Pensé mientras el coche se lanzaba contra el muro en todas aquellas situaciones imperdonables, y en cómo habían desembocado en ese viaje de huida fatídico que ahora abría el telediario. Después le observé apagar la televisión, levantarse del sofá y dirigirse al sótano. Conseguí que me dejara acompañarle poniendo cara de bueno. Cuando le vi guardar las herramientas y aquellos trozos de cable recortados, supe que también había sido culpable de esto. Aunque a ella ya no la podía salvar, sí podía vengarla. Me lancé sobre él y, en vez de lamerle como siempre, le di un buen mordisco.

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