Lunes, 2:30 p. m. Me encontraba algo fastidiado porque una reunión de trabajo se había prolongado más allá de lo previsto. Muerto de hambre, con ganas de terminar cuanto antes, inquieto en mi silla y casi en posición de “en sus marcas”, recibí un mensaje de texto: —¿Cómo andas de tiempo? Necesito conversar contigo. Sorprendido...
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