Juegan oros, pintan bastos

Juegan oros, pintan bastos

CAPÍTULO 1

―¿Ismael Garmendia?

―Sí, soy yo. ¿Quién llama?

―No le incumbe a usted saberlo. Limítese a responder.

La voz suena fría, con un filo áspero en cada sílaba. Emitida metálica, sin pretensión de transmitir emociones, velándolas si acaso buscan aflorar. No obstante, rezuma cierto tono de contrariedad. Ismael, que se ha visto sorprendido por los términos lacónicos y tan imperativos con que un desconocido (es de hombre la voz oída) acaba de abordarlo, se solivianta y contraataca.

―¡Oiga! ¿Quién se ha creído…?

―Está usted en posesión de un objeto que nos pertenece ―lo interrumpe tajante la voz desde el otro lado de la línea.

―¿De un objeto? ¿Qué objeto?

―No se haga usted el inocente. Sabe muy bien a qué me estoy refiriendo.

Y la comunicación se interrumpe. Con la misma brusquedad con la que se había iniciado. Ismael queda con el auricular mudo en la mano (lo habían llamado al teléfono fijo), aturdido, indeciso, sin saber qué reacción adoptar. Aunque, ¿le cabía reacción que se ajustase de manera lógica a las pautas del episodio recién vivido? Se hallaba él solo en casa, su mujer y sus hijos ausentes, arrellanado en el sofá, disfrutando de la indolencia que contagia una tarde de sábado, pendiente del televisor y, a intervalos, abstraído de él, sin atreverse a asegurar ahora, tras la brevísima conversación mantenida, qué estaba viendo en concreto (lo más probable es que fuese alguna película, a las que es adicto). Y mira por dónde lo sacude del sopor una llamada que en un primer instante supuso de los suyos para cualquier última advertencia u olvido. Pero había resultado ser de cariz muy diferente.

Opta por abandonar el embobamiento en el que había permanecido atrapado durante segundos eternos y redirige la mirada de nuevo hacia el televisor, intentando con ello retomar la normalidad, tras haber reflexionado fugazmente y hallado una justificación a incidente tan extraño, a un diálogo tan fuera de contexto y de lugar: habrá sido una equivocación; o una broma de mal gusto, se dijo espantándose las últimas reservas; si bien conservó rastros de turbación rondándole el pensamiento, una inquietud, una intranquilidad de la que no conseguía zafarse.

Al cabo de no sabría él qué lapso de tiempo, lo sobresalta el teléfono volviendo a sonar.

―¿Ismael Garmendia?

―Sí. ¿Quién es?

La pregunta, repetitiva, es también innecesaria porque ha reconocido la misma voz de antes. Sin embargo, le ha brotado espontánea, automática, preventiva quizás frente a los latidos del corazón que de repente siente golpeándole el pecho.

―Le insisto en que dispone usted de un objeto que no es de su propiedad.

―¿Que dispongo yo de un objeto? ¿Está usted de broma?

―Yo no suelo bromear nunca ―suena la voz categórica, afirmativa y seria hasta un límite sombrío, oscuro, prácticamente siniestro.

―Entonces se ha equivocado de persona ―concluye Ismael recopilando sus reflexiones previas.

―Tampoco es mi costumbre equivocarme. Le advierto que esto no es un juego.

Y acto seguido retorna el silencio. La comunicación vuelve a interrumpirse. E Ismael, ahora sí, entra de veras en ansiedades.

Intenta serenarse mas le resulta imposible. El nerviosismo le aflora en las manos, cuyo temblor no logra reprimir. Súbitamente, le nace una irrefrenable necesidad de orinar. Se trata de algo que suele ocurrirle. Cuando se altera, por el motivo que sea, hay ocasiones en que, en una reacción somática a modo de vía de escape de la tensión (esa piensa él que es la explicación sin que lo haya consultado a ningún experto), siente tal presión en la vejiga que ha de acudir urgentemente a evacuar, so pena de verse en un aprieto si se entretiene en esperas. Se levanta y va hacia el cuarto de baño. No bien comienza la operación, habiéndose cuidado previamente de comprobar que las manos se le han sosegado y ya no tiemblan, oye lejano e insistente un tercer reclamo del teléfono. Un leve estremecimiento le surca la espalda, empuja a fondo en el bajo vientre para acelerar la micción, el sonido intermitente lo espolea, termina precipitadamente y, sin plegar armas como es debido ni haber tirado de la cisterna, emprende cabalgada por el pasillo hacia el salón. A medio camino, justo en la puerta de su dormitorio, cae en la cuenta de que allí hay otra terminal inalámbrica, corrige la trayectoria, entra a trompicones, se derrumba en la cama con la idea de alcanzar mejor la mesita de noche opuesta a la entrada y alarga el brazo con objeto de prender el auricular que, para su frustración, en ese preciso momento deja de sonar.

Se desespera. En postura de decúbito supino sobre el lecho conyugal, los brazos en cruz, las piernas en tijera, la mirada dirigida al cénit, tales son las posiciones de su impotencia y su fracaso. Que dura poco, dicha sea la verdad, pues no transcurre un minuto siquiera cuando se repite la llamada.

―¿Diga?

―No juegue usted conmigo y atienda al teléfono si lo llamo.

―Estaba haciendo una necesidad ―se excusa Ismael ya doblegado. Los nervios lo colocan inconscientemente en flagrante situación de debilidad, de subordinación, de sometimiento.

―Bien. Le reitero por tercera vez que se ha apropiado de un objeto… valioso, en extremo valioso ―el calificativo redundante es pronunciado entre dientes―, que, le insisto, nos pertenece. Y le insto encarecidamente a que nos lo devuelva.

―No sé… de qué me habla ―balbucea Ismael―. Se lo aseguro.

―¿Me toma por tonto? Hágame el favor de recapacitar y rectifique. Se nos está colmando la paciencia.

―¿Rectificar? ¿Sobre qué tengo que rectificar si no me…?

Ismael se percata de que no le habla a nadie. La comunicación, para su desespero, reincide en desvanecerse y lo deja con la palabra en la boca.

¿Un objeto valioso, en extremo valioso?, recuerda y se pregunta Ismael nadando en el puro desconcierto, desconocedor de que él posea ningún objeto de valor; y menos aún, de valor extremo. Y por otra parte, ¿qué juego es aquel, qué treta, qué enredo continuo de llamar y colgar? ¿Para mantenerlo en vilo? ¿Para amedrentarlo y disiparle las defensas? Pues lo están consiguiendo, concluye impotente, incapaz de sobreponerse, hecho un mar de pensamientos inconexos, de dudas, de suposiciones. ¿Quién será ese tipo que lo está importunando con sus llamadas, intimidándolo hasta el punto de, al cabo del tercer diálogo mantenido, comenzar a sentir una sensación cercana al miedo? ¿Y quiénes el resto a los que supuestamente pertenece el objeto de marras, a los que al parecer se les está colmando la paciencia? Porque ha oído con claridad el plural, ese nos pertenece que denota que tras la voz anónima se esconde más de una presencia reclamante de la propiedad presuntamente sustraída por él.

Así va pensando, en un desbarajuste de ideas, mientras retrocede al cuarto de baño y rehace el orden que desbarataron las prisas anteriores, tirando de la cisterna, lavándose las manos, apagando la luz, regresando al salón, sentándose en el sofá y quedándose erguido y no reclinado, como se hallaba cuando fue sorprendido. Se mantiene en tensión, en compás de espera, suponiendo que el desconocido reaparecerá y hará presente de nuevo su voz. Suponiéndolo y deseándolo. Porque ya ha abandonado la teoría de la broma pesada o del error e interpreta la realidad tal cual es: que alguien le reclama algo de veras. Que él desconozca la identidad de ese alguien y de ese algo es otro cantar, el misterio, la intriga que lo mantiene envarado y en zozobra, en puro desasosiego. Lo cierto es que siente la necesidad de que termine aquel tira y afloja tan enervante. Lo recome la picazón de la curiosidad, el ansia por que se le resuelva lo que le parece en ese instante un enrevesado acertijo, por conocer la solución de la incógnita que lo está desequilibrando.

Se impacienta. El silencio se prolonga sin que ningún ruido lo perturbe. Con antelación, había desactivado el sonido de la televisión aunque permitiendo a las imágenes seguir deslizándose por la pequeña pantalla. Por ellas desplaza Ismael unos ojos desentendidos, los descansa en sus movimientos sin percibirlas realmente. Se enciende un cigarrillo sabedor de que está infringiendo una norma inquebrantable de la convivencia familiar; y se excusa, se justifica interiormente amparándose en las circunstancias tan excepcionales por las que está atravesando ¿Habrá desistido?, piensa esperanzado ante esa posible perspectiva, visto que el tiempo pasa y le da cuartel para ir poquito a poco reponiéndose. ¿Cabría la posibilidad todavía de la teoría de la broma? Porque la del error, la de que lo hubiesen confundido con otra persona, la rechaza a esas alturas categórico, no en vano había oído pronunciar su nombre y apellido por duplicado en los contactos anteriores y no era la conjunción de los suyos ciertamente frecuente. No está en las mejores condiciones para el rastreo pero se esfuerza en explorar por su memoria por ver si descubre coincidencias entre sus amigos y conocidos con la figura del gracioso de turno, del aficionado a chancearse y fastidiar con guasas que maldita la gracia que a él le hacen. Está desechando cualquier probabilidad al respecto cuando el teléfono torna a sonar.

―Sí, sí. Dígame, dígame ―se precipita agitado.

―Ismael, ¿te ocurre algo?

Era su mujer, que lo llamaba para el trámite banal de advertirle que se retrasaría en su regreso a casa.

―Nada, nada… No me ocurre nada. ¿Por qué habría de ocurrirme?

―Ismael, ¿me preocupo?

―Qué va, qué va… Estate tranquila. ¿Qué querías?

―Que voy a retrasarme…

―Vale, vale… ―y corta atropelladamente, incitado por el agobio que siente de pronto al pensar que el desconocido pudiese estar llamando mientras él habla con ella.

Y acierta. No bien va a depositar el auricular en el sofá junto a sí, este le vibra en la mano antes incluso de emitir sus tonos habituales.

―Sí, sí. Dígame, dígame.

―¿Ha recapacitado usted? No me negará que le he concedido tiempo para ello.

―Sigo sin entender qué quiere de mí. Ni sobre qué he de recapacitar. Le ruego que me escuche. Se lo digo con total sinceridad ―se muestra Ismael cercano a lo protocolario, casi usando fórmulas preestablecidas de diálogo. En tal inseguridad se ve perdido.

―Veamos. ¿Tan difícil le es comprender y aceptar que se ha apoderado usted de un objeto sobre el que nunca debiera haber puesto las manos encima pues no le corresponde disponer de él dado que no es suyo?

―No, si eso lo entiendo. Pero el caso es que…

―¿El caso? ¿Cuál es el caso? ―suenan las preguntas, si hasta ese momento serenas, ahora con conatos de impaciencia, de entrar en la crispación.

―El caso es… ―se detiene Ismael intentando construir una frase exacta que responda a la demanda de que ha comprendido y a la par que exprese su rechazo a la acusación― que yo no les he robado a ustedes absolutamente nada. Ningún objeto de valor, según me comenta.

―Yo no le he dicho que haya robado nada ―aclara enigmático para sumir a Ismael aún en mayor confusión―, sino que se ha hecho dueño, que ha… caído en su poder un objeto de especial estima para nosotros. Mire que se trata de algo muy preciado por cuya recuperación estamos dispuestos a todo. De algo muy muy preciado… ―recalca insistente la voz desde su anonimato.

―Si no le discuto que lo sea. No obstante, le repito que no les he… ―iba a reincidir en mencionar el robo pero se contiene por no crispar y se corrige a tiempo―, que no tengo nada que les pertenezca.

―¿Está seguro?

―¡Pues claro que lo estoy! ¿Me cree loco?

―Me creo que está usted haciéndose el loco. Fíjese lo que le digo. Y va por muy mal camino con esa actitud. Podría correr serio peligro. Usted y los suyos…

La velada amenaza surte su efecto. Ismael se rinde y no pide otra explicación que la indefinida y total.

―¿Qué quieren de mí?

―Que nos lo devuelva. Y de inmediato. Y sin ninguna compensación ni rescate a cambio.

¿Compensación? ¿Rescate? Leña añadida al fuego de la perplejidad de Ismael en continuo incremento. ¿Cuándo ha imaginado siquiera él exigir rescate por nada? ¿Posee acaso algo por cuya devolución pueda reclamar una compensación? Va a ser cierto que esa tarde acabará, si no loco, sí medio desquiciado.

―Por favor, ¿me dirá de una vez por todas de qué estamos hablando? ―suplica y acto seguido, para su propio asombro, un arrebato de valentía no premeditada lo impulsa a echar el resto en un pulso― Si no, le cuelgo y arranco de cuajo el cable del teléfono.

―Daría igual. Tengo su móvil. Sin embargo, le explico ―se abre una pausa, larga, que mantiene en un hilo a Ismael, al cabo de la cual se inicia un interrogatorio que le suena absurdo―. Veamos. Es usted aficionado a los deportes. Como mero… espectador, para ser precisos. ¿Me equivoco?

―No señor. No se equivoca

―En especial al fútbol.

―Así es, al fútbol.

―Apasionado realmente por él.

―Sí que es verdad.

―¿Y se siente orgulloso de ello?

―No me arrepiento ―se escabulle.

―No le he preguntado si se arrepiente, sino si se siente orgulloso.

―Me siento, me siento ―responde presuroso y entregado, por no despertar animadversión.

―Conoce usted los acontecimientos que se celebran en torno a este deporte.

―Los conozco. Claro que los conozco.

―Y sabe de uno recientemente celebrado. Sumamente importante. El más importante.

Ismael, un aficionado ferviente, no necesita pistas que lo ayuden a saberlo.

―En efecto.

―Y en él se entrega un trofeo, ¿a que sí?

―Por supuesto

―Envidiable por lo que significa y apreciable hasta por su valor crematístico.

―Así es.

―Trofeo que, al parecer, ha caído en sus manos y esconde usted celosamente en su casa

―¿Qué yo escondo un trofeo? ―se atropella a sí mismo al hablar― ¿Qué trofeo?

La pregunta, con ribetes de protesta, da paso a un silencio expectante, que se rompe al poco con una respuesta insospechada a modo de broche que cierra la conversación antes de que la comunicación telefónica se corte definitivamente.

―La copa del mundo, señor Garmendia, la copa del mundo. Que parece usted retrasado.


******

En el amplio hall de un céntrico hotel de la capital, su generoso espacio se reparte por los hábitats de la recepción, hacia la derecha; y por la izquierda, se extiende el territorio sereno y plácido de una cafetería bar. Luces veladas en las paredes, casi mortecinas, contagian un clima relajante al ambiente. Mitigan el ronroneo de conversaciones que salpican el suntuario mobiliario en el que se asienta una variopinta gama de clientes. Pero sus palabras no trascienden más allá de la circunferencia invisible cuyo epicentro es la mesita baja que acompaña a cada tresillo de los que pululan (hasta una decena) para servicio y acomodo de quienes disfrutan de ellos.

Las anchas y altas paredes son mucho más cristal que mampostería, más luz que opacidad. Luz que se echa de menos ahora porque el atardecer va declinando y dando paso a la noche. Por eso han entrado en juego las luces artificiales; por eso su suavidad que casi acaricia.

Desde la barra del bar, de madera sólida de suelo a techo, con pequeñas columnas sobre el mostrador que sostienen un friso desde el que cuelgan invertidas y uniformes innumerables copas de cristal reluciente, desde allí parte un camarero acarreando bandeja con servicio listo para entregar al instante allá donde se le ha requerido. Que no es sino desde un rincón alejado, desde un lugar en que un trío muy sui géneris reparte su presencia diversa en torno a un silencio ¿cómplice?, ¿expectante? Son tres personas silenciosas: un hombre mayor, otro de edad mediana y una mujer joven absorta, ausente. El mayor sostiene un móvil en sus manos, pareciendo haber acabado una conversación infructuosa. Espera a que el camarero deposite sobre la mesa las bebidas pedidas y, acto seguido, lo deja caer, ¿lo rechaza?, con nervio retenido.



SINOPSIS:

Un constructor y potentado caprichoso encarga el robo de la copa del mundo de fútbol ganada por la selección española en 2010 solo por competir en la posesión de algo exótico, prohibido y único. Y el encargo lo hace a un trío de ladrones de guante fino muy sui géneris. No obstante, tras proceder al robo, que logran rematar con éxito, se les tuerce la suerte y el objeto de sus desvelos viene a caer en manos de alguien que ni por asomo se esperaba tal hecho fortuito. Y que sigue sin creerlo ni aun cuando lo llaman y se lo reclaman pues no está al tanto de ello.

La acción por tanto se desarrolla en un triángulo de intereses: el del autor del encargo, exigiendo tener la copa; el del trío de ladrones, intentando recuperarla de las manos a las que había llegado por casualidad; y los del receptor equivocado deseando librarse de ella pues peligra la seguridad de su familia.

De por medio se cruza el personaje de un periodista sin escrúpulos que, enterado e implicado también en el asunto, pretende sacar también tajada. Con un secuestro doble de por medio, con el fondo del triunfo de la selección española en el campeonato del mundo de fútbol de Suráfrica y, de añadido, el de la crisis económica que se ceba en el conjunto de la ciudadanía y, en especial, en el protagonista al que le cae la copa en las manos, la que termina convirtiéndose en objeto de deseo de todos. El final supondrá un chasco absoluto para algunos, una renuncia para otros y una recompensa para quien menos la esperaba.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS