Ignoramos nuestra verdadera estatura
hasta que nos ponemos de pie.
Emily Dickinson

José, el gobernador, nunca había querido tener niños.

Le resultaba espantosa la idea de renunciar a uno de sus testículos para insertarlo en la vaina del Árbol de vida y así poder engendrar un vástago. No necesitaba un heredero; era joven, fornido, le quedaba mucha vida por delante y no tenía intención de detenerse para criar a un niño.

No, José, el gobernador, no tenía intención de engendrar un niño, hasta que los sabios le hablaron del niño que engendraría.

–El niño que crecerá de tu esperma cambiará el mundo – le dijo el hombre más anciano de la comunidad–. Has conseguido grandes cosas, y aún te resta conseguir muchas más, sin embargo, será ese niño quien hará de ti inmortal.

José desea ser inmortal, al igual que lo desean todos los hombres, así que accede.

Adán tiene tan sólo un mes cuando José lo lleva a la Granja a elegir su primera loba. A cada nuevo niño que nace se le regala una, a algunos más, dependiendo de su apellido o su estatus en la comunidad. A Adán, que aún es pequeño, José le entrega sólo un animal; una loba joven, la mejor de su camada, con el pelaje blanco como un diamante resplandeciendo al sol y los ojos iridiscentes como ópalos.
La loba, como todas las demás, se encarga de alimentar y cuidar del recién nacido, y, mientras el niño crece, de cubrir todas sus necesidades. En el Continente cada hombre usa a sus lobas para lo que quiere: hay carreras de lobas y peleas de lobas y concursos de lobas. Las lobas son imprescindibles para la vida diaria; las lobas cuidan a los niños, tiran de los carros, cazan la comida y vigilan las viviendas. Desde niño, Adán aprende, al igual que todos los niños, que las lobas sirven para hacer todo el trabajo que ellos no quieren o no pueden hacer.

–Sólo hay una norma, hijo –le explica José a Adán cuando cumple los quince años–. Y es que nunca, bajo ningún concepto, has de meter a más de una loba en la misma jaula. ¿Sabes qué es lo que pasará si lo haces? Lo que pasará…

José sigue hablando y Adán asiente para contentar a su padre, pero, mientras el hombre habla, el niño ya ha dejado de escuchar.

Los hombres no suelen nombrar a las lobas, son criaturas estúpidas que sólo hacen lo que se les manda, y nombrarlas significaría darles una importancia que no merecen. Mientras crece, Adán adopta la costumbre de su pueblo, sin embargo se pregunta siempre qué ocurriría si les diera nombre. Los ancianos les enseñan que los nombres son algo poderoso, que un nombre entregado al objeto adecuado puede dotarlo de propiedades únicas. Adán se pregunta si ocurrirá lo mismo con las lobas, tal vez dotar a una loba del nombre adecuado le daría al animal cualidades humanas.

Cuando tiene veinte años lo intenta. Se sienta de piernas cruzadas ante la nívea loba que lo ha criado, marcada ya por el paso del tiempo, pero no por ello menos majestuosa, y le otorga un nombre.

–Eva –dice en voz baja.

El animal le devuelve una mirada brillante pero vacía.

–Eva –repite el hombre.

La loba no cambia, y Adán no vuelve a pronunciar su nombre.

José muere cuando Adán tiene treinta y cinco años.

El hijo hereda las tierras, el poder y la sabiduría del padre, sin embargo, su deseo de gloria es mucho mayor, y también muy distinto; Adán sabe que no conseguirá la inmortalidad mediante el poder, su padre ya tuvo poder, y murió como cualquier otro hombre. No, no será ese el destino de Adán. A pesar de haber crecido, Adán conserva la curiosidad que le desbordaba de niño, ahora que comprende el mundo se cuestiona todas las leyes, todas las normas, se niega a aceptar y acatar, como hizo su padre y como aún hace su pueblo.

Es por eso, tal vez, por lo que lo hace.

Un día decide probar a ver qué ocurriría si encerrara a todas sus lobas en la misma jaula y las dejara siete días sin comer. ¿Se matarían entre ellas? A Adán eso no le importa mucho, porque tiene dinero y posición de sobra para procurarse más. Quiere ver de lo que son capaces esas criaturas que le obedecen hasta en lo absurdo.
Sin consultarlo con los Ancianos, manda a construir una jaula lo suficientemente grande como para meter a todas sus lobas, la hace colocar en lo más profundo del bosque que bordea sus tierras, y las encierra.

Es el nuevo líder de los ancianos quien viene a verle la primera noche, acompañado de dos hombres jóvenes que le ayudan a caminar cuando le fallan las piernas.

–Sólo se te ha impuesto una norma, muchacho –dice el Anciano, con la voz áspera como la arena de la montaña–. Esa norma nos ha mantenido con vida durante generaciones.

Adán agacha la cabeza en signo de respeto.

–El padre de mi padre acató las normas de los antiguos, y mi padre después de él, pero son normas obsoletas, como obsoletos están quienes las siguen.
–Eres arrogante –dice el Anciano, con los labios agrietados y arrugados curvándose en una mueca–. Pero no nos equivocábamos contigo.

A pesar de las advertencias de los Ancianos, los jóvenes, cansados ya de guiarse por las leyes de los antiguos, empiezan a imitar a Adán. Es un experimento grandioso, su líder pasará a la historia como el hombre que demostró que los antiguos se equivocaban, y ellos serán los primeros en conocer la verdad.

Durante las dos primeras noches no ocurre nada; las lobas se quedan quietas, sentadas o echadas, y apenas se miran las unas a las otras. La noche del cuatro día un sonido agudo y penetrante despierta a toda la comunidad. Primero es sólo un murmullo, y de repente llena la noche, un sonido aterrador que nadie ha oído nunca y parece proceder de cientos de lugares a la vez.
A la mañana siguiente Adán se dirige al bosque, asustado, sólo para comprobar que no ha ocurrido nada; las lobas siguen languideciendo silenciosas en su jaula. Decide olvidar el sonido, y el resto de hombres lo olvidan también.

La noche del quinto día se vuelve a oír. Hiela la sangre de los niños y paraliza los corazones de los ancianos, inmoviliza a los más fuertes cuando se dirigían a las puertas de sus casas, y ni los más valientes se atreven a salir. Cuando llega la mañana los hombres revisan sus jaulas, pero las lobas siguen estáticas, y muchos empiezan a temer que el desobedecer la ley haya despertado a algún otro animal que ahora viene desde las montañas para acabar con sus ciudades.

Adán, el gobernador, no cree en esas historias, así que el pueblo intenta creerle a él.

La noche del sexto día duerme plácida como la superficie de un lago en verano. Lo único que interrumpe el silencio es el murmullo de los árboles al ser mecidos por el viento y las olas al chocar contra las rocas, como ha sido siempre. El séptimo día amanece oscuro y frío; una niebla densa lo cubre todo y el sol se confunde con la luna a través de las densas nubes. Adán sale de casa armado con una escopeta, por seguridad, y se dirige a ver el fruto de su experimento.

Se adentra en el bosque que rodea su casa y camina hasta la explanada que se oculta en el centro, donde ha colocado la jaula, sin embargo, lo que le espera no se parece en nada a lo que creía que iba a encontrar: la jaula, construida por los mejores herreros con el mejor material, se halla ante él hecha trizas, el metal rasgado y doblado en todas direcciones como si hubiera sido devorado y escupido por una bestia gigantesca.

Por primera vez durante el día, oye de nuevo aquel sonido: se alza en el aire y parece provenir de todas direcciones, pero por mucho que mire, Adán no ve nada. La niebla que cubre el bosque resplandece levemente, adquiriendo el aspecto de polvo de plata, y oculta los árboles a jirones, haciendo aparecer y desaparecer el bosque conforme se va moviendo con el viento. Escudriñando su entorno empieza a distinguir figuras que surgen de ente la niebla y se arremolinan a su alrededor, sus cuerpos cortan la bruma hasta que por fin se acercan lo suficiente para cerrarse en círculo en torno a él. Lo que ve en ese momento es algo que ni Adán, el gobernador, ni ningún otro hombre ha visto nunca: las criaturas salidas de la niebla son seres como él, figuras erguidas, con la piel lisa y extremidades como las suyas, sin embargo, son totalmente distintas. Sus cuerpos son curvos, caderas redondeadas, protuberancias en el pecho, rostros afilados, labios anchos y pelo liso y más largo que el de ninguno de los hombres que Adán haya visto. Se detienen a una corta distancia y le observan en silencio, con ojos brillantes como lunas.

Una de aquellas criaturas se adelanta hasta quedar frente a él: su pelo, blanco y desordenado, resplandece bajo la luz mortecina que se filtra entre las nubes. Sus ojos son dos diamantes iridiscentes que Adán juraría haber visto antes.

–¿Sabes quién soy, Adán, hijo de José? –Pregunta con una voz suave y áspera, pronunciando las palabras lentamente, como si fuera la primera vez que las usara.
–Jamás he visto una criatura como tú –responde Adán, aunque una sensación de siniestra familiaridad se apodera poco a poco de sus entrañas.
–Me diste un nombre –dice ella, curvando los labios en una sonrisa que deja entrever dos filas de dientes blancos y afilados–. Debes saber que los nombres de los hombres no significan nada para nosotras.

Cada músculo en el cuerpo de Adán se tensa entonces. Se le contrae el estómago, se le cierra la garganta hasta que respirar le resulta difícil y doloroso.

–Tú eres….

La criatura, de repente, está muy cerca, tan cerca que Adán puede notar el calor inhumano que emana de su cuerpo desnudo. Alza el rostro hacia el cielo, separa los labios y de ellos sale aquel sonido, más penetrante que nunca. Las demás la imitan, todas a la vez, y de repente hay miles de voces alzándose al cielo como una sola. No son sólo las que le rodean, Adán lo sabe, vienen de todas partes: de la finca de al lado, de la otra punta de la comunidad, desde el mismo centro de la Tierra.

Adán comprende en ese momento, rodeado por esas criaturas extrañas y terriblemente familiares, que eso que ha despertado es algo contra lo que no hay nada que hacer.

Recuerda entonces la voz de su padre, que le llega muy lejana, de un tiempo en el que el niño Adán se negaba a escuchar las advertencias de los mayores.

–¿Sabes qué es lo que pasará si lo haces? Lo que pasará…

Cierra los ojos para intentar encontrar el recuerdo. La mente le va a mil por hora, siente el aliento de la criatura sobre su rostro y puede oír el ligero crujir de la tierra cuando las demás se acercan. ¿Qué ocurrirá si las encierras a todas las lobas en la misma jaula? Encuentra la cola de un recuerdo, coge el delgado hilo de la voz de su padre y tira hasta que las palabras, débiles y distantes, toman forma.

Cortará la noche el aullido que las hará despertar, y cuando se descubran las unas a las otras, te despedazarán.

El hombre abre los ojos en el momento exacto en el que la loba que lo crió se abalanza sobre él.

El nombre de José, el gobernador, pasará a la historia por ser el padre del niño encendió la chispa que cambiaría el mundo.

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