La vida entera en el aire

La vida entera en el aire

Liliana

01/01/2021

La vida entera en el aire. La vida entera en manos de lo desconocido, de lo imprevisible, de lo nunca esperado. Abro la puerta y salgo a mi calle, vacía como siempre, lejos de bares, de gente, de jardines, de bibliotecas. No parece diferente de su pasado cercano, el que se detuvo hace nueve meses, pero sí, sí lo es, porque entonces me llevaba hacia la vida. En mi calle nunca hubo nada, pero extendía generosa su asfalto gris delante de mí, a modo de cordón umbilical, uniéndome con todo lo que nos da un lugar en el mundo. De vez en cuando lo recorro con una esperanza pequeña arañando espacio en mi cabeza, con la boca seca, pero al final del trayecto ningún encuentro, sólo parques con gente que no conozco y que ocultan sonrisas junto a árboles y flores que no toco.

La calle trabaja de muchas cosas, es una pluriempleada de la vida, sólo que ahora todo está suspendido, ahorrando palabras y permanencia, porque lo desconocido y que no vemos nos retiene el aliento y lo amontona caliente en la garganta.

Se trata de esperar, de vivir con lo escaso, de seguir amando lo ausente. Se trata de echar mano de los recuerdos, de los dibujos que pintarrajeamos para el futuro, de los fuegos compartidos, de la certeza azul y rosada de todo lo que ya no permitiremos que no nos pase, de las calles que vamos a caminar arriba y abajo, de las calles en las que alguna vez vivimos, porque en ellas se vive, se ama, se espera. Yo esperaba en mi calle de pueblo, tan lejos, salía con aquella falda a cuadros, mis calcetines blancos y zapatos negros y me sentaba en el escalón de la puerta, a esperar, sabía que en algún momento mi vecina de la otra esquina con sus pocos años, tan pocos como los míos, sentados en el sillín de su bicicleta roja y con aquellas dos ruedas pequeñas que ayudaban a no caerse, llegaría y por fin me la prestaría, por un rato, por un tiempo que yo estiraba de esquina a esquina, recorriendo la calle una y otra vez, una y otra vez, hasta que tuviera que devolverla, con las piernas entumecidas de tanto giro sin pausa.

El viento sopla y hace frío, un frío que se cuela irrespetuoso en mi cuerpo, sin permiso, como casi todo lo que lastima. Puede que mañana salga el sol y caliente, pero este frío seguirá inmutable, copiándose a sí mismo, replicándose, mutándose en más seco o más húmedo, pero seguirá siendo un frío que duele. Sé que no hay soles suficientes para derretirlo, porque él no viene del aire helado, ni de las nieves, ni de las escarchas, viene de tu ausencia, y también de la tuya, de todas las que debo seguir amando en la distancia. Un frío que se deshará fácil, en un tris de tiempo, cuando vea a mis amores recostados en el escaparate de una tienda esperándome para compartir un café en alguna parte, para contarnos lo que no hemos podido en todo este tiempo, para apretarnos las manos, para vivir sin darnos tregua, hasta que nos falte el aire.

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