por Adán Sacha Al alba la ciudad no despertaba sino que se reiniciaba. Nadie le decía ciudad, igual. Era un espigón de cables oxidados clavado en el río marrón, una costra de concreto húmedo donde las retro-utopías se vendían como packs de nostalgia pirateada. Pantallas rotas transmitían para nadie: familias felices que nunca existieron, presidentes...
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