Capítulo I

La muerte del cura.

Sierras de Segura, enero de 1596.

La mañana parecía tranquila, las nieblas inundaban el valle y las chimeneas no paraban de exhalar un humo negruzco con intenso olor a resina de pino, no obstante, aquella engañosa quietud se quebraba por el hilo de sangre delator que la noche había dejado entrever por la callejuela que baja desde la taberna de Emiliano hacia la calle de la iglesia.

Las hacendadas vecinas con sus pañuelos negros al pelo acicalaban la calle regando las macetas de geranios, encalando sus fachadas y rematándolas con el potente azulete para los zócalos. Todo sea porque estaba muy cercana la celebración de su patrono, San Vicente; pero aquel hilo de sangre acabado en un charco de no pocas dimensiones, revolucionaría a la tranquila población. Los gritos de las mujeres al verla se multiplicaron cuando miraron hacia el campanario y vieron un cuerpo que colgaba de un pie de lo más alto de la cruz de hierro que coronaba la torre, hasta que llegaron las autoridades y certificaron la identidad y el estado del cadáver.

―Se trata de nuestro querido párroco, Don Salustiano, que en paz descanse. Dijo el alguacil.

—¡Qué desgracia! ¡Ya no tenemos cura! Se lamentó alguien de los allí congregados.

―¡Llamad a Perpetua! Ordenó el juez.

Don Salustiano, un hombre obeso, gruñón, seboso y muy bebedor, era natural de Alcalá la Real, llegó a la Villa como tantos otros norteños tras la expulsión de los andalusíes, con Perpetua, una sobrina por lo menos veinte años menor que él, que le llevaba los asuntos domésticos y que al año de su estancia allí, parió un hijo sin que nadie supiera quién era el padre. Lo bautizaron con el nombre de Modesto y se añadió al hogar junto al párroco y su sobrina. Nesto, como le llamaban familiarmente, fue monaguillo con aspiraciones a sacristán, tocaba el órgano de la iglesia con soltura y mantenía el templo siempre bien limpio y ordenado.

Trabajo no le falta a Modesto, pues en aquel tiempo se manda, según los acuerdos del recién concluido Concilio de Trento que los baptisterios se tengan “muy adornados, ricamente labrados y con mucha limpieza”; que las pilas, a ser posible, sean de alabastro o mármol blanco; que las crismeras sean de plata y “estén en un repositorio limpio y adornado, cerrado con llave, para que las cosas sacras no se profanen, ni nadie pueda menospreciarlas”.

Más aún, con relación al santo crisma, se ordena que “cuando fueran por él a la Iglesia matriz, no vaya el sacristán por ello, sino el cura o uno de los beneficiados que fuera cura, y solo así, para que no lo llevaran de cualquier manera”.

Las autoridades dieron cuenta a la sobrina del cura quien, acompañada de Modesto, fue a reconocer el cadáver. Tenía muy mala pinta. En la cara, redonda como un queso, presentaba varios cortes de cuchillo o navaja, uno de ellos bastante profundo hasta el ojo izquierdo. Del mismo modo en los brazos y manos y, según el forense, en el pecho, el que sería mortal de necesidad, al estar alojado en el corazón.

La sorpresa fue mayúscula cuando al levantar la sábana que lo cubría descubrieron que le habían arrancado los testículos, ―a mordiscos― dijo el forense. Presentaba también algunas quemaduras en el pecho, señales heréticas en el vientre y carencia de algunos órganos internos como los pulmones y el corazón.

Perpetua, su sobrina, se acercó al cadáver y exclamó para sí:

—¡Maldito! ¡Maldito mil veces! ¡Acabaste traicionándonos! ¡Esas salidas nocturnas te mataron! Modesto se abrazó a ella y se mantuvo serio sin dejar de mirar fijamente al párroco que permanecía rajado en canal y con la boca exageradamente abierta.

―Ya veremos cuantas complicaciones nos traerá. Hasta después de muerto. Seguro.

―Nos traicionaste, ¡maldito seas por siempre!―Dijo Perpetua abrazada a su hijo sin derramar ni una lágrima.

Terminado el procedimiento, se fueron a su casa que estaba situada contigua a la Iglesia, donde les llegó el cadáver para velarlo aquella misma noche.

Se preparó la mejor mistela de la taberna de Emiliano y algunos roscos fritos para quienes acudieran aquella noche al velatorio, que se esperaba fuera multitudinario por ser el párroco, conocido no solo en su pueblo, sino también en aldeas y pueblos vecinos donde gustaba perderse por los burdeles y tabernas, cada noche hasta la madrugada.

Las primeras personas en llegar fueron las beatas que se ocuparon de rezar un rosario y llorarle de cuando en cuando, a modo de farisaicas plañideras.

Pasada la media noche llegó Su Eminencia Reverendísima, el obispo de origen sevillano, Torcuato Bocanegra, quien presentando su anillo al público, lo fueron besando quienes allí se encontraban. Silencioso se acercó al cadáver, lo examinó brevemente.―¡Qué asco!―dijo tapándose la boca con un pañuelo. Rezó una oración y bendijo a los presentes.

―No os preocupéis, hijos míos, pronto tendréis otro párroco. El rebaño no puede estar sin pastor y el pastor necesita el rebaño, y se despidió.

Al salir se tropezó con Don Severino de la Cumbre y con Don Hilarión de la Peña, que iban acompañados de sus esposas, Remedios y Mariana de La Pinosilla.

—Su Eminencia Reverendísima, beso su mano. Le correspondió Don Severino y el obispo ofreció su anillo al resto que lo besaron igualmente.

—¡Qué desgracia Su Eminencia! Tomó la palabra Don Severino.

—Así es hijos míos. Mas a mis oídos llegaron rumores en estos últimos años de los líos de faldas y juego de Don Salustiano, que en gloria esté. ¿A caso sabéis vosotros algo de este asunto?

Don Severino le hizo una mueca al obispo intentando señalar lo inoportuno de la pregunta por estar delante sus mujeres. Este la captó y alejándose les dijo:

—Espero que pongan en manos de las autoridades cualquier información de la que dispongan, por irrelevante que parezca. Este atroz asesinato no puede quedar impune.

—Por supuesto Su Eminencia, sin lugar a dudas. Exclamaron los dos al unísono.

—Pues queden con Dios.

—Y Vuestra Eminencia Reverendísima vaya con Él. Le respondieron.

Don Severino, Don Hilarión, y el párroco Don Salustiano solían quedar para echar unas cartas, unos vinos y hablar de negocios en suculentas cenas, pero al párroco le perdían las faldas y en una ocasión, en la taberna del portugués, llegó a jugarse a su sobrina. La mano le vino mal y la perdió. Aquella noche, Perpetua tuvo que yacer con Martín del Monte, un gañán seboso de no más de un metro de alto, sin dientes y con un hedor a cerdo notable. Aquella afrenta no se la perdonaría nunca a Don Salustiano que fue castigado durante toda su vida con la duda de ser o no el padre de Modesto.

Don Severino y Don Hilarión apreciaban más las riquezas que cualquier otra cosa, por lo que no perdían oportunidad de establecer negocios para arruinar a cualquiera, aunque no dejaban de visitar tugurios, tabernas y pensiones donde perdían gran parte de su bolsa en busca de cualquier oportunidad que les pudiera hacer llenar sus arcas.

Sea como fuere, ante un crimen tan sonado como aquel, la justicia real enviará, por mediación de Don Severino de la Cumbre un corregidor para hacer justicia, que sería un delegado del rey, juez y representante en la ciudad de todo el entramado judicial.

No habían pasado ni tres horas y ya estaba en el velatorio Cuaresma “la rubia”. Los allí presentes se quedaron blancos e inertes como el muerto y Perpetua pensó ―menos mal que no se cruzó con el obispo. Cuaresma se acercó al cadáver, lo examinó y dijo en voz alta para que se enteraran los allí presentes: ―Este cuerpo presenta signos malignos, demoniacos, heréticos…

―¡Calla!, la interrumpe João, el portugués, que era el único capaz de hacerle frente porque sabía todos sus secretos. ―Tú siempre sabes más de lo que dices y te podrías ver delante de un tribunal de la Santa Inquisición, por lo tanto te aconsejo que mantengas la boca cerrada.

―Entendido,―dijo ella y, sin despedirse de nadie corrió veloz hacia su cortijo donde ejercía de curandera, para algunos una bruja.

João pagó a las beatas para que rezaran un rosario por el alma de Don Salustiano y partió detrás de Cuaresma para asegurarse que, en efecto, se dirigía a su cortijo.

Al volver al velatorio recordó cuando Don Salustiano llegó a la Villa una tarde soleada en un carro donde portaba sus enseres, entre ellos una colección de libros en francés, pues leía y seguía al humanista francés Guillaume Budé, quien mantenía una activa correspondencia con Erasmo de Róterdam, Tomás Moro o Rabelais, entre otros, acercándose al calvinismo, que fue la causa de su muerte, porque el cura se suponía defensor de la libertad intelectual o de conciencia. Le atraía el poder tener la capacidad de manifestar y disfrutar de cualquier idea, opinión o pensamiento sin limitaciones internas o externas, pensamiento inaudito en aquellas tierras y en aquella época, que pronto se toparía con la irracionalidad de las autoridades de la Villa, pero él era habilidoso y sabía cómo tratarlas, por lo que no tardó mucho tiempo en formar parte de ellas.

Llegó a la Villa acompañado de su sobrina Perpetua, por lo menos 20 años más joven que él. Perpetua era menuda, morena, muy apuesta y servicial, con unos ojos negros como el carbón, capaces de enamorar a cualquiera y donde leer todos sus sentimientos y pesares, porque en aquel tiempo todos sabían que los curas tenían primas o sobrinas que en demasiadas ocasiones resultaban ser sus amantes. Perpetua por su bondad supo ganarse el cariño y respeto de sus vecinas.

El cura-párroco tomó posesión de la casa parroquial, que estaba adosada a la iglesia y, además presentaba un portalillo interior por donde se podía acceder desde ella a su interior sin tener que salir a la calle. Disponía de un archivo espectacular, pues la Villa guardaba entre sus muros la historia de muchos pueblos, reyes, escritores, artistas y señores que habían nacido o pasado por allí dejando su huella, y además, desde esta parroquia se administraba un extenso territorio, salpicado de pedanías y cortijadas recién repobladas por navarros y castellanos del norte como sitio de frontera, con sus fueros y prebendas, bulas y canonjías, por lo que la caja de caudales casi siempre estaba a rebosar y presta a buenas juergas, que en manos de Don Salustiano, le venía como anillo al dedo.

En este archivo pasaba el cura muchos momentos, pues era de importancia la obligación de inscribir los bautismos en un libro, expresamente dedicado a ello, que debe existir en cada iglesia del obispado, en el que consten, además de la fecha de nacimiento, el nombre del nuevo cristiano y el de sus padres y padrinos. Tal obligación incumbe al cura y no al sacristán, añadiendo que escriba los bautizados por su orden, sin hacer interpolación de hoja alguna, so pena que si no lo hiciere así, sea castigado a albedrio de sus provisores.

Don Salustiano, entre esas cuatro paredes tupidas por libros y legajos antiquísimos, recordaba con nostalgia su niñez, a su madre y a su hermana, a quienes tanto quiso. Podía haber gastado muchas horas de su tiempo en este magnífico archivo, disfrutando de la lectura de interesantes textos que el párroco anterior se encargó de clasificar y agrandar, pero otros asuntos le atraían y, cada vez más se dejará llevar hasta despreocuparse de su familia y encontrar el camino que le llevaría a la muerte.

Don Salustiano nació en Fuente Álamo, aldea situada en la pendiente de un pequeño cerro, que va a parar al barranco Muriano. Sus calles nacen de la principal como si fuera una tela de araña desde La Piquera a La Fuente, originándose diferentes calles que serpentean hasta toparse con el Cerro, vigilado por la magnífica torre circular donde en más de una ocasión, jugando con sus amigos a moros y cristianos, se llevó a casa algún chichón y no pocos insultos y burlas por estar gordito.―Yo de pequeño ya me criaba bien―solía comentar a sus allegados.

Su lugar favorito era la antigua mina, donde se metía a jugar con sus mejores amigos, con antorchas hechas con suelas de pita en busca del tesoro que los moros escondieron de forma precipitada al tener que huir porque miles de cristianos venían armados a tomar la afamada fortaleza de La Mota.

Como en estos pueblos todas las personas tienen motes, y algunas hasta dos, a Salustiano le pusieron por mote “el gorrión”, no porque estuviera rechoncho, o porque diera saltos como los gorriones, era por su abuelo al que llamaron así porque durante toda su vida, siempre anduvo detrás de los gorriones que anidaban en torno a la plazuela de la iglesia-convento de Nuestra Señora del Rosario.

Como no tenía padre, desde pequeño ayudaba con las labores del campo y la casa a su madre, a la vez que cuidaba de su hermana más joven que él.

―Cuando encuentre el tesoro seréis las reinas de la casa y no tendréis que ir a trabajar nunca más. ―Les decía casi todas las noches.

Pero la triste realidad era otra y pasaron muchos años de fatigas y trabajos hasta que se hizo un mozuelo, y su hermana una mujer tan bella que fue cortejada por el hombre más rico de Alcalá, el hidalgo Don Ceferino de Aldeahermosa.

Ana, que así se llamaba su hermana, deslumbrada por las riquezas de aquel hombre, accedió muy joven a casarse, y su familia se mudó desde la aldea a Alcalá, donde las bellas carrozas tiradas por caballos blancos, paseaban por la calle Real y otras principales que iban hacia la Ermita y, los señores tomaban café y fumaban en los mentideros desde muy temprano con sus sombreros de ala ancha.

Salustiano no dejaba de visitar su casa de la infancia en Fuente Álamo un poco triste porque echaba de menos a su hermana y desde que se casó casi no la veía. Los balcones y ventanas del palacio donde vivía siempre estaban cerradas y solo se oían gritos que en ocasiones llegaban a asustar a los que por allí pasaban. Se comentaba por el pueblo que Don Ceferino fue siempre muy caprichoso y desde niño lo tuvo todo a su alcance, gustaba ver y disfrutar del sufrimiento de sus semejantes, por lo que no era de extrañar que Ana, su mujer, no fuera más que un capricho más con el que jugar y abusar hasta cansarse.

Voces, insultos y amenazas era lo que Salustiano oía cada vez que pasaba por la calle del barrio de San Juan donde vivía su hermana, por lo que, impotente, puso tierra de por medio e ingresó en el seminario de Granada, donde cursó teología y conoció por sus escritos a Guillaume Budé, acercándose al calvinismo, con la ayuda económica de su cuñado que lo quería lo más lejos posible para que no interfiriera en su matrimonio.

Los niños por entonces no tenían tiempo para aprender y a penas para jugar, las instituciones que se crearon con ese objetivo eran para las clases medias y altas.

Las universidades, entre las que seguía destacando Salamanca, se desarrollaron pero siempre enfocadas hacia la teología o las humanidades, los estudios científicos se dejaron a un lado. No obstante, hubo algunas instituciones como la Academia de Matemáticas, creada a instancias de Felipe II, o la Casa de Contratación, con una cátedra de Cosmografía, que se preocuparon por la difusión de las ciencias en nuestro país. Salustiano se podía sentir afortunado por tener esta oportunidad, aunque fuera a costa del sufrimiento de su hermana, no obstante, el paso del tiempo fue empeorando aquella relación hasta el punto de suplicarle por carta que la rescatara de aquella infelicidad provocada por aquella bestia que era su marido.

―Me ata y me presenta casi desnuda a sus amigos que van enmascarados, me manosean antes de realizar unas ceremonias muy extrañas en un altar con los crucifijos bocabajo. Ven por mí. Te lo suplico. Mo me dejes.― Estas frases eran la penosa rúbrica de aquella carta.

Salustiano, como buen hermano y, ante aquella terrible injusticia que tanto daño le causaba, decidió armarse de valor.

Sinopsis:

Con sombreros negros y puntiagudos, una verruga en la nariz, el mal de ojo, montadas sobre una escoba, desnudas, con cabello tan largo como una cascada de pecados y danzando alrededor de un macho cabrío. Así hemos construido la imagen de las brujas y sus actos de ocultismo a lo largo de la historia; aun más tras la aparición de filmes como «The Witch» (La bruja, de Robert Eggers), que muestran a una chica inocente convirtiéndose en la figura sospechosa de la maldad y el Maligno sobre la Tierra. Todo se lo debemos a una cultura que nos precede, que se estructura desde tiempos que quizá no comprendamos del todo.

La imagen típica de una bruja es muy variable en función de cada cultura, cierto; no obstante, en el acervo popular del mundo occidental y el imaginario del cine, la literatura, las artes plásticas, los cuentos, la pintura, etc., la representación de una bruja se asocia fuertemente a una mujer con capacidad de volar montada en una escoba y una tez verde, con el aquelarre alguna vez capturado por Goya o con la caza de brujas en Salem y sus atavíos blanquinegros.

Las brujas eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras. Tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor, el desamor o la reproducción, almacenaba de sus antepasados conocimientos muy importantes sobre el control de la reproducción y sabía preparar diversos abortivos, por cuanto prestaban un importante servicio a la comunidad. Conocían las plantas, animales y minerales, y creaban recetas para curar, lo cual fue interpretado por los grupos eclesiásticos, políticos y económicos como una amenaza a su poder, y lo señalaron como un dominio del Diablo, algo que iba calando lentamente en la población.

Hasta ser perseguidas y condenadas a muerte.

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