La O se pensaba a sí misma como una forma redonda ostensiblemente horrorosa.
—No molesten—decía—. No voy a seguir participando en sus proyectos literarios.
Me miran la panza redonda, siempre. Entonces me lavo la cara y sigo, como si nada, siendo la gorda del paseo.
A ratos envidiaba a la i, aunque no del todo: debía ser insoportable cargar un punto vigilante espiando por toda la narrativa.
En ese cavilar se quedó dormida.
Las consonantes la llevaron en vilo porque la necesitaban: sin ella, el oso, la oveja y la oruga no podían existir en el pequeño bosque.

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