LA CALLE OBLICUA DE MI VIDA

LA CALLE OBLICUA DE MI VIDA

Una simple calle, la de mi infancia, típica de tierra de aquellos tiempos, y pocas casas, la única frontera de aquella calle era mi imaginación, franqueada por árboles de gran porte, llamada C. Gascón, ubicada en la localidad de San Isidro, en Buenos Aires, Argentina, lo más singular de  mi calle real, llena de fantasía, es que se cruzaba en diagonal con una calle imaginaria que de momentos se situaba a la izquierda, y al instante siguiente cambiaba de lugar y aparecía a  la derecha de mi calle real.

Patrimonio real de mi infancia, pero eso no era lo extraordinario de mi calle oblicua imaginaria, lo extraordinario era que se convertía en la pasarela de todos y cada uno de los personajes de los libros de cuentos que yo leía con avidez, o de los personajes que inventaba para armar historias de piratas, de viajes por el mundo, y cada vez más mi calle oblicua se llenaba de situaciones y personajes que venían marchando, cada uno vivenciando su historia y todos a la vez se dirigían a mi, que los esperaba día tras día sentado en la casa del árbol más alto de aquel bosquecillo que cerraba el paso a mi calle real.

Todos se dirigían a mi en un desorden singular, queriendo ser el centro de atención de mi febril imaginación de niño libre y feliz por disfrutar de los enredos que se producían cuando Sesé el personaje de «Mi planta de naranja lima» hablaba y se jactaba de tener entre su más preciada pertenencia a su planta de guayaba, que daba frutos, que al consumirlos le curaban los dolores de panza; y se enfrascaba en tremendas discusiones con los caballeros del Rey Arturo, que aseguraban que aquello no era una verdadera proeza, sino apenas una niñedad, que lo único valeroso en la vida era defender a su Rey y sus posesiones. 

Pero lo más absurdo y cómico a la vez, era la trifulca que se armaba cada vez que se cruzaban en mi calle oblicua los personajes mitológicos y las princesas de los cuentos de mi hermana, que se echaban en cara que jamás habían existido, ni unos ni otras, «estimadas princesas de vaya a saber de que loca mente alucinada han surgido ustedes para placer a las niñas de este mundo» decían los minotauros, y sus sequitos de personajes mitológicos; las princesas indignadas se mofaban de sus críticos, ridiculizando su condición de bichos extraños, injertos de mentes aún más alucinadas a la que aquellos hacían referencia al mofarse de ellas, y así por horas en un rincón de la calle oblicua se escuchaba las palabras en mofa de unos y de otras, pero jamás escuche un insulto en aquellas trifulcas animadas por el valor de los personajes mitológicos y el  encanto guerrero de las amorosas princesas.

Cada dos o tres días acudían a mi calle oblicua, piratas de diversas naciones, todos aguerridos y pintorescos por demás, con patas de palos, ojos de vidrio y papagayos encaramados en sus hombros, que venían cargados de historias y botines de piratearía, pero siempre en nombre de una noble causa, como la de Robín Hood, robar a los señores ricos avaros y poderosos, para repartir sus botines con humildes campesinos despojados. Demás esta decir que todos venían con sus tabernas a cuesta, so pretesto de haber dejado sus navíos escondidos en bahías ocultas para no ser pillados; así que esos días en mi calle oblicua había una algarabía de risotadas y borracheras que eran en sí una verdadera anti fábula y absolutamente desopilante.

Y las apariciones e historias se repetían con incontables personajes, algunos que iban y venían de lugares lejanos y exóticos como África o el Oriente Lejano, donde habían vivido momentos de inconmensurables peligros, luchando contra nativos salvajes y fieras espantosas, algunas que rayaban con una inventiva prodigiosa, que por supuesto a mi me fascinaba escuchar, y hasta me ponía en la piel de aquellos viajeros aventureros que arriesgaban sus vidas por el simple placer de explorar y develar los misterios de lo desconocido; viajeros que habían escalado el monte Everest y lo contaban con tanto lujo de detalle, que yo me imaginaba estar atado a sus cuerdas de escaladas, llegar a la cima con ellos y disfrutar el placer de haber alcanzado la meta y regresar enchido de orgullo por la proeza lograda.

Esos días los disfrutaba a pleno, porque cada vez que ocurrían, yo me sentía parte de las expediciones y de los logros de aquellos hombres intrépidos que me permitían compartir sus aventuras. La calle oblicua les reservaba un lugar especial en mi imaginación y mi corazón, que latía con más fuerza ante tanta emoción vivida.

Había días más melancólicos y emocionales, cuando se me presentaban personajes reales de la historia que habían sucumbido a los tiempos difíciles de la humanidad, en un esfuerzo sobrehumano por preservar el futuro del mundo y la existencia de los seres que habitamos este nuestro único planeta.

Otros días me aterraba la llegada a mi calle oblicua de algunos oscuros y malvados personajes, iluminados según sus seguidores, que habían cometido atrocidades en nombre de vaya a saber que fin, al menos yo no lo entendía, así que en esos días me forjaba una coraza que me daba protección, ante el horror de las guerras y la muerte de millones de inocentes que desfilaban ante mi, buscando ser recordados, para que nunca jamás se repitieran las crueldades de los seres humanos contra los seres humanos, algo que yo en mi inmensa imaginación no podía concebir.

Y así mi calle oblicua, aquella que me regaló hermosos días imaginarios, se fue desvaneciendo ante la cruel realidad de un mundo de seres grotescos, malvados, codiciosos, corruptos, asesinos, sin escrúpulos ni honor, que fueron destruyendo la grandeza del sentido común, corrompieron no solo a sus semejantes, sino que además destruyeron y siguen destruyendo la naturaleza, llevando sin pausa y parece que con mucha prisa a la destrucción del medio ambiente y en definitiva a este nuestro único mundo, irremplazable como sí fuera un juego macabro y diabólico, prueba de ello es la pandemia de coronavirus.    
 

  

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