La O se pensaba a sí misma como una forma redonda ostensiblemente horrorosa. —No molesten—decía—. No voy a seguir participando en sus proyectos literarios. Me miran la panza redonda, siempre. Entonces me lavo la cara y sigo, como si nada, siendo la gorda del paseo. A ratos envidiaba a la i, aunque no del todo:...
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