Para llegar hasta él en esas visitas que le hacía de niño había antes que tomar el ascensor de un edificio de Lince. Ese pequeño vértigo en las entrañas por el movimiento súbito del aparato era siempre el presagio de algo muy distinto al resto de mis días tan iguales unos de otros. Enseguida la...
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«Nunca te mueras» le había pedido. «No moriré», me aseguró. Y entonces ese día fue suficiente. Aquel día no necesité de nada más. Testigos fueron la almohada con esa cóncava grieta donde había aplastado su último sueño, el espejo en su armario que retrató inverso nuestro abrazo infinito, la bata enfermiza que le rodaba sobre...
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