Espíritus en la Calle Intendente

Espíritus en la Calle Intendente

Antonieta

15/11/2020

«Señoras y señores bienvenidos a Buenos Aires, en unos minutos estaremos aterrizando…» dijo el piloto.

En agosto del año 2018 Carmina y sus hijos se fueron a vivir a Argentina. Llegaron a una casa que alquiló Miguel su esposo en la Calle Intendente, Villa Gobernador Gálvez, una ciudad al sur de la Provincia de Santa Fe en el Gran Rosario. Miguel tenía un año de haber inmigrado, estaba trabajando en una empresa de mantenimiento, él había llegado sin nada como muchos inmigrantes que salen de su país por problemas económicos y su sueldo solo le alcanzaba para rentar una pequeña casa de pasillo, de un argentino que estaba urgido por pagar el sustento de su hija y además pasaba por una difícil separación. La impresión que Carmina tuvo de Rosario fue fascinante y el lugar en donde llegaron se veía igual a los de Venezuela lo que les causó una sensación de familiaridad, pero era invierno y no estaban preparados para enfrentar el frío, cuando hizo la primera helada Carmina sintió que miles de agujas entraban por su cuerpo, pasaron los días y el frío aumentaba, se le congelaban desde los cabellos hasta las puntas de los dedos.
Miguel le decía: ¡Ah! ¡No exageres! ¡No es está frío! Y ella parecía las frutas congeladas que usan para hacer frappé: tiesa y helada.
-¿Qué calma este frío? preguntó.
-Camperas, medias gruesas, dos calzas una encima de la otra y además no te despegues del calefactor, respondió Miguel riéndose de ella. 

Sucesos extraños

«Algo o alguien andaba esa noche por ahí.»

En las noches escuchaba en el techo pasos estruendosos y veía sombras pasando por el jardín, ella no creía en los espíritus, pero sí en los ladrones, aunque el barrio se veía sano y tranquilo en Venezuela se aprende a no confiar. En una de esas noches el ruido fue más fuerte e intentó despertar a su esposo varias veces, pero él tiene el sueño tan pesado como el hielo que cubre el Glaciar Perito Moreno, con esos ruidos en el techo pensó que lo que caminaba arriba iba a caer directo en la cama, ella se quedó inmóvil, estaba segura que algo o alguien andaba esa noche por ahí.
Cuando amaneció su esposo le preguntó si durmió bien.
-Pero quién va a dormir con esos ruidos monstruosos en el techo y las sombras en el jardín, murmuró.
El día estaba soleado y Carmina decidió salir a la verdulería, así empezó a conocer a sus vecinos y supo que tenía que a aprender otro dialecto, los vendedores eran amables en adivinar lo que ella quería porque en Argentina los nombres de algunas verduras y frutas son diferentes a los nombres en Venezuela: La banana es cambur; la calabaza es ahuyama; el camote es batata; el choclo es maíz; la mandioca es yuca; la frutilla es fresa, pero vergüenza pasó cuando dijo: «Por favor, me da el queso de concha negra», por la cara de la vendedora se dio cuenta que concha es una mala palabra en Argentina, es mejor decir cáscara y en Venezuela a los jóvenes le dicen chamos, en Argentina le dicen pibes. Un día Miguel llegó riéndose porque uno de sus compañeros de trabajo le preguntó por su “bruja”, él se quedó sorprendido y se imaginó que se refería a su esposa, por supuesto que eso le causó gracia, en Venezuela decirle “brujas” a las mujeres es un insulto, luego de eso Carmina se molestó con él y «se pudrió todo» como dicen en Argentina.
Después una muy amable vecina del barrio quiso enseñar a Carmina a tomar mate, bebida tradicional en Argentina, pero esa experiencia no fue la mejor, cuando tomó se quemó toda la boca hasta la garganta y la hierba se le fue hasta la nariz, Carmina pasó varios días que no podía ingerir casi nada, hasta que aprendió y ahora toma café en las mañanas y mate en las tardes. Con el tiempo los sonidos de la noche no cesaron, a la vecina, una mujer supersticiosa le contó de los ruidos, ella le recomendó bañar la casa en sahumerios, le dio un manojo de inciensos de todas las clases y luego se apareció con un vestido de colores llamativos y los brazos llenos de pulseras con campanitas, entró a la casa moviendo las manos mientras el humo de los inciensos tapaba todo el lugar, la vecina se movía haciendo raros movimiento con el cuerpo en una danza espiritista, dijo que así ahuyentaba todo lo malo y después le confesó a Carmina que ella también los escuchaba, el humo tapó toda la casa y tuvieron que salir casi ahogas y no funcionó el ritual, siguieron los ruidos aún más ensordecedores y las sombras seguían pasando, hasta que en una de esas noches de invierno Carmina decidió salir dispuesta a enfrentar lo que no la dejaba dormir, se armó de valor, salió y el frío la dejó paralizada en medio del jardín, de repente vio algo que saltaba del techo hacia ella.

-¡Auxilio! ¡Son Gatos! Gritaba Carmina.

Eran gatos los que le quitaban el sueño a Carmina, todos saltaban hacia ella, con el alboroto y los gritos, el Glaciar Perito Moreno se despertó asustado a ayudarla, pero dos gatos quedaron totalmente enredados en su larga y abundante cabellera rizada, la vecina también gritaba: ¡Llamen a un sacerdote para que saque a los espíritus de esa casa! El barrio se enteró del vergonzoso hecho y luego los vecinos comentaban que habían espíritus en una de las casas de la Calle Intendente, hasta que todos se enteraron que eran gatos.
Después de dos años no han olvidado lo ocurrido, los gatos siguen caminando en el techo y pasando por el jardín. Ahora cuando Carmina se reencuentra con sus vecinos luego de un largo confinamiento por la pandemia todos recuerdan ese momento que dejó en la calle algo de humor para reír y olvidar en un rato de compartir las situaciones difíciles por el virus.

Video: Youtube

Foto: Antonieta

Audio: web

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