Por suerte, no vivo en el portal número 2, ni en el 6 o en el 8 de mi calle, porque si viviera allí, no existiría. La acera de los pares empieza en el 12. Pudo tratarse de un error urbanístico, pero los impares sí están completos, por lo que pienso que, tal vez, se quiso alterar el orden natural expresamente y se decidió un comienzo in media res. Podría ser.

Mi calle hace cuesta. Cuesta arriba cuando voy cargada con las bolsas de la compra. Cuesta abajo cuando salgo con mis niños y ellos van en patinete y se lanzan a toda velocidad mientras yo grito ¡cuidado!, no bajéis tan de prisa, cuántas veces os lo tengo que decir. Y sufro. En un caso, de la espalda, en el otro, por si Mario o Luca pierden el equilibrio y entonces ¡zas!, brazo o pierna rotos.

Abajo, al final de la calle, hay un parque que rebosa de vida todo el día. Mis hijos disfrutan allí en el columpio, en el tobogán, dándole a la pelota. Siempre vida durante el día y también luego, por la noche, cuando los jóvenes y no tan jóvenes se juntan para beber y fumar.

Las brigadas de la limpieza llegan muy temprano por la mañana. Trabajan a conciencia pero, a veces, se les escapa alguna jeringuilla que ha quedado oculta en los arbustos.

Al salir del cole nos paramos a pasar allí el rato. Nos sentamos con María y con Tere en un banco y mientras las escucho hablar, tengo los ojos puestos en mis niños, en que no jueguen al escondite entre las matas. Así que, en vez de interesarme por la fiesta que Tere le montará a su marido por los cuarenta, me agobio por lo que vendrá dentro de unos años, por si Mario y Luca bajarán aquí cada noche, por si esta alegría de ahora se convertirá en la pesadilla de intentar mirar brazos y ojos, si todo serán mentiras y tener que esconder el dinero en el agujero de la pared que ellos desconocen. Me veo cuesta arriba acarreando peleas y gritos, insomnios, visitas a comisaría, al hospital, a centros de desintoxicación, hasta que María me zarandea y pregunta dónde estoy. Entonces me tranquilizo y pienso que no, que ellos no, que ellos seguirán los estudios y serán deportistas y me ayudarán con los gastos de la luz o del agua y a cargar las bolsas de la compra y pasarán de largo esta estación de tren que los arroja a todos a las vías.

Pero cuando los niños ya se han acostado y yo me tumbo, rendida, en el sofá, la angustia, otra vez, vuelve a apoderarse de mí. Imagino que soy la urbanista que diseña parques inexistentes donde mis niños, cuando crezcan, no puedan perderse, o la maga que inventa la pócima que impide que vayan cuesta abajo sin control. Doy rienda suelta a las desgracias sin que nadie me zarandee y me devuelva los pies al suelo. Diego no está para zarandearme. Decían que el virus a los de cuarenta no, que solo a los mayores, pero Diego, a mí, ya no puede zarandearme. Cierro los ojos y borro y borro y desaparece todo, mi calle, mi barrio, mi ciudad. Y es como si, de repente, viviéramos en el número 4 o en el número 10, solos en el mundo mis hijos y yo, sin poder salir, sin peligros que nos acechen en el exterior, a salvo, sin sufrimiento.

Sin vida, me susurra luego una voz en sueños.

Gracias a ella, me vuelvo a levantar.

Puntúalo

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