Y llegó el día aquel. Era ya pasada la medianoche del 16 de diciembre del año 1916. Grigori Yefímovich, “Rasputín”, se abrió paso en la penumbra, sin saber que caminaba su muerte. Cuando el campesino franqueó la puerta de su apartamento, en el número 64 de la calle Gorojovaya, en San Petersburgo, la oscuridad se robó el color de las cosas. No es que hubiese mucho para ver allí, pero el vértigo de no percibir nada, fue como asomarse al linde de un escarpado precipicio. Como era el único capaz de descender a ciegas las escaleras, se ofreció a guiar a su acompañante, el príncipe Félix Yusupov. Yo te guiaré, dijo y asió fuertemente su brazo. El príncipe jamás olvidaría recordarlo. Nadie hubiese sido capaz de acertar los pasos, salvo el demonio aquel que tenía ojos en la negrura. Venciendo las sombras el monje lo guió durante el trayecto, con un dominio feliz de la oscuridad. Amigo de la noche, había hecho el mismo recorrido miles de veces. Sin embargo, aún muchos años después, Yusúpov habría de revivir la hora remota, en la que su corazón se llenó de espanto y tuvo la íntima sensación de que los ojos del beato podían ver en las tinieblas. Hasta caviló si no sería cierto el carácter místico del Staret. Temeroso de que pudiera adentrarse en sus pensamientos, el príncipe se dejó conducir escaleras abajo, deseoso de salir de una buena vez de la bruma. Reinaba el silencio, apenas profanado por los cansinos pasos de ambos. Se acercaba la hora de la muerte ritual.

II

Nueva York, noviembre 2017

Paula, en silencio, sin refugiarse de la tormenta, leía bajo la lluvia. La muchacha se enjugaba por enésima vez las gotas que le caían por el rostro, sin atreverse siquiera a pisar su sombra. Sus lozanos ojos azules se habían impregnado de la breve nota, divulgada por Associated Press. En el 2007, el hallazgo de los restos óseos de dos personas de corta edad en las afueras de Ekaterimburgo, que se presumían fueran los cuerpos de los dos miembros faltantes de la familia imperial rusa, no encontrados en 1991 -es decir, el Zarévich Alexis y una de sus hermanas; hijos de Nicolás II-había vuelto a situar a Rusia en la disputa moral sobre la vehemencia del régimen comunista, y la necesidad de rendir un postrer homenaje a quienes fueron exterminados a manos de los Bolcheviques. La nota que leía Paula, años después de aquella “bomba”, ponía punto final al capítulo. Los científicos confirmaban, con un 90% de certeza, que aquellos restos, en efecto, correspondían al Zarévich y a una de las Grandes Duquesas. Un estremecimiento recorrió la espalda de la joven periodista. Uno de los científicos consultados, que había trabajado en el caso, era el doctor James C. Stirling, experto inglés radicado en Berkeley, donde dictaba clases como profesor benemérito de la Universidad de California. Como una voz distante, el nombre del catedrático repicaba en su cabeza.

Si ciertamente, todos poseemos un don innato, el de Paula Shaw era el olfato para las buenas historias. Intuición femenina decía Bob, su jefe y amigo. Inspiración natural, prefería señalar ella. Escribir, es un oficio secreto que no obedece a leyes universales e inmutables, sino a la magia de los instintos. Y si algo le sobraba a Paula, era instinto. Cuando en el 2007 aparecieron aquellos restos en Ekaterimburgo, ella, en su carácter de corresponsal internacional, había cubierto la noticia para la NBC

(National Broadcasting Company). Tiempo más tarde, aparecería un libro suyo que concitó la atención de todos. Yo, Rasputín, una novela histórica sobre la leyenda negra del monje loco, “el abyecto mujik”; su ascendiente en el séquito de la corte imperial, y el halo de misterio que envolvía su muerte. El libro había recibido elogiosos comentarios, y durante una temporada, la había colocado en el ojo de la tormenta del ambiente periodístico. Aunque había sido un pedido concreto de una editorial, Paula no era indiferente a la tragedia de los Romanov. Desde hacía años, le desconcertaban los sucesos de aquella época oscura y distante, incluso antes de que comenzara a trabajar en Look. Por alguna arcana e ignorada razón, hasta ahora, por lo menos para ella, sentía una intrínseca inclinación hacia la familia imperial. Quizás porque algo de todo aquello le era familiar en sumo grado, y sentía un dolor ajeno en el horror de aquella muerte absurda. Al fin y al cabo, rescatar la memoria del pasado era también una forma de sobrevivir a su propio espanto.

Ahora se topaba en forma fortuita con esta noticia. “Aquí hay una buena historia que espera ser contada”, se dijo. La alegría del descubrimiento agitó su alma en una mezcla de emociones, resonando en su interior con voz propia. Sometida al vaivén del agua y la intemperie, la joven sonrió un momento, adivinando con precisión de astrólogo los cimientos de palabras con los que levantaría aquella suerte de mito oculto, mientras caminaba ensimismada bajo la llovizna gris. Contempló, desde la calle, el mar de gente acelerada por el apremio de la lluvia, y se dio cuenta, con el pecho oprimido, de que pocas personas podrían estar de verdad interesadas en el final de los Romanov.

“Bueno, al menos a mí me importa… esto tiene que bastar para empezar”, se dijo dándose valor, intentando de cualquier modo sostener su extremo del universo, para que éste no cayera en los vericuetos vagos de la realidad. Cruzó Park Avenue y caminó los doce pasos que le restaban, hasta llegar a la puerta de las oficinas de Look, en Manhattan, el corazón de Nueva York. Con el alma excitada por la verdad revelada y una brisa blanda sobre los hombros, entró en el portentoso y selecto edificio de oficinas…

Sinopsis:

Novela histórica a propósito de la última familia imperial rusa. Paula Shaw, neoyorkina y periodista, devota de la historia de los Romanovs; descubre el secreto mejor guardado acerca del final del Zar y su familia.

Nos han enseñado a creer que la verdad es una sola, y que lo que hoy sucede no guarda relaciòn con el pasado. Pero a veces, uno abre una puerta… y descubre algo, aunque sea peligroso denunciarlo.


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