—Lástima que no haya billetes para maniquíes, señor.

—Pero soy taxidermista, señora. ¿Cómo quiere que vuele a todo el mundo con mi obra?

—Puede enviarlo por correo, señor. En el avión, en cabina, con usted, imposible. ¡Siguiente!


—¿Qué tal, cariño? ¿Mucho trabajo en el aeropuerto?

—Bien. ¿Llegó algo al buzón?

—Otro pedazo de animal disecado. Los vecinos de arriba están encantados con el que les ha tocado. Vaya artista… ¿Cómo se le habrá ocurrido exhibir así su obra?

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