Soledad y literatura.

Soledad y literatura.

Roberto Ulaje

12/12/2020

Dentro de mil años no quedará nada de cuanto se ha escrito en este siglo.                                                                                                                                         Roberto Bolaño.

Caminé por parques y calles  hasta detenerme en cafeterías de otra época que ya no tendrían que existir y sin embargo permanecen ahí como piezas de museo, sin comensales ni meseros ni baristas, con sus máquinas frías y desenchufadas, con sus sillas sobre las mesas patas arriba;  caminé y me detuve  frente a los cristales de las librerías  a pensar  en los  autores muertos y sus obras inmortales, un letrero de cerrado en sus puertas.

Me permito sentarme en medio de la calle y quedarme ahí, inmóvil en estado contemplativo, pienso en los años que llevo sin escribir, en alguna parte yacerán los vestigios de mi prosa y de mi poesía, lo que me queda de literatura son algunos libros que hojeo y releo aleatoriamente. 

El viento arrastra de un costado a otro las hojas crujientes, el polvo y alguna basura. Los colores se han ido de las fachadas y del escenario urbano, estar aquí es como ser parte de un filme neorrealista italiano, una escena en pausa donde todos se han ido, ni un perro, ni un ave, ni una lagartija, no más voces ni miradas   transitando este espacio, consumiendo este tiempo. No hay nada, sólo yo que camino y no me creo que  el virus éste presente en esta desolación urbana. 

A veces sueño que estoy flotando en mar abierto, atado a una cadena de libros  que me arrastran a lo profundo: “Los miserables”  Víctor Hugo, mil trescientas treinta y dos paginas, «Puedo explicarlo todo”  Xavier Velasco setecientas sesenta y ocho, “La catedral del mar” Idelfonso Falcones seiscientas setenta y dos , “Los pilares de la tierra” mil sesenta y ocho“ Un mundo sin fin”mil ciento ochenta y cuatro, ambos de Kent Follet, “La soledad de Charles Dickens” Dan Simons, ochocientos ochenta, “El péndulo de Foucault” Umberto Eco, ochocientos veinticuatro y al final “2666” Roberto Bolaño, con mil ciento veintiséis paginas y  todas esas frases y personajes y mundos que me enferman de literatura y que repentinamente desaparecen y de nuevo me encuentro sobre esta calle empedrada donde los instantes transcurren como siglos y ni un solo vehículo pasa por aquí tocando su bocina para que yo me haga a un lado o  para atropellarme  ¿adónde fueron todos? hay sombras habitando en las esquinas , he salido a caminar con la idea de que me sigan y se pierdan por allí conmigo. En las calles no hay fantasmas ni demonios, nunca antes había presenciado esta desolación, me pregunto si dentro de esas edificaciones hay almas y corazones latiendo. 

Esta caminata por avenidas y callejuelas me ha llevado a las rejas de la catedral metropolitana, me imagino justo debajo de las campanas tratando de evitar el golpe del badajo, evitar el toque, pero las campanas siempre suenan golpeando mi mente. Cantera transformada en balaustres, bóvedas. Podría convertirme en el Quasimodo que ronda las bóvedas y que camina al filo de los abismos que presenta la catedral más antigua de América latina. 

Llegué por accidente o eso creí, porque luego uno entiende que los accidentes también son parte fundamental de la vida y que todo está conectado, como las ramas y hojas del árbol ficus, como las terminaciones nerviosas y neuronales. Lo primero que vi fue la tarde abandonada y muda, las toneladas de cantera que componen la centenaria Catedral enmoheciéndose y erosionándose a un mismo tiempo, luego, tuve conciencia de  que era el único ser humano en una ciudad de 9 millones de habitantes parado ahí, solo contra el virus, solo con las sombras y los libros que se apilan en mi mente.

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