I.

Cuando todo hacía prever que iba a depositar sobre el escritorio, diligente y tranquilo como todos los días, la bandeja con los cuatro cafés y sus correspondientes accesorios de agua, azúcar y edulcorante, junto a las cuatro servilletitas de papel, todo pulcramente distribuido sobre la redondez fría y metálica de esa herramienta que él había aprendido a manejar como nadie, con una sola mano inclusive, a los cuatro que lo estaban esperando, dos hombres y dos mujeres, sonrisas de trapo, caras de aluminio, Villoldo les arrojó la bandeja invertida sobre el escritorio, justo cuando las cuatro sonrisas sin cara interrumpieron la conversación a media voz que mantenían solo para recibirlo. No a él digo, al café.

En el estrépito de vajilla y vidrios rotos y con el apuro por limpiarse y enfriarse, de ellos ni siquiera hubo un Ángel qué te pasa, estás loco, alguna amenaza, alguna imprecación. De él tampoco una palabra, ni un gesto, nada; sólo un darse vuelta y un volver sobre sus pasos, un abrir la puerta y un marcharse en silencio, como siempre, como si hubiera cumplido prolijamente, como todos los días, su trabajo.

Para cuando recobraron la compostura Villoldo ya se había ido. Por el pasillo de siempre, de cerámica gris, fresco en verano y helado en invierno, un túnel de paredes y techo blanco inmaculado que desembocaba en una puerta inmensa y pesada de vidrio, inexistente de tan limpio, la misma que Villoldo traspasaba, a las seis y cuarenta y a las quince, respectivamente, en punto, de todos los días de su vida.

A la calle se había ido. La había cruzado, ciego, hasta la plaza de enfrente, la del caballo en dos patas, un General y un sable erectos justo en el centro, todos picados de detritos de palomas, para vergüenza del General.

Había caminado por los senderos que en diagonal atravesaban la plaza desde cada una de sus cuatro esquinas, flanqueados por bellos y bien cuidados jardincitos multicolor, yendo y viniendo, como un autómata, una, dos, tres veces, quizás más; se había sacado de encima una mano que lo había querido sujetar, hasta por fin detenerse detrás del viejo roble que daba a los frentes de la parroquia.

Y allí, en un jadeo de cansancio, de locura y de espanto, medio agachado y medio sollozando, había dicho, o mejor no, no había dicho, había susurrado, había llamado, había suplicado, mamá, había sacado una pistola del bolsillo de adentro del saco y, más rápido que un rayo, para no dudar ni arrepentirse, se había volado los sesos.

Adentro, los otros se seguían limpiando cuando oyeron el mismo estruendo que escuchamos todos, un cañonazo que acalló las discusiones de los autos y los bocinazos de la gente. Menos las bandadas de palomas, gorriones y cotorras que en espantados círculos sobrevolaron la plaza inmediatamente después del estampido fatal, hasta que, segundos después, volvieron a posarse sobre las copas de los árboles, para continuar su ajetreo inconsciente y mecánico de limpieza corporal, de amamantamiento, de alimento y cobijo, de sobrevivencia.

Los de adentro, ocupados como estaban en ordenar el estropicio, siguieron sin entender, ni se imaginaron que se trataba del mismo Villoldo. Aunque tal vez tuvieran razón y no se tratara del Villoldo que conocían sino de algo mucho más extraño y ajeno.

Fui uno de los últimos en verlo antes de que se lo llevaran.

O quizás a él no lo vi porque ya no era Villoldo, era otra cosa. Un bulto inmóvil, una masa informe, obscena y triste desparramada sobre unas cuantas baldosas levantadas y desparejas; un chorro de sangre oscura y reluciente al sol como un río al principio torrentoso y después insignificante, hilito apenas, que iba a terminar chupado por una tierra ávida y seca que parecía que lo había estado esperando toda la vida; el arma a un costado, inocente, inútil; un zapato suelto y un pie desnudo, un brazo bajo el cuerpo y el otro extendido, una mano flácida, inexpresiva y muda; un saquito blanco y un moño negro sucios de sangre y polvo. Su rostro no lo vi, o no lo quise mirar.

Solo después, mucho tiempo después, cuando ya todo había pasado y la vida y los otros me habían vuelto a envolver y a arrastrar hacia adelante, (hacia dónde si no), en circunstancias de tiempo y lugar totalmente ajenas al hecho, la cara entre mis manos y el cuerpo entre sacudidas y espasmos, lloré.

II.

Cuando cantaba, Villoldo se iba; en los ojos y en la cara se le veía irse. Pero había que dejarlo ir, después volvía. Villoldo era el que nos servía el café todas las mañanas en el trabajo. Y, sobre todo, era el que cantaba. Ese, el que cantaba, era el único comprensible para nosotros; el otro, el que nos servía el café, podemos decir que era mudo, de tan incomprensible.

Me pregunto ahora si el mundo, para Villoldo, no sería algo tan lejano como un murmullo.

III. Coda

Acerca del pneuma.

San Agustín sostenía que cuando es tan grande un sentimiento que no cabe en sí, aparece el pneuma. Entonces uno no puede ni callarse ni encontrar en sus transportes nada que lo exprese, a no ser sonidos inarticulados.

(En Jacques Derrida, De la gramatología)

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