una rama que estudia las sociedades humanas a raíz de las bases biológicas que determinan las conductas en los animales. De Edward no puedo recomendar libro alguno, lo poco que sé de él es por haber aparecido en algunas de mis lecturas de ensayos científicos.

Creo recordar que esto lo expliqué en alguno de los programas que vamos colgando en Ivoox, llamado la Componeurostera y clasificado en la jerarquía internacional de Podcast potenciales para el premio nobel de radiodifusión excelsa en el puesto 2 sobre 10. Así que hacednos el favor de prestarnos vuestros oídos encerados.

Desde que salió a la venta el auricular bluetooth, cada vez veo más gente con el pinganillo colgado como si fuera un objeto decorativo. Airearos los conductos auditivos una vez cada dos horas, es un mensaje del equipo de otorrinolaringólogos de la Componeurostera, siempre a vuestra disposición.

¡Ah! Que no se me olvide, Akua es un bonito nombre que si vuelvo a tener perro quizás se lo ponga… Pero también está Ideafix, otro gran competidor.

Buen viaje.

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