por Andrés Obychniev El miedo no fue lo primero sino el sonido. Un tañido seco, como si una campana hubiese sido fundida con huesos y golpeada desde adentro de la médula del mundo. No venía de afuera, vibraba en las articulaciones, en las bisagras invisibles del cuerpo, en ese punto donde la carne todavía recuerda...
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