Joe quiere ir a la guerra

Esta niña se prende fuego. Última tea
en agosto de candados, el fuego arde
bajo el halago de la carne. Y luego
la llama del proyectil se inserta
hasta el esternón del pueblo.
En Hiroshima la mitad de la muerte
abarcó las latitudes de lo inverosímil
y en Nagasaki, pienso, palpó la muerte
hasta el último palmo de pellejo.
El Pequeño Muchacho ha hecho de las suyas
en tanto redobla sus malas intenciones.
Vuelve, colúmpiase en la muerte,
mayorcito ya luego de casi setenta años
y Joe se engalla en la tempranía de Washington
con la ilusión de una guerra a kilómetros
de distancia, donde florezcan los sepulcros
europeos al borde de la calavera
de todos sus primeros ministros.

El loco Johnson se despeina de animal
en los platinos de su majestad la reina
de los colonialismos, y también a su gusto
encabrita las metrallas para acercar la guerra
al nuevo holocausto de todo lo humano.
El inglés todos los días extrae la plusvalía
hasta de los muertos. Succiona ahíto
en la coronación el elixir de los pueblos
que bebe en las calacas de sus víctimas.

Joe, tengo ahora miles de muertos en Ucrania,
¿cuántos más? Joe dice la muerte
y alimenta al cadáver a cada rato.
El gusano repta en su costado
y el imperialismo ruega la palabrota
que le da sentido a los gemidos de los condenados.
Wall Street se frota las manos,
y los dólares se engullan las naciones
en la mayúscula Bolsa de Valores
mientras suben las acciones de los sepultureros.

El Pequeño Muchacho rubio
se ha esforzado por parecer generoso,
el chorro de fuego que promete
se queja del tiempo que le hacen perder
sin poder partir desde las riberas del Potomac
al Dniéper, toque de fósforo en la pulpa
del uranio 235, misil de largo alcance.
¿Cuánto largo? El que clama por un kilómetros
clama por otros hasta tocar el hueso del Zar Putin
y definitivamente en todas las fronteras
del oriente mismo. Allí está China,
y Joe y Boris huronean el lejano oriente
entre la polvareda de la guerra en Ucrania.
Xi Jinping es un matón hercúleo
que extrema sus propias devastaciones.

Ha llegado el momento, se ha condensado
la Historia de las guerras mundiales pasadas.
Después de Kaliningrado el Báltico
se prepara a puñetazos para exclamar
los espantos y una fuerza centrípeta
los pone cara a cara con sus maquinarias bélicas.

El Mar Negro entre melancólico viento
humea cruel el agua en explosiones.
Mariupol se ha ido en el fuego,
se ha quedado tan rota acuartelada
como una tajada de desechos.

Jose quiere ir a la guerra, es la pasión
de los Demócratas. ¡Ahí la guerra!
¡Ahí la llamarada! ¡Ahí la guerra!
¿A cuánto se cotizan los padecimientos?
¡Una libra de carne! ¡Una onza de sangre!
En trozos de niños que salen de las grietas
y Little Boy suda raudo su fisión nuclear
como agua bendita para todos.

Niños, les digo la revolución impedirá la guerra.
Preparaos.
Este no es el triunfo de los conquistadores.
O la guerra traerá la revolución. Preparaos.
No hay otras palabras para decirlo,
tengo entre ojo y ojo a los imperialismos,
les apunto espléndido allí donde les duele
y colérico les disparo al corazón para acabar con ellos.

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