Se mira pero no se toca

Se mira pero no se toca

Pablo Bigeriego

10/11/2020

La casa donde vivo asoma a una rotonda donde se yergue un grupo escultórico de corazones de colores que brotan de la tierra recortada con la forma de un muñeco. Ese muñeco simboliza a un inocente y cada flor representa a un extremeño asesinado por la banda terrorista ETA. Mientras el tráfico circula alrededor, el recuerdo de las víctimas permanece perenne y fresco como la hierba, al menos para mí, que tantas veces he mirado a la glorieta desde mi balcón. Hoy, 14 de Marzo, nada se mueve alrededor. Estamos confinados. Veo los corazones y me estremezco pensando en las esculturas que se levantarán por todo el Mundo para homenajear a los muertos por la pandemia. Y pienso, también, en esta primavera de «se mira pero no se toca». Solo los gatos cruzarán a sus anchas la glorieta, los gorriones harán su república en el aire y las flores y los árboles lucirán su esplendor como en otras primaveras pero sin ruido.

Vivo con mi madre de ochenta y siete años y con mi perra, Tita, que no está llevando nada bien haber reducido sus paseos a diez escasos minutos. Pilar estuvo a principios de año tres semanas ingresada en el hospital por un tromboembolismo pulmonar masivo; ahora nos esperan tres meses de encierro. Afortunadamente, somos muy lectores y estamos gran parte del día entretenidos porque si algo sobra es tiempo, que incluso parece haber tomado otro significado diferente del habitual. Estamos a expensas, más que nunca, de lo que suceda en el exterior. No hay nada que podamos hacer para combatir a este enemigo invisible, salvo seguir las recomendaciones de las autoridades sanitarias y cumplir las normas. En las redes sociales algunos de mis contactos vomitan sus virus envenenando la convivencia ; otros han tomado conciencia de la importancia de mostrar una actitud más saludable para no agravar la tragedia.Yo me encuentro en este segundo grupo de personas. Comparto poesías, documentales interesantes, recomiendo libros que me gustan y como actor que soy, publico videos interpretando monólogos para trasladar una sonrisa a quien desee que le cuenten una historia. Transcurren los días que vamos sobrellevando con nuestras rutinas pero el encierro va pesando cada vez más. Salgo a hacer la compra una vez al mes, voy al supermercado a tiro hecho, procurando acabar lo antes posible. Siento una tensión incómoda por todo el cuerpo y me enerva que en la cola para pagar algunos zoquetes no respeten la distancia de seguridad. A media mañana, preparamos un aperitivo y nos tomamos unas cervezas en el balcón al abrigo del Sol. Es el mejor momento del día, nuestro reducto de libertad. Me gusta cerrar los ojos y sentir el calor relajando el entrecejo, mirar las nubes, mirar hacia lo lejos, mirar mi calle hecha silencio pero cada día más hermosa en esta primavera extraña. A las ocho salimos a aplaudir a nuestros héroes, a nuestros paisanos, a nuestro País y a nosotros mismos: resistimos. Los balcones se llenan de vecinos, hay un ambiente festivo en toda la calle. A algunos les parece una falta de respeto, a mí me parece sencillamente humano dejar salir la alegría que todavía nos queda, y liberar la rabia con algunas caceroladas, también. Aún así, ha habido un par de días que me he venido abajo y me he sentido muy oscuro al vislumbrar el futuro a medio plazo, ahora más que nunca, hay que vivir el presente. Decido prestar menos atención a las noticias y emborracharme un día a la semana por autoprescripción, hábito que estimo tan saludable como la hora que dedico a hacer yoga y meditación.

Poco a poco se va aplanando la curva, estamos más próximos al desconfinamiento. Necesito salir a la calle, volver a la normalidad aunque sea nueva. La desescalada la estamos haciendo por franjas horarias. Por fin, puedo pasear con Tita y verla correr y jugar feliz con sus amigos perrunos del parque. La gente sale en tropel a hacer la ruta del colesterol como si fueran turistas paseando por una playa en Benidorm. Mi calle recobra su actividad: suben las persianas los comercios, se abren las terrazas de los bares donde me siento gustosamente a tomar un desayuno. Acudo a mi peluquero para que le meta tijera a mis greñas desmadradas. Y quedo con mi amiga Susi para ponernos al día y cenar al pie de la Alcazaba árabe de Badajoz. Qué ganas teníamos de disfrutar de una copa de vino blanco y una buena ración de carne al ajo tostado. Esta libertad provisional la asimilo con regusto amargo, aún no hemos vencido al bicho. Los políticos no se ponen de acuerdo ni para gestionar la pandemia, mientras la Tierra muy enfadada, nos tapa las bocas con mascarillas.

Miro la rotonda desde mi balcón, el tráfico circula alrededor de los corazones como un torrente sanguíneo reavivando la memoria. Las esculturas no sanan tragedias solo recuerdan a los muertos. Más allá del virus alojado en un murciélago, de la vacuna salvadora y del propósito de enmienda, habremos de curar la herida de la Naturaleza que nos sangra. Quizás aún estemos a tiempo.

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