La Universidad era todo para ella. Aquí estudió, se formó, se graduó con honores, hizo su maestría y después su doctorado. También dentro de estas aulas conoció a su primer amor y encontró a sus mejores amigos. Su gran cariño por la Institución la llevó luego a ser trabajadora de la misma, por lo que fue maestra, jefa de departamento y hasta decana. Era enormemente reconocida a nivel local, nacional e internacional y hasta un laboratorio llevaba su nombre como homenaje. Su dedicación por la docencia y la investigación hacía que su jornada de trabajo comenzara desde las seis de la mañana, saliendo en ocasiones hasta después de las once de la noche. Sus compañeros le bromeaban, al decirle que prácticamente ya estaba inventariada. Publicó varios libros y cientos de artículos en revistas arbitradas. Era continuamente invitada como ponente o conferencista a simposios, seminarios y eventos de toda índole ¡Claro! Siempre representando a su querida “Alma Mater”: la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Es por eso que, cuando la despidieron, su mente fue incapaz de asimilarlo. Las autoridades, como cruel cirujano, cortaban de un tajo el cordón que la mantenía unida a la fuente de su vida. En su cabeza se generó un huracán de ideas cuyo vórtice era una sencilla pregunta: ¿Porqué a mi? La angustia invadió su pecho ante la sin razón que experimentaba su existencia.

Fue entonces cuando Gertrudis tomo la firme decisión de, sencillamente, no irse. Llena de tristeza y de rencor subió hasta la azotea del edificio 1B y sin pensarlo, se tiró al vació. El acontecimiento fue terrible y causó gran consternación en la comunidad universitaria. El silencio apagó todas las voces, las clases se suspendieron y ríos de agua salada corrieron por los rostros de los más sensibles. Los restos de la maestra fueron cremados, pero su espíritu se quedó, y con una profunda sed de venganza por la injusticia sufrida, comenzó a espantar por todos los rincones de las instalaciones universitarias.

Pronto, el espectro de Gertrudis comenzó a causar pavor entre maestros, alumnos y administrativos. En las bibliotecas tiraba los libros de las estanterías, en los laboratorios no había cristalería que se mantuviera íntegra, en el anfiteatro se metía dentro de los cadáveres abriendo sus ojos o moviendo sus bocas, lo que provocaba tremendo susto en quienes realizaban sus prácticas, haciendo diabéticos a más de tres maestros.

En ocasiones dejaba ver su reflejo en los espejos de los baños e interrumpía las transmisiones de radio universidad con terribles gritos desgarradores o bien con una serie de improperios no aptos para tan delicada audiencia.

Nadie podía chatear o usar su correo electrónico sin recibir algún mensaje de ultratumba, y hasta los novios que escapaban a los jardines en busca de un poco de romanticismo, tenían que huir despavoridos al sentir la mano fría de Gertrudis recorrer sus espaldas o el soplido de sus labios en los oídos.

Pero el problema no se circunscribía tan sólo al campus central. Los pobres animales de la posta brincaban las trancas de sus corrales al sentir la presencia del fantasma y en estrepitosa estampida hacían correr por sus vidas a estudiantes y empleados, a modo de “Pamplonada”, en la que pocos salían bien librados. Del Museo Nacional de la Muerte hizo su lugar favorito, pues se sentía como en casa y se daba el gusto de azotar puertas y ventanas, erizando los pelos de cuanto visitante tenía el valor de entrar a recorrer sus salas.

Ante tal situación ya varios vigilantes y veladores habían renunciado y Joel, el jefe de vigilancia, pensaba seriamente en su jubilación anticipada.

Una tarde, poco antes de que se ocultara el sol, Gertrudis vio a lo lejos a una niña que jugaba alegremente en el “Jardín de las Generaciones”, y decidió pegarle un gran susto para darle una lección. Se acercó sigilosamente, y al estar cerca de ella se percató de que la niña no tenía brazos. Era como una mariposa a quien habían cortado sus alas. Al sentir su presencia la niña volteó, pero en lugar de asustarse, tomó una flor con una de sus prótesis y la ofreció a la maestra con una enorme y sincera sonrisa llena de ternura. Fue entonces cuando Gertrudis se dio cuanta que la vida era más que un simple trabajo, que las personas continuaban avanzando a pesar de las adversidades, y que la calidad de universitario no se adquiere tan sólo con la permanencia en la universidad, sino siendo realmente universitarios, es decir, siendo luz para los demás, en cualquier lugar donde nos encontremos. En esos momentos, una puerta se abrió ante sus ojos y un intenso resplandor la invitó a traspasarla.

El rencor desapareció y sintió un gran alivio y descanso. Tomó la flor que le ofrecía la niña, y con una profunda sonrisa que reflejaba la gran felicidad que la envolvía, desapareció para siempre. Ahora Gertrudis es parte de la Luz, de la perfecta y eterna Luz, fuente de la verdadera vida.

Jorge Humberto Varela Ruiz.

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