Los Niños de los Huesos

Los Niños de los Huesos

David Aguilar

22/04/2022

Ex país. Argentina era un ex país, más allá de todo lo que pudo haber ocurrido y de lo que puede seguir ocurriendo, Argentina ya era un ex país. El Estado había colapsado, los números que reflejaban la realidad en aparatos electrónicos, índices, estadísticas y bla, bla, bla, ya estaban completamente desorbitados. ¿Los culpables? ¡Si los ha habido!, desde mucho antes de cualquier indicio del colapso, esto viene de hace siglos atrás.

Pero no vamos a hablar de política, ni de economía, ni golpes de Estado, ni nada de la misma historia aburrida de siempre que la mayoría ya conocemos en carne propia y se repite cada quince o veinte años. Esta historia va a tratar de Martín, tenía más o menos doce años cuando comenzó a pensar por qué era todo así. Su familia entera cumpliendo funciones públicas, no sufría los golpes y las crisis como el resto de la sociedad que ya estaba esclavizada por el hambre. Y era algo natural porque lo vivía desde que nació. Lo que no había vivido fue la explosión cuando las arcas ya no alcanzaron para repartir a los ciudadanos que se morían de pereza y se seguían reproduciendo. Los primeros en extinguirse fueron los pilares, directamente desaparecieron, y ya no hubo a quien cobrarles impuestos.

Martín quería saber por qué todo seguía siendo así, si claramente la sociedad estaba corrompida por problemas que ellos mismos se generaron. Le gustaba leer, era un privilegiado por saber hacerlo. Encontró una vieja editorial, que vaya a saber de qué año habrá sido, pero tampoco importaba porque siempre fue todo igual. De aquella vieja nota quedó retumbando una cita que se hacía a un tal Juan Bautista Alberdi, se había vuelto una oración, como un versículo de la Biblia, y se repetía una y otra vez en su cabeza a cada rato. Las misma decía: «Nuestro pueblo muere de hambre de instrucción, de sed de saber, de pobreza de conocimientos.» De forma extraña se sentía identificado con aquellas afirmaciones, pero sólo era un niño, ¿Y acaso quién era el pueblo?

Sus padres nunca respondían sus dudas ni prestaban atención a lo que él quería contarles. Pero eso lo alentaba aún más a aprender. Su ciudad era enorme, pero parecía vacía, y por alguna razón nunca lo dejaban salir solo de noche, sus amigos estaban en las mismas condiciones que él. Pero pensaba que tenían una mente más enfocada en otros temas como para preocuparse por el pasado, directamente ni se cuestionaban el entorno que estaban viviendo. Después de todo, de aquello se encargaban sus padres, pase lo que pase a ninguno de ellos les iba a faltar nada.

Obviamente, cada cosa que pudo aprender, con material oficial, libre de mentiras o falacias, que había conseguido por medio de quienes garantizaran su educación, se llenaba de frases como «La Patria es el otro» o «Los únicos privilegiados son los niños». Nombres de personas que todos conocemos y recordamos de distintas formas, situaciones de vidas que hace mucho tiempo dejaron de ser como las de ahora. Eso podría explicar por qué veía niños revolviendo la basura para comer, pero volvía todo más confuso porque la doctrina fue siempre la misma ¿Y los resultados? Completamente desastrosos, pero sus padres ni nadie le prestaba atención cuando hacía una pregunta, siempre era evadido con algún tema distinto o una respuesta demasiado infantil incluso para su prematura comprensión de la realidad.

Martín veía a esos niños como si fuera uno de ellos, miradas confundidas, azotados por las circunstancias, pequeños, indefensos. No eran distintos a él, pensaba que quizás ellos no tuvieron padres como los suyos que puedan por lo menos darles de comer, y por eso revolvían la basura. Los llamaba «Los niños de los huesos» por sus contexturas esqueléticas, se les veían las costillas, eran muy flacos y parecían muy débiles. Pero lo asombraba la agilidad con la que manipulaban bolsas del doble o triple de sus tamaños, debían dedicarse a eso desde que nacieron.

Quería averiguar quiénes eran esos niños, cómo habían terminado allí ¿Cómo puede ser que aquí, donde los únicos privilegiados son los niños, ellos tengan que sobrevivir de esa forma? Estaba muy enojado, necesitaba explicaciones y si sus padres o quien sea no se las daba al momento de preguntar, iría a buscarlos por sí mismo.

«Mamá ¿Quiénes son los niños de los huesos? ¿Por qué tienen que revolver la basura para comer? ¿No podemos ayudarlos?» No tuvo respuesta concreta, fue con su padre que parecía estar más involucrado en aquello que significa gobernar, la devolución fue aún más vaga. Solo pudo saber que esos niños no eran nadie, que no era necesario preocuparse por ellos, que no los fuera a molestar, no tenían nada que ver con él ni con nadie de su entorno y no iba a cambiar en nada que los conociera o no. Pero eso convirtió las dudas en enojo, se sentía burlado, ignorado, nacía en su pecho la necesidad de ser la voz de esos niños. Pero nadie lo escuchaba, como a ellos que estaban rebajados a ese límite en una calidad de vida deplorable, mas quería ayudarlos, quería que los atiendan y los escuchen. Fue ahí cuando pensó que él debía ser el primero, tenía que conocerlos, hablarles, tomar un reclamo o una petición y hacerla llegar a sus padres o a quien sea, y no iba a parar hasta que lo escucharan, estaba decidido.

Una tarde muy fría, de esas donde oscurece temprano, pudo ver una niña merodeando por su barrio, quiso acercarse, hasta que se dio cuenta que tenía miedo. Era algo desconocido, no sabía qué iba a pasar, y la niña también parecía estar asustada y casi escapa. Se acordó que tenía unas masitas en el bolsillo, se la extendió lentamente mientras ella lo miraba con mucha sospecha, Martín sonrió y ella prácticamente se las arrancó de las manos y salió corriendo. Pensó que no le sería bueno correr a alguien con un cuerpo tan delicado, pero se sintió bien por haber ayudado. No fue demasiado, pero fue lo que pudo y era mucho más de lo que los atendían la gente de su entorno.

Democracia, partidos políticos, dictaduras, fuerzas armadas, guerrillas, atentados, muerte. Todos conceptos omitidos en su educación, jamás pudo imaginar por dónde venía la mano. Pero a quien sí conocía era a San Martín. Si tenía la oportunidad de hablar con ellos, sin duda les contaría quien fue el General Don José de San Martín. También se identificaba con él, quería liberar a sus hermanos, así de fuerte era el sentimiento. Abrir paso a la libertad que tenía él y que ellos no. De dormir sobre un colchón, de bañarse con agua caliente y poder beberla. De elegir qué comer, hasta esa mínima libertad, que aún seguía sin saber cómo la perdieron y si alguna vez les fue concebida en este ex país.

Su nueva convicción ahora lo tenía ocupado, era un niño, pero se sentía grande. Ideó miles de formas para poder acercarse pero ninguna lo terminaba de convencer. Quería reunir comida y llevarles, pero eran demasiados y jamás iba a alcanzar para todos, y no quería que unos coman y los demás se queden mirando. Decidió hacer otra visita donde encontró a la niña pero sin llevar nada. Esta vez era un poco más temprano y había más niños de los huesos junto con aquella niña. Nadie se le acercaba pero lo miraban con mucha incertidumbre y desconcierto, habrán pensado qué hace allí. Martín tomo coraje y dijo en voz alta «Buenas tardes, soy Martín». Hubo una especie de alivio entre los niños y se acercaron lentamente, eran cinco, y parecían hermanos. El más grande comenzó a hablar con él y luego siguieron los demás, no sabían hablar muy bien, no pronunciaban las palabras de manera correcta y sus voces eran débiles, tristes, quebradas. Le preguntaron si tenía padres, obviamente dijo que sí. Le pidieron que les dijera su edad, él dijo que tenía doce. Y antes de que puedan hacerle otra pregunta, comenzó él a consultar. Pudo averiguar que viven todos juntos en una villa a dos kilómetros de donde se encontraban. Le contaron cómo vivían y cómo se manejaban, eran muy compañeros. Ya se había imaginado todo, lo único que no pudo predecir es que no tenían nombres, ninguno, no se identificaban de ese modo, y no pudo suponer cómo lo hacían. Pero todo lo demás ya lo sabía casi como un presentimiento.

Les dijo que quería ayudarlos, que necesitaba que ellos le expliquen cada detalle de su vida, pero los niños se negaron sorpresivamente, y huyeron. Martín quedó desconcertado pero aún así conforme por su encuentro. Fue un avance muy grande para él y con un poco más de tiempo conociendo a los niños de los huesos, iba a poder ayudarlos. Quería enseñarles a leer y escribir, a jugar como lo hacía él con sus amigos, a ser niños, dentro de su realidad demacrada por una fuerza que todavía él no conocía, la historia.

Es muy triste pensar en estas circunstancias donde la vida en Argentina se reduce a esto, una clase política perpetuada en el poder, que aún así estaba colapsado, y era el único grupo de personas que podía tener una vida decente con su familia. A costa de haber reducido a la peor miseria a toda su población mediante un desgaste y persecución a la sociedad que duró décadas enteras. Con el falso relato de la justicia social y la conciencia de clase.

Pero este niño no lo sabía, no lo entendía y todavía era muy chico como para que le interesara. Fue esa su mayor dificultad, porque nadie lo escuchaba aún habiendo pronunciado siempre que existían los niños de los huesos, que había que ayudarlos y que era urgente. Pero todo fue en vano, solo no iba a conseguir nada. Una mañana se decidió ir a buscar a todos los niños, volver con ellos y meterlos en su casa, que sus padres los vieran, que se den cuenta cómo estaban, que llamen a las autoridades y que los atiendan y les den la vida que se merecen.

Llegó hasta la villa donde vivían con quienes estuvo hablando, no había nadie en la calle, así que empezó a llamarlos. Algunos comenzaron a salir de sus casas precarias, de pronto fueron más y lo acorralaron, empezó a confundirse y hacer señas de calma. Cuando entendió que no debía estar allí y que tenía que escapar ya era tarde. Los niños de los huesos lo tenían completamente rodeado y no podía hacer nada. Ellos eran débiles, pero no se pudo resistir por tantos que eran. Primero arrancaron su ropa mientras gritaba en un llanto que nadie pudo escuchar, desapareció entre los pastizales junto al tumulto que se abalanzaba con desesperación. Es desgarrador cómo la inocencia y la intención de querer ayudar se veía revolcada por una naturaleza que se había vuelto propia de unos animales.

Así como en algún punto de la historia fue justificado que haya gente que robe, mate y se drogue porque eso era lo único que conocía y en lo que podía pensar para vivir. Ahora el destino de este ex país había torcido la voluntad de un niño tan bueno como inocente, y quienes lo hicieron no eran niños. Eran adultos, de cuerpos débiles, ojos tristes, sucios y avasallados por la miseria, pero ninguno era un niño. Martín quiso ayudarlos en su inocencia, pero el monstruo que había formado el mismo régimen que generaciones atrás prometió defenderlos, ahora se lo comía vivo. Hasta ese punto fue la degradación y la deficiencia en el orden de la sociedad. Ahora esa era su naturaleza, así sobrevivían, y ya no había forma de solucionarlo. Este era un ex país, de gobiernos corrompidos, que exprimieron hasta la última gota de humanidad que encontraron; de miseria hasta este punto, donde la perversión que evoluciona ante el abandono y la falta de educación llega al límite más perverso, el de los niños de los huesos.

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