Detrás de la ventana

Detrás de la ventana

Hace unos meses nos mudamos a Santa Delia para cuidar a la madre de Osvaldo. El acuerdo tácito era que yo me encargara de doña Carmen, mientras él trabajaba en el campo de unos vecinos. Desde que llegamos, Osvaldo me sugirió (con esa manera tan suya de sugerir que apesta a mandamiento) que no paseara por las calles del pueblo: «Circulan muchas habladurías», decía. De ese modo, casi sin darme cuenta, comenzó mi encierro.

En la casa de Carmen no abundan las distracciones. Sin televisión ni radio y con una biblioteca acumulando más polvo que libros, la idea de quedarme mucho tiempo en el pueblo me asfixiaba. Por suerte pronto descubrí la ventana del comedor. Cada mediodía abría las cortinas y sentaba a Carmen en la mecedora para que se distrajera mirando lo que sucedía en la calle. Lo cierto es que lo hacía por mí, porque Carmencita ni se inmutaba. Era como una de esas plantas descoloridas que ya ni el sol puede salvar.

Los martes y los jueves se convirtieron en mis días preferidos. Se montaba el mercado y las señoras se reunían en la esquina con sus carros llenos de frutas y verduras. Me gustaba verlas conversar. De vez en cuando me miraban y me regalaban una sonrisa, no sé si por compromiso o por lástima. Luego del gesto, volvían la mirada al grupo y continuaban la charla entre carcajadas. Entonces yo recordaba lo que decía Osvaldo, aquello de las habladurías, y me sentía segura detrás de la ventana.

Los domingos Osvaldo llevaba a Carmen a la iglesia. Yo me quedaba sola en la casa y solía espiar a una pareja de adolescentes que mantenían una rutina inquebrantable. Cada domingo compraban media docena de churros y se sentaban en el banco de la plaza. Jugaban a ensuciarse la nariz con chocolate y se besaban torpemente hasta que uno de los dos se percataba de mi presencia. Pero en lugar de detenerse, aumentaban esa pasión grotesca y se convertían en una mezcla de babas y chocolate que me repugnaba. Y entonces, al igual que con las señoras, aparecían las carcajadas.

El encierro comenzó a pesarme a partir del cuarto mes. Con la excusa de la cosecha, Osvaldo apenas venía a casa. A Carmen se le fueron apagando las palabras de a poco, hasta que sus labios resecos se callaron por completo; y a mí, solo me quedaba la ventana. Las bicicletas de aquí para allá, el cartero silbando un tango, señores leyendo el diario o un niño jugando con la pelota. Todo, detrás de la ventana.

La Navidad en el pueblo fue un momento bisagra. Osvaldo no apareció aquella noche. Como de costumbre con Carmencita nos sentamos junto a la ventana. La calle se llenó de niños persiguiéndose con luces de todos los colores. Corrían con los brazos abiertos, emulando avioncitos, hasta que se detuvieron delante de nosotras y comenzaron a mirarnos fijamente. Cuchicheaban entre risas, con esa impunidad que les caracteriza, y los padres, cómplices, celebraban sus morisquetas. Se reían tanto que la casa parecía temblar. Cerré las cortinas y nos fuimos a dormir antes de que dieran las doce.

Al cabo de un par de días Osvaldo llegó a la casa. No tardé en vomitarle mi dolor.

—¡Feliz Navidad, cariño! —me soltó desde la puerta y se acercó a doña Carmen a besarle la frente.

—Pensaba que vendrías —respondí cortante.

—Sabes cómo es el trabajo en el campo, la tierra no entiende de fiestas.

—No aguanto más, Osvaldo. Hace meses que no salgo a la calle —le dije sin preámbulos.

—Ya te expliqué lo de las habladurías.

—Sí, lo sé.

—Paciencia, mujer, nada es permanente —sentenció, mientras abría una botella de vino tinto.

Pasaron semanas en las que Osvaldo no puso un pie en la casa, ni siquiera los domingos para llevar a su madre a misa. La angustia me carcomía de tal manera que dejé de sacar a doña Carmen de la habitación y empecé a sentarme sola frente a la ventana. Las carcajadas fueron aumentando con el paso de los días. La gente se agolpaba en la calle para reírse. Llamaban a la puerta y reventaban de risa porque sabían que no abriría por nada en el mundo. Los adolescentes bañados en chocolate parecían competir por quién reía más fuerte. Incluso los señores reían detrás de los periódicos y más de una vez me pareció oír el risueño maullido de un gato.

Un martes, mientras miraba por la ventana las paradas del mercado, descubrí cómo el rostro de doña Carmen se dibujaba en una de aquellas señoras de muecas jocosas. En ese momento entendí que Carmencita era quien me había empujado a la tortura. De no haber estado postrada, ella habría sido una risa más al otro lado de la ventana. Fui hasta su habitación y me senté a su lado. Me quedé observándola durante un rato, hasta que sus labios se abrieron lentamente desnudando una macabra sonrisa. En aquel instante retumbó en mi cabeza la voz de Osvaldo: «Paciencia, mujer, nada es permanente». Tuve una extraña premonición de libertad. Sentí que al liberar a Carmencita, me liberaría a mí. Entonces tomé una almohada y la apoyé sobre su rostro, haciéndole tragar la risa.

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