Y ahí estaba de nuevo, parado frente al mar, con la mirada fija en el horizonte y sus brazos cruzados sobre el pecho, impasible, imperturbable, firme, inamovible como la roca, como el acantilado al que golpean las olas con rencor, soportando sin queja alguna las inclemencias del tiempo, cargando con el peso del autismo a sus 16 años de edad. Tenía así ya más de dos horas, desde que su madre lo sacó de la casa porque le estorbaba para sus quehaceres, a pesar de que la abuela le decía: – Pero mujer ¡No seas inhumana! Dejar así a Miguelito, en pleno sol -. A lo que la madre contestaba. – ¡Ah! Como si sintiera. Si es como un animalito. ¿Acaso lo has escuchado quejarse alguna vez?

Del lado izquierdo de Miguel, junto a un grupo de palmeras, una numerosa familia disfrutaba de la playa, comiendo una rica mariscada acompañada de cervezas y refrescos. Escuchaban a todo volumen un disco de “Salsa” con canciones de Willie Colón, Celia Cruz y Rubén Blades. Tan entretenidos estaban en su diversión, que habían descuidado al menor de sus hijos, un pequeño niño de cinco años, quien jugueteaba entre las olas con una pequeña tabla para deslizarse.

Poco a poco, el niño tomaba más confianza y se metía hacia aguas más profundas. De pronto, una enorme ola volcó la tabla del niño, zambulléndolo en el océano. Por más intentos que éste realizaba por salir no podía, y poco a poco la resaca lo jalaba mar adentro. Nadie se dio cuenta de lo que sucedía, sólo Miguel, que desde su lugar de siempre era mudo testigo de la desgracia.

Con paso lento, pero firme, Miguel, que para su edad era un muchacho bastante alto, llegó hasta donde el niño se ahogaba, lo cogió con firmeza, como pudo lo jaló hasta la playa, e inmediatamente después volvió a su posición de estatismo, como si fuera una estatua.

Después de unos minutos, el niño recobró las fuerzas y el aliento, y se acercó a su familia quien hasta en esos momentos le preguntó qué es lo que le había pasado.

La madre y la abuela de Miguel regresaron, y al verlo en el mismo lugar en que lo dejaron su madre expresó: – ¡Pero qué pinche suerte la mía!, ¿Qué pecado habré cometido yo para que Dios me castigara con un hijo así, tan inútil?, ¿Cómo no tuvo yo un hijo normal, que me aligerara el trabajo, en lugar de este estorbo? -.

Una pequeña lágrima escapó de los ojos de Miguel, quien seguía con la mirada clavada en el horizonte. En cuanto la madre se alejó, la abuela compasiva se acercó al muchacho y le dijo:

– ¡No te preocupes mijo! ¡Un día de éstos vas a hacer algo muy grande!, ¡Algo que hará que tu madre esté orgullosa de ti, ya lo verás! -. Y diciendo esto último tomó a Miguel del brazo y lo llevó para su casa.

    Jorge Humberto Varela Ruiz

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