por Carlos Arrunta El río de Iztartana no era un río sino una mujer inclinada sobre un puente de hierro. Llevaba un vestido gris lleno de pequeñas luces cosidas como estrellas muertas y hablaba sola en un idioma que yo ya había olvidado antes de nacer. Detrás de ella, Ciudad Noche respiraba con el cansancio...
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