17 de marzo de 2019

   Es domingo. El frío se ha ido. No llueve. Desayuno una taza de Cola-cao caliente al lado de la ventana mojando una a una las galletas, saboreándolas mientras escucho a los vecinos hablar fuera. Me arreglo para salir a disfrutar de un paseo en una mañana soleada. Bajo las escaleras, saludo a los vecinos, les sonrío. En la calle el bullicio se siente más de cerca: una mamá abre una bolsa de patatas fritas a sus hijos; una pareja pasa discutiendo y al rato otra abrazándose y besándose como si no se hubiesen visto en mucho tiempo, ella lleva una maleta; un señor contempla la obra del edificio de enfrente; un grupo de jubiladas toma un café en la terraza de la esquina y a su lado un joven habla por teléfono. La gente viene y va con bolsas de la compra; chicos y chicas pasan con patines y bicicletas de un lado para otro; hay cola para echar la primitiva y la frutería está llena. Sigo caminando, cruzándome con mucha gente. Hoy los semáforos cambian del rojo al verde en cuanto me acerco. Voy rápido con cuidado de no chocarme con nadie, la gente va demasiado distraída para verte, muchos con su mirada en sus pantallas de teléfono, pero yo hoy lo he guardado, va en mi bolso, quiero caminar sin destino fijo, dejarme llevar, observar, respirar…

Llego al Retiro. Los niños corren y juegan; los columpios están llenos; un montón de gente reunida haciendo deporte: estiramientos, yoga, carreras en grupos, competiciones con patines…; los turistas hacen fotos por todos los rincones, hay grupos de excursiones enormes, pequeños grupos de adolescentes escuchan música tumbados en la hierba e incluso algunos tocan la guitarra o el ukelele; no faltan los músicos, payasos y acróbatas que nos amenizan el día. El cielo está despejado y más azul que nunca.

Me siento en una terraza a comer. El bar está lleno. La camarera sonríe. Sigo observando lo que pasa a mi alrededor.

Continúo mi paseo pero esta vez salgo del territorio verde y me adentro en las grandes avenidas llenas de gente, de tiendas, bullicio, risas y discusiones, llenas de dudas y llenas de decisiones: llenas de vida.

Y de tarde llego al teatro. Compro mi entrada en la taquilla. Hay cola. El aforo está casi lleno. Me pongo a la cola para entrar. Llego a mi butaca. Delante de mi unos estudiantes de teatro están emocionados porque van a ver a un compañero del último curso actuar, a mi derecha una pareja mayor lee ensimismada la sinopsis de la obra y comparten alguna que otra opinión minutos antes de que se alce el telón, a mi izquierda otra pareja de mediana edad con su hija adolescente apagando sus teléfonos móviles. Suena la voz, la función va a comenzar: “Solo el fin del mundo” de Jean-Luc Lagarce.

17 de marzo de 2020

   Es martes. Hace frío. Puedo escuchar el silencio. Está oscuro. Desayuno. No oigo a los vecinos. Llueve. Sigo en pijama. No hay paseo. No hay risas. No hay bullicio más que el de los coches de policías y ambulancias.

Como en la misma mesa que desayuno. La nevera está casi vacía. El tiempo pasa.

El único contacto con el mundo es a través de una pantalla de ordenador o de un móvil. Encender la tele duele.

Hoy no hay función. Hoy no se levanta ningún telón. Hoy no tenemos nada que celebrar. ¿Será esto el fin del mundo?

Silencio.

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