Se nos muere, se nos muere, se nos muere Paco… musitó el sauce mientras sus lánguidas ramas golpeaban con suavidad la ventana que enmarcaba el cuerpo del anciano tendido en la cama.

Se nos muere, se nos muere, se nos muere Paco… lloraron los pájaros, y con su batir de alas esparcieron la triste melodía por el valle.

Se nos muere, se nos muere, se nos muere Paco… susurró el río a las piedras y a las truchas que, con lagrimas de pez, burbujearon: se nos muere, se nos muere, se nos muere Paco….

El vetusto árbol notó que la capa de silencio que cubría el pueblo desde hacía años se volvía más espesa por momentos. La sentía pringar sus hojas, su corteza, penetrar su savia como un veneno; lenta pero imparable, ahogaba también las calles de aquella aldea de tejados hundidos; clavaba sus colmillos en cada uno de los recuerdos hasta entonces firmemente prendidos a sus lugares gracias al anciano y sorbía, voraz, la poca vida que conservaban.

¿Alguien recordará nuestro antiguo chirrido?, se preguntaron los oxidados goznes de la panadería, huérfanos de puerta desde hacía años.

¿Alguien recordará el repiqueteo de mi pobre campana? se preguntó la vieja torre de la iglesia, contemplando el cuerpo de su compañera, rota en el suelo.

¿Alguien recordará el alegre cencerreo de las cabras al pasar? Se preguntaron los adoquines mohosos.

El sauce observó como Pirulo, el perro, subía fatigosamente al lecho de su amo.

Hecho un ovillo, sollozó un poco, el hocico apoyado en las patas delanteras, los ojillos fijos en el rostro querido y, a la vez, en un tiempo lejano en el que el Pirulo cachorro y el Paco fuerte recorrían las antiguas veredas, pescaban en el río y exploraban el bosque en busca de conejos.

Paco le hablaba, siempre le hablaba. Cosas sobre el pueblo y sus gentes; sobre las fiestas de primavera y las cosechas, las abundantes y las magras; sobre perros y gatos que eran los dueños de las madrugadas. Le contaba del arrullo de las palomas, de la jarana de las noches de verano, cuando todos los vecinos sacaban las sillas a la calle; de la aspereza del invierno; de la muerte, siempre acechante; de la oscuridad de las almas; del éxodo constante de sus gentes, hechizadas por los encantos vacíos de la ciudad.

– Pero dime tú, Pirulo ¿dónde encontraría yo ese sol que nace cada día detrás de la loma? ¿Dónde apaciguaría yo mi espíritu sino contemplando este cielo nocturno?

Pirulo se durmió recordando, viejo y cansado también. El sauce apartó la mirada de la ventana y contempló el pueblo. Aquella mudez, aquella desolación, aquel desaparecer sin que nadie lo supiera, del hombre, y de las cosas… Aquel lugar casi anónimo, casi perdido, casi inexistente, era algo que le helaba el corazón.

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