A nuestros ojos turbios, incrédulos, completa,

la escalera real servida se aparece

con su fuego ordenado, de llama tersa y quieta

que en cinco lisas láminas pintadas resplandece.

(…)

La escalera real, moneda de un instante,

que sin amor, sin gracia, sin placer, sin clemencia,

algo nos da desde una penumbra indiferente.

Juan José Saer, en El arte de narrar, poemas (1960-1987)

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Había ganado y había perdido, vuelto a ganar y a perder. La última fue la definitiva, los pocos pesos de la quincena quedaron, como las demás veces, en el sucio paño verde de una mesa de juego.

Iba (o venía, es lo mismo) con ese andar vacilante e incierto de los perdedores o de los borrachos (ahora él era las dos cosas). Luchando con un cuerpo que porfiaba en escorarse a la derecha, daba un paso y después otro, con tantas precauciones que el andar se le volvía ampuloso y altivo. Pero por el momento conseguía su objetivo: no derrumbarse.

Seguía, como un perro, el camino de siempre, el suyo (Si la borrachera le hubiera permitido pensar y además pronunciar esa palabra, suyo, se le hubieran llenado los ojos de lágrimas) Lo único que quería era llegar y echarse en un colchón. Y dormir. O morir, que es casi lo mismo.

Si hubo algo en todos esos años de oprobio y humillación que pudiera haberlo hecho sentir un ser humano y no un animal; si en algún momento de su vida pudo pensar con la claridad de un profeta, un místico, un matemático, sin duda ocurrió en aquel instante en que pasó por delante de la estación y miró hacia arriba, justo antes de la lluvia. Después, todo volvería a ser como siempre.

Sobre el silencio de un techo a dos aguas de una vieja estación abandonada, durante un tiempo que no podemos calcular, perseveran, inmóviles, cuatro palomas. Cuatro palomas posadas sobre una línea recta imaginaria, a exacta distancia una de la otra, y todas en la misma posición. Parecen cuatro estatuas iguales.

Desde abajo, de un solo golpe de vista un hombre percibe todo el cuadro y decide que por algún motivo hay un hecho que ocurre en el preciso momento en que él se encuentra allí. Un hombre, como una liebre del campo que ha sido cegada por los faros de las camionetas cazadoras y no puede hacer otra cosa más que estarse quieta, sin sospechar que lo que viene es el tiro del final, entre ojo y ojo.

Las nubes están cargadas. Una gota inmensa y espesa se derrumba sobre la tierra. Ahora no es gota, es huella. Ni siquiera, ahora ya no es nada. Por un segundo, o dos, el universo pende de un hilo. Cae otra, idéntica. Y otra más. Ahora, definitivamente, llueve, otra vez, sobre una pampa infinita.

Será por la lluvia que el mundo empieza a verse raro.

Cae una pregunta, o dos, sobre la espalda encorvada de un hombre que ha dejado de mirar el cielo y ahora mira la tierra. ¿Por qué el número cuatro? Si hubieran sido tres las palomas, ¿también le habrían llamado la atención?, ¿a partir de qué límite un hecho merece ser interpretado?, ¿cuándo las cosas empiezan a cobrar valor para el mundo?

Parece que no va a parar de llover.

Un hecho trivial y una vulgar simetría pueden ser puro azar, o un signo y un mensaje que exigen ser descifrados.

Cualquier disposición de las barajas, cualquiera de las formas en que caiga el dado es igualmente posible e imposible. Entonces por qué si caen tres sietes en un juego de barajas el acontecimiento nos parece maravilloso, extraordinario, pero si salen un cuatro, un tres y un cinco el hecho es intrascendente.

La lluvia ya es torrencial, los techos se van quedando vacíos de palomas.

Por qué nos empeñamos en descubrir extrañas e inútiles simetrías, por qué buscamos signos en todas las cosas. Cuánto azar y cuántas señales nimias danzarán a nuestras espaldas mientras vivimos vidas que no nos pertenecen.

Por qué nos distraemos, por qué nos detenemos en cosas sin importancia. Qué es lo que hace que volvamos a rumiar lo mismo, siempre. Cuánta fe necesita un milagro, cuánta imaginación necesitamos para sobrevivir. Cuánto más durará esta espera.

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