Los científicos ya lo habían advertido. Durante décadas, emitieron numerosos informes alertando de las consecuencias del cambio climático: aumento de la temperatura media de la tierra, elevación del nivel del mar, incremento de fenómenos extremos como temporales, sequías, incendios e inundaciones, y que, en conjunción, serían catastróficos para la Tierra y para sus habitantes. Según los investigadores, todavía era posible revertir la situación si se cambiaba el modelo económico y de consumo de forma urgente y a escala global; no sólo a través de los gobernantes sino especialmente mediante las acciones individuales de todos y cada uno de los ciudadanos. Cualquier acción por pequeña que fuese sería crucial para evitar el desastre.

Pasaron los años y nada cambió. Debido a la inacción de la sociedad, en un espacio corto de tiempo la Tierra se fue transformado y los sucesos climáticos se fueron sucediendo de forma cada vez más violenta y dramática. No mucho tiempo después, se hizo imposible distinguir el invierno del verano, y al cabo de cincuenta años la población fue diezmada, la tierra desertificada, los bosques arrasados y el mar y el aire envenenados. Pese a ello, el ritmo de consumo no cesó y la devastación continuó. El aire de las grandes ciudades se hizo irrespirable. Los más afortunados pudieron abandonarlas durante lo que se definió como el «Éxodo»; sin embargo, aquellos ciudadanos de menos recursos, junto a niños y ancianos, considerados cargas, quedaron atrapados y olvidados en los núcleos urbanos donde tras un período de diez años todos perecieron.

Noviembre. Año nueve después del Éxodo.

Una anciana deambulaba cabizbaja por la estación de tren abandonada de Atocha una tórrida tarde de noviembre. Vestía un gabán gris ceniza, unas botas desgastadas de color negro, unos guantes gruesos de goma y una mascarilla elástica blanca. Como cada día desde que se produjera el Éxodo, ella acudía a esa misma estación. El sitio no tenía nada especial; era simplemente un lugar desierto, solitario, silencioso y cubierto de una nube gris —esmog; no muy diferente al del resto de la ciudad—. A pesar de que cada día se sentía más y más débil, la anciana siempre acudía allí con la ilusión de descubrir algo nuevo con lo que poder evadirse, hacer su día más llevadero y dar algún sentido a su desgraciada existencia. Dos años antes, en uno de los andenes, la anciana había encontrado un dispositivo de música algo oxidado pero todavía funcional. Desde el momento en el que halló aquel cacharro, siempre lo llevaba consigo. Aunque la mayor parte del tiempo estaba apagado, de vez en cuando encontraba alguna batería con algo de energía que lo hacía funcionar durante apenas unos días, y que le permitía escuchar aquella canción —«How did it Happen» de Tom Holding— que tanto la sobrecogía y que conseguía transportar su mente a otro momento y lugar, más placentero y menos doloroso. En esa ocasión, el aparato funcionaba y las notas de la canción resonaban melancólicas en sus oídos.

Mientras caminaba por una de las vías, la anciana notó algo bajo sus pies. Miró al suelo y reconoció lo que parecía ser una fotografía. La imagen estaba muy deteriorada y llena de polvo. La mujer, intrigada por el contenido, la cogió protegiéndose con los guantes y buscó un sitio a la sombra para poder examinarla. La temperatura exterior era insoportablemente alta por lo que se dirigió al interior de un vagón destartalado y se sentó en uno de los asientos. Se quitó los guantes, dejándolos en el asiento contiguo, se aflojó la mascarilla y se quitó los auriculares. Sacó un trapo del bolsillo interior del gabán y lo pasó sobre la fotografía quitándole parcialmente la suciedad. Entornó los ojos tratando de reconocer lo que allí se retrataba. Durante unos instantes, la anciana permaneció en silencio observando detenidamente la imagen una y otra vez, hasta que, desconsoladamente, rompió en lágrimas.        

La anciana siguió llorando hasta que, desde el exterior, escuchó el crujir de unas hojas secas y el paso apresurado de alguien que se acercaba. Inmediatamente después, trató de recomponerse y se levantó. Se asomó por la pequeña ventana del tren y se encontró con una niña plantada frente al vagón. La niña era flaca y menuda, no tendría más de once años. Portaba una mascarilla idéntica a la de la anciana; tenía el pelo lacio, los ojos azules y hundidos y la tez ennegrecida. La muchacha, mirando fijamente a la mujer, dijo:

—Te he oído desde fuera, ¿por qué lloras?

—Lloro por la Tierra —contestó la anciana, mientras trataba de secarse las lagrimas con el puño del gabán.

—¿Por la Tierra? ¿Qué es lo que le pasa a la Tierra? —replicó la niña, extrañada.

—¿No lo ves? —respondió la mujer mientras salía del interior del vagón y señalaba hacia los alrededores de la estación—. Mira a tu alrededor. La Tierra está enferma. Antes había árboles y agua por todos lados. La Tierra era un lugar espléndido y lleno de vida. El cielo era azul y el aire muy fresco; se podía respirar sin usar estas mascarillas del diablo. Incluso esta estación rebosaba de vida, y ahora mira… no hay nada… ¿Ves? ­ —inquirió la señora, acercando la fotografía a la niña—. Este era el lugar donde yo nací y crecí. Ahora nada de eso existe. Todo es gris, yermo y abrasador; cubierto por esta condenada niebla que reseca los ojos y hace arder la garganta.

—¡Vaya! Ese lugar parece ser muy bonito, sí. —dijo la joven, maravillada por la imagen que acaba de ver—. Nunca había visto nada así. Y, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Por qué ya no hay lugares así? —agregó la joven muchacha, llena de curiosidad.

—No lo sé —repuso la anciana—. Por más que le he dado vueltas, no comprendo cómo pudo ocurrir. Nadie lo sabe. Hemos reflexionado sobre ello, pero no hay respuestas. Supongo que éste es nuestro destino. No tenemos la culpa de lo que pasó, ni estuvo en nuestra mano evitarlo. Somos demasiado pequeños para cambiar las cosas —sentenció la anciana, arrojando la fotografía al suelo.

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