Cuando por fin después de un largo silencio, en el que parecía haber estado buscando las palabras adecuadas, el médico le dio el diagnóstico de la enfermedad que lo aquejaba, tuvo la sensación de que su vida como la había vivido durante sus 45 años, adquiría ahora en retrospectiva, un sabor y un tono distintos y que probablemente, a partir de ese momento, adoptaría una trayectoria muy diferente a la que había previsto.

No escuchó en detalle lo que el doctor dijo después, salvo una que otra frase inconexa. En aquel momento su mente no tenía espacio para indicaciones, medicamentos y exámenes. Estaba demasiado ocupado imaginando qué haría al salir de la consulta, siendo otro individuo el que vestía su cuerpo. Porque así de extraño y perturbado, se sentía ahora que conocía el nombre de aquello que, por tanto tiempo, le había trastocado y carcomido por dentro.

Se preguntó si acaso se le notaría. Si la gente se le quedaría mirando, un poco extrañados, un poco compasivos, un poco asqueados. Si en el trabajo comenzarían a rehuirlo o por el contrario, si acaso llegaría a ser objeto de parte de sus colegas, de una condescendencia anodina y obligada.

Fugazmente pensó en el suicidio, pero el apretón de mano del doctor en la despedida, lo sacó, al menos temporalmente, de aquella cavilación.

Salió a la calle cabizbajo y decidió entonces ponerse a caminar. Había avanzado unas cuantas cuadras sin rumbo fijo, cuando de pronto sintió las mismas intensas ganas de llorar que tuvo a los diez años, el día que sus padres le anunciaron que iban a separarse y él, inconsolable, se aferró a ambos, buscando la reconciliación imposible. Nunca lo había vuelto a hacer desde aquella oportunidad. Por eso se extrañó de que le brotaran las lágrimas a borbotones y de sentir que los sollozos que le ahogaban la garganta, provenían desde lo más profundo de sus entrañas.

Después de un rato de intenso llanto, sentado en un escaño donde se instaló a esperar que amainara la tormenta de emociones, terminó de enjugarse las lágrimas con la manga de la chaqueta de vestir que traía puesta. Fue lo único de lo que disponía, porque no se le había pasado por la cabeza que iba a derrumbarse de esa manera, aquella tarde.

Volvió a ponerse de pie y recordó algo que le había dicho el médico después del diagnóstico:

– No va a ser fácil, pero con esfuerzo y disciplina, a pesar de la enfermedad, podrá tener una vida normal.

Él no profirió palabra, pero en ese momento hubiera querido decirle que una de las cosas que jamás había logrado entender, era eso que llamaban normalidad y que menos aún había podido experimentarla siquiera una vez en su vida. Porque siempre se sintió extraño. En su época escolar nunca encajó del todo en ningún grupo. De hecho ninguno de sus compañeros se transformó en uno de esos que llaman amigos para toda la vida.

Desde pequeño había visto el mundo desde lejos, sin hacerse parte de nada, a veces sintiéndose su dueño y otras veces apenas un pordiosero que pedía permiso y perdón por ocupar un espacio en él. Y por si fuera poco aquella sensación, desde ahora cargaba con lo que para él era el peso del estigma que le había entregado el diagnóstico.

De pronto sintió intensas ganas de beber un trago. De hundirse como tantas veces en el dulce y tibio sopor que le otorgaba el alcohol y que le hacía más llevadera esa angustia existencial que tan frecuentemente le invadía el alma y que sentía agudizada por la idea de la enfermedad.

Entró en el primer bar que encontró y se sentó a la barra. Saludó con un gesto de cabeza al cantinero y le pidió un vaso de whisky, que bebió de un solo trago. Con el segundo vaso comenzó a sentir que la angustia se disipaba y que el peso que sentía sobre sus hombros desde que había abandonado la consulta, ya era más llevadero. Al finalizar el tercero, la enfermedad se había instalado en una especie de dimensión paralela y lejana, que apenas alcanzaba a divisar por entre la bruma alegre de la borrachera incipiente.

Pensó entonces que pediría una segunda opinión, que nada era cierto, que los médicos eran unos farsantes y que las farmacéuticas unas cuevas de ladrones. Que él estaba sano y que prefería caer fulminado por un rayo, que intoxicarse llenándose de de las pastillas que le habían prescrito.

Pidió la cuenta y se marchó a casa sintiéndose más sano y robusto que nunca, claro que, sin poder saber en ese momento de artificial entusiasmo, que al despertar a la mañana siguiente, sería la propia enfermedad, la que terminaría provocando el desastre.

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