En un chiscón de la calle Velarde

En un chiscón de la calle Velarde

Sucedió en el centro de Madrid, en 1950, en la calle Velarde 22 que, cercana a la plaza Dos de Mayo, baja desde el mercado de la Corredera en la plaza de San Ildefonso hacia la calle de la Palma, para desembocar frente al antiguo Hospicio de Madrid, de fachada Churrigueresca. Barrio lleno de sabor que mantiene su vidilla desde principios del siglo pasado. Allí han vivido, y siguen viviendo, personas de clase trabajadora. Crean un ambiente bullicioso y un poco alocado, corriendo, tanto para ir a trabajar como para volver a casa. Muchas viviendas son corralas de cuatro pisos y patio central. Del portal arranca una escalera que sube a los pequeños habitáculos. Cada piso dispone de dos corredores que rodean el patio bordeándolo en su perímetro total, dando acceso a todas las viviendas. Al fondo, en cada piso, existen sendos retretes, de olores poco agradables, para uso de las necesidades más perentorias.

Cuando se construyó la casa, el agua no llegaba a las viviendas. En el centro del patio había una gran fuente con pretensiones neoclásicas donde los vecinos la recogían y, una vez usada, iba al retrete. Al poco tiempo, la Dirección General de Aguas y Salud Pública las dotó de agua corriente.

Julia vivía, sola, en uno de los habitáculos. Su madre había muerto, y su hermano, Fermín, al que le había sido encomendada su protección a pesar de ser mayor que él, acababa de casarse tras conseguir el puesto de portero con vivienda en la casa de enfrente . Ella había cumplido cincuenta años y dedicado toda su vida a la costura. Con dieciséis entró en Cripa, el taller de moda de más nivel de Madrid que ocupaba tres pisos en la Gran Vía, encima de Chicote, y daba trabajo a trescientas mujeres. Sus salones vestían a la Reina y a todo el que pudiera pagarlo. Se dejó seducir por la confección. Era una belleza ver mover esas manos tocando las telas de seda natural traídas de Italia, o las lanas inglesas confeccionando prendas de abrigo para los duros inviernos madrileños.

Julia era sobre todo relimpia, de ojos claros y piel blanca casi trasparente, agradable de mirar, de pelo tirante con moño en la nuca, no muy alta y algo entrada en kilos por el trabajo sedentario. Iba siempre impecable, hecha un primor con los retales que Madame Cripa regalaba a sus oficialas. Bondadosa y sonriente, entregada a su familia y a cualquiera que la necesitara. Tenía un mundo interior rico y pasaba largo tiempo callada pensando. Mientras cosía oía su radio de baquelita blanca y hasta la escondía entre las sábanas, cada noche, para no molestar. Julia era una buena mujer.

Todos los domingos, Fermín y Encarna, su mujer, la esperaban encantados para almorzar cocido en la portería. Julia llevaba tres frutas de temporada, y, en las celebraciones, compraba en el Horno de la Corredera tres pastelitos de crema. Pero, un domingo, fue Encarna la que sacó los pasteles: estaba embarazada. Julia se alegró tanto que se humedecieron sus ojos verdes de pura felicidad. Su hermano pequeño venía a rematar su proyecto de vida y haría lo que ella no había sido capaz de conseguir: prolongar la familia. El balance era muy positivo para ella.

Encarna puso el paquete de la confitería en medio de la camilla sin abrirlo y sacó las tazas de café. Julia estaba atónita. Ellos nunca tomaban café, mejor dicho achicoria, después de la comida dominical. “Fermín, avisa a Carlos que ya puede bajar ”. Y, poco después, entró en la portería un hombre alto de pelo canoso, sonriente, de aspecto afable . “Julia, te presento a Carlos, está poniendo nueva la claraboya de la escalera y conoció a padre en la Renfe recién entrado en la compañía de aprendiz. Pensé que os gustaría conoceros”.

Esta aparición perturbó a Julia enormemente. Nada más entrar en el taller, el mismo día en el que estrenó medias de cristal compradas con su primer sueldo, había tenido una experiencia difícil de olvidar. El hermano de su compañera de trabajo y amiga del alma, Valentina, recogía a esta, cada día, a la salida. Era alegre, bien parecido, y muy apreciado en la fábrica de cervezas El Aguila, donde trabajaba. Julia se sintió atraída por su fuerza. Le admiró. Y, cada noche, tres almas blancas paseaban por el centro de Madrid. Luego se despedían con un “hasta mañana” y una sonrisa, sin besos, ni apretones de mano. Pero Julia creyó percibir alguna señal que la hizo tener esperanzas. Sin embargo, un día aciago, se enteró de que el chico no volvería, se marchaba a trabajar a Colonia. Tuvo un desengaño y le costó mucho olvidar aquella experiencia, lo que taró su relación con los hombres. Por eso, cuando vio entrar a Carlos en la portería, notó que algo dentro de ella se conmovía profundamente y pensó, fugazmente, que su momento había llegado y que la vida había reservado para ella, lo mejor, en la madurez.

Empezaron a hablar como si fueran antiguos conocidos. Algo mágico ocurrió en aquel chiscón de la calle Velarde donde cuatro buenas personas compartían un café con pastelito, seres que se sentían felices sin más pretensiones. Cuando se despidieron, Carlos retuvo las manos de Julia entre las suyas por unos segundos forzando la demora y Julia registró ese detalle de hombre afectuoso, natural, y subió la escalera ligera y presurosa.

Una vez en la cama no encendió la radio de baquelita blanca como cada noche. Estuvo rato analizando las novedades. Dos cosas le ilusionaban por igual: la llegada de su sobrino y conocer a Carlos. Y con este pensamiento se quedó plácidamente dormida.

Carlos, a su vez, decidió acercarse, al día siguiente, a la Gran Vía. No conocía la hora de salida de Julia, pero se dispuso a apostarse en la acera de enfrente, vigilante, a partir de las ocho de la tarde.

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