El chico del kebab

El chico del kebab

Llevo diez años viviendo en mi barrio y realmente nadie me conoce. El último local que cierra es un kebab donde, si quiero darme un atracón, es una opción mejor que la máquina de vending, aunque nada incompatible: me atiborro de carne y luego salgo con el 1,50 que me queda y compro chocolate, toda una tableta.

Paso de la tele cuando estoy allí, sin más. La música es diferente. Ahora que todos saben que Marta me ha rechazado -y yo un rechazo amoroso lo llevo peor que un cáncer- voy al kebab con mi carísima paper tablet, a llorar mis penas hasta que cierre el local. Luego me volveré a casa y trataré de dormir.

Me olvido de todo cuando escribo. Y esta vez he pedido algo nuevo. Estoy sentado de cara a la puerta cuando sucede algo que tenía que pasar también aquí.

Entra un tipo con cara de cabrón profesional seguido de otros dos, malencarados.

Yo no hice la mili porque no pude, porque qué pìntaba yo con un cetme cargado, ahi, en el desierto, haciendo guardia doce horas y con 32 balas. Mi padre se llevó un disgusto enorme, un disgusto que se le ha ido pasado a medida que me ha visto convertirme en un escritor profesional.

Ahora me cuenta historias como la que recoge el libro «El hombre que nunca existió«, en la que los aliados logran que los nazis retiren tropas del lugar -obvio- por donde van a desembarcar gracias a un dramaturgo que concibió un plan en el que todo podía salir bien, menos una cosa: las cartas de amor de una supuesta novia no eran creíbles. Así que, humildemente, le pidió a su secretaría una carta «con el punto de vista femenino». Ella se la trajo al día siguiente, junto a una foto suya en traje de baño, de modo que el cadáver del «piloto», flotando frente a la costa mediterránea española, con un maletín con cartas manuscritas de Churchill ya era del todo verosímil.

El resultado final fue un gol hasta el fondo de la red, se salvaron muchas vidas.

Me siento un francotirador, eligiendo la bala, contra qué o contra quién disparo y asumiendo de antemano las posibles consecuencias de mis textos. Que me publiquen es otra cosa, pero lo verdaderamente de preocupar sería que mis sátiras le gustaran a todo el mundo, porque si a todos les hacen gracia es que no estás criticando de verdad nada, que sólo tratas de hacerte un hueco en la Caspa, como un torrente de agua sucia, ebria de feísmo y del que no te conviene beber, o que aspiras a ser «bufón oficial» de alguien, que nunca morderá la mano de quien le alimenta, como haría un perro.

Ahora, más solo que nunca, mi único refugio es este kebab. Aquí me cobran bien. En locales de internet, me han llegado a robar, a estafar, casi 12 euros, porque son profesionales.

Yo aquí, escribiendo, y veo cómo entra y sale más y más gente a gritos. Levanto la vista y paso del hielo al fuego que de verdad quema. De una mesa se levanta una pareja, ejecutivos, que salen tranquilamente como si la violencia no fuera con ellos.

La paper tablet que uso me permite organizar mis cosas, es lo más caro de mi ajuar. Está llena de poemas, pdfs, textos en proceso con anotaciones a mano. Es cierto que se disfruta más dejando que la escritura fluya en trazos libres y expresivos que tecleando. Lo pasaría fatal por las noches sin este local porque llevo diez años viniendo, y puedo decir que son honrados. Me gusta cómo trabajan. El que dirige tiene unos ojos azules como el mar, y manda bien. Sigue entrando gente, esta vez con bates de béisbol. Mi mesa tiene un tacto suave y gozoso, casi como si no estuviera barnizada.

Con gente así no se puede vivir y yo no los quiero ni en el barrio, ni en ninguna parte. Pero estaba anunciado que algún día esto pasaría también aquí. Veo como sigue entrando gente, como sigue saliendo gente, escucho gritos muy reales y me alegro infinito de no estar viviendo todo desde la terraza de mi apartamento porque el deber de auxilio es para todos y unas fotos no resuelven lo que ya no tiene remedio.

Agarro la pluma y me lanzo contra el cabrón profesional, contra el jefe, porque pienso que si me cargo a ese, los demás salen huyendo. Le doy una hostia que no ve venir, porque no me creía una amenaza. Pero la pluma es de plástico y se parte al primer golpe. Me tiran al suelo, me patean y me prenden fuego, por maricón, por emigrante, por tarado, por levantar la voz ¡por lo que sea! Porque sólo quieren una excusa para ser violentos y acojonar a la ciudadanía, como diciendo: «Sé bueno y a tí no te pasará nada».

Lo último que recuerdo es al chico del kebab apagando las llamas con un extintor, cuando yo ya había empezado a gritar de dolor. Casi me queman los huevos. Al final sólo hay que lamentar una tablet rota que repondré en cuanto pueda. 

Y me viene a la mente un chiste de hace años, de cosecha propia, que dice así:

En una trinchera donde está cayendo de todo, hay un soldado hecho un ovillo, agarrado al cetme. Pasa un capitán, desfilando, y dice: «Soldado, me está resultando usted un gallina». Y el soldado, sin moverse, responde: «Capitán, los huevos son de gallina…. nos ha jodido el tío listo», masculla.

El mundo se divide entre profesionales y no profesionales. Y si te tiene que ayudar alguien, mejor que sea un profesional y no un voluntario entusiasta que no sabe ni servir comida como dios manda.

En cuanto me recupere, vuelvo allí. Es tan obvio. Diez años acudiendo al mismo local y todavía no sé como se llama.

«Ahmed», me dice con una sonrisa.

Las mesas de madera siguen en su sitio.

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