A veces reímos para no llorar, a veces lloramos de risa. Llegué a la oficina a las 7:00 a.m., como siempre. No por mérito moral ni por “soy súper productivo”, sino porque mi cabeza funciona mejor cuando el mundo todavía no empieza a hacer bulla. A esa hora la oficina es un lugar decente: no...
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