A los 12 años, un 29 de abril, tenía la menarca, es decir, mi primera menstruación. En aquel momento, hace ya bastante, era todo un acontecimiento, pero no era abordado de la mejor manera, a la que espero estemos acercándonos en estos tiempos. Argumentaban sólo que ya era una «señorita.» Yo, como quizás muchas otras, me sentía simplemente una niña.

Tenía muchos amigos y amigas, sobre todo en el vecindario. A mi madre no le agradaba mucho, pues eran bastante mayores. Recuerdo que dialogaban de una gran cantidad de temas que yo fingía entender, pero desde luego no era así.

Al año siguiente, al cumplir los trece, me encontraba frecuentando cada vez más con este grupo de jóvenes; a veces mentía a mis padres para poder encontrarme con ellos y ellas. Seguía sin comprender algunas cuestiones. Mis amigas me hablaban sobre sus relaciones sexuales, comentaban acerca del orgasmo… ¿Qué era? ¿Debía saberlo? La información, internet, por aquellos años en Argentina, no estaba al alcance de todas las personas, y preguntar en casa no era nada fácil, aunque tal vez, hubiese evitado la experiencia que voy a relatar a continuación.

Mis amigas tenían muchos hermanos, hombres; a uno de ellos, de unos diecisiete o dieciocho años, cuatro o cinco más que yo, lo consideraba mi amigo. Aunque había notado que él tenía algunas actitudes distintas hacia mí, me miraba de una forma particular; sonreía y me hacía comentarios sugestivos, los cuales no llegaba a interpretar con claridad.

Una noche nos cruzamos en el vecindario, como casi siempre, pero esta vez me invitó a entrar a su casa, diciendo que iba a prestarme unos discos compactos que le había pedido días antes. Al pasar noto que no había nadie más allí, y de repente, sin que me diera lugar a advertir mucho más, me besó… Me quedé helada, tanto que me fui sin nada, argumentando que era tarde y mi madre debía estar preguntándose por mí.

Al día siguiente sus hermanas, que ya estaban enteradas de lo ocurrido, me incitaban a volver a estar sola con él; decían que yo le gustaba mucho, y de verdad me hacía ilusión; nunca nadie me había dicho algo así.

Acababa de comenzar la escuela secundaria, era una niña regordeta, poco desarrollada, pero eso era totalmente normal para mi edad. Sin embargo, notaba algunas diferencias con mis compañeras de clase. Recuerdo que los chicos hablaban mucho sobre la mayoría de ellas, de su aspecto físico, del crecimiento de algunas partes de sus cuerpos, y llegué a sentirme sumamente desestimada.

Era una tarde calurosa en el vecindario, cuando mis amigos me hicieron pasar a su vivienda oscura, en una planta baja. Allí nos encontrábamos cuatro personas, una de mis amigas, su novio, su hermano, protagonista de este relato, y yo. Él me estaba esperando en una habitación.

Llego hasta allí, escoltada, después de caminar por un largo pasillo, con un poco de miedo y desconcierto. Este cuarto tenía dos ventanas, luego de mi ingreso, mi amiga comenzó a hacer girar la llave en la cerradura, después de ese sonido sentí terror. Ella y su novio salieron de la casa para cerrar por fuera las persianas, dejando el lugar más oscuro aún.

Me encontraba realmente asustada, pero ellos eran mis amigos ¿o no? No podía pasar nada malo, pensé. Quizás, al saber más que yo, habían llegado a la conclusión de que ya estaba lista para dar ese paso, y les pareció correcto decidir aquello por mí. En mi inocencia supuse que tal vez si lo hacía sería realmente parte del grupo.

El muchacho comenzó ordenándome que me recueste en la cama y que baje mi pantalón; ¿así nada más? Yo no terminaba de comprender cómo era eso, ni de qué se trataba exactamente. Me preguntó si era «virgen» y por vergüenza mentí diciendo que no. Trece años tenía, y, a consecuencia de la sociedad patriarcal, lo único que este joven deseaba era quitarme esa condición, apropiársela, como un trofeo.

En ese instante empezaron a quebrarse mis ilusiones de que, por lo poco que conocía al respecto, perder la virginidad fuera un suceso que implique mucho amor, y, por supuesto, una madurez de la que yo carecía. Había fantaseado con aquello sin saber en qué consistía realmente, pero sentía que quería que fuera especial. Algo que, por otra parte, también se nos inculca bajo el mando del patriarcado.

Ni siquiera pude verle la cara en ese momento, él hizo que me pusiera de espaldas. La cosa fue de algunos minutos, yo creo, pero me pareció una eternidad. Sumamente doloroso, ya que entró en mi cuerpo de una forma brusca. Alcancé a decir que me dolía demasiado, por lo cual el muchacho intentó otra alternativa que resultó más dolorosa aún…

Después de ese sufrimiento, de apretar los ojos con fuerza hasta que todo pasó, interpreté que se alejó a buscar alguna cosa, con lo que, según me dijo, mientras yo seguía tendida en la litera, anonadada y dolorida, que se estaba limpiando. A los trece años yo no entendía ciertamente mucho de la eyaculación; tampoco sabía que él no estaba utilizando preservativo, algo que había sentido nombrar, que servía aparentemente para prevenir embarazos, y, claro que también desconocía la existencia de enfermedades de transmisión sexual.

Al salir de la habitación noté que había miradas cómplices y sonrisas de aprobación, pero lo cierto es que yo no me sentía nada bien. Recuerdo oírlos murmurar por lo bajo y me inunda una sensación de desazón y vulnerabilidad.

Llegué a mi hogar a darme un baño y lavar mi ropa interior, que tenía algo de sangre. Mientras se intercalaban períodos de llanto con un sentimiento de pertenencia a un cierto sector, de que algo había cambiado, que por algún motivo mis amigas hacían referencia a lo ocurrido como: «Pasó lo que tenía que pasar.»

Jamás pude contarle esto a nadie. Incluso traté de borrarlo de mi mente. A los dieciséis años consideré que tuve realmente mi primera vez y esta experiencia sí fue agradable, pues fue consensuada, había amor y respeto, pese al mal recuerdo que tenía de lo que aquello significaba hasta ese momento para mí.

En el desdichado acontecimiento que marcó mi vida, a los trece años, otras personas, a las que pude perdonar, ya que sostengo que fueron criadas bajo un sistema global que considera la supremacía del hombre, por el simple hecho de serlo, decidieron por mí, por sobre mis intenciones y mi cuerpo. 

Quienes consideraba mis amigas me preguntaron cómo había sido, y creí que tenía que contestar que lo había pasado bien. Pero, sin darme tiempo a responder, sobrevino otra interrogación: ¿Antes de estar con él habías estado con alguien más? Sostuve mi postura, ya que había mentido con anterioridad, y dije que sí. Una de ellas me dijo, como dejándome en evidencia: «¡Mentís! Mi hermano asegura que fue él quien te ‘desvirgó’.»

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