EL OLOR A MUERTE ME RESULTÓ MUY ERÓTICO

EL OLOR A MUERTE ME RESULTÓ MUY ERÓTICO

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26/02/2018

SINOPSIS

Bienvenidos a la mente de Martín, un hombre poco soñador que trata de hacerse adulto antes de que sea demasiado viejo, un ser solitario, casi autista, pegado a su insaciable pene, encerrado en su soporífera rutina, ensimismado y arisco, que rehúye a todo tipo de comunicación o sociabilidad susceptible de cuestionarlo. Y opta por la evasión o por el repliegue en sí mismo con el fuerte maderaje de la pelvis de Dorismar. Ambos se tornarán en fantasías, voyeurs, exhibicionistas, animales, monstruos, autores de otra historia más macabra. Sí, pronto empezarán a volverse difusas las fronteras entre orgasmo y muerte. Pornográfica y de suspenso psicológico esta novela atrapa al lector en el infinito caracol de una escalera donde exceso y agonía se alternan continuamente y donde parece que la noche no terminará nunca.

¿POR QUÉ DEBEMOS LEER ESTE LIBRO?

Porque quizá ya leíste sagas como las de Harry Potter y Crepúsculo. Así que, bueno, si ya fuiste capaz de leer esa basura y tu cerebro permanece funcionando de una forma más o menos normal, es obvio que no te pasará nada si te animas a leer mi libro. Además, mi libro sí contiene varias escenas sexualmente explícitas.

El diablo está aquí, saturando las cavidades de mis entrañas como una fuerza densa, maligna y cegadora que sencillamente no soy capaz de ver, aunque la sienta.

No viene al caso precisar desde hace cuánto tiempo, sea mucho o poco, soy adicto al ron. Apenas es esencial admitir que el ron me ha llenado de tumultos las cámaras más remotas del cerebro. Sin embargo, en este instante, ante la visión que me ofrece el cadáver de Dorismar, estoy consciente, inexplicablemente consciente de la realidad.

¿Qué es la realidad?

Una muerta, la que yo, la que nosotros, la que yo he matado.

Yo, nosotros, yo.

Hay sangre por todas partes. Cuando digo por todas partes, me refiero a todas: las paredes, las cortinas de la ventana, el buró… y luego por el suelo, reunida en un charco viscoso y tentacular que se agranda lentamente.

Fragmentos perlados de tejido cerebral flotan en el líquido rojizo, alejándose perezosamente del cráneo machacado.

Podría tratar de justificarme, podría decir que el diablo fue quien mató a Dorismar… pero sé que yo la maté. Por eso estoy así, escribiendo.

Sí, escribiendo, a mi pesar, con dolor y precaución. Con dolor porque no puedo mentirme: no tendría entonces ningún sentido que me desahogara aquí. Con precaución, porque en lo que voy a relatar ningún afán tengo de proponer una teoría cualquiera, oponerme a ella o darle apoyo. Por mucho que he reflexionado, no encuentro explicación lógica alguna… ¿Será porque en las intervenciones diabólicas no hay lógica? Pudiera ser… Sin embargo, una hipótesis errónea al respecto podría sugerir una conclusión que del todo carecería de fundamento. No se le puede relacionar con alguna peculiaridad heredada, ni tampoco tuve jamás experiencia similar y jamás espero volver a tener otra.

¡Es cierto! Me encuentro cerca de la locura, casi loco, casi. Así que regresaré al principio, porque de lo contrario, temo volverme completamente loco.

Todo empezó una tarde de enero, en que como todas las tardes, me encontraba detrás de mi escritorio, resguardado (¿resguardado?) por un biombo de conglomerado gris que me separaba del resto de empleados, al igual que otros semejantes les separaban a ellos entre sí.

Las cosas iban igual que siempre, parecía que estaba terminando una jornada laboral como cualquier otra, pero no era así: aquella tarde de enero yo acababa de cruzar una frontera tenue, una de esas fronteras que pueden convertir la realidad en una dimensión indudablemente más siniestra.

Esperé a que la computadora se apagara mientras mis ojos se adherían a los ojos de Dorismar, quien venía a entregarme un fajo de papeles. Caminaba altiva, con mucho meneo de nalgas. Me observaba con cierta insolencia y descaro encubiertos, deteniéndose en cada resquicio de mi ropa. Parecía tomar nota de cada detalle, como un perito reconociendo los daños de un vehículo siniestrado para dar parte al seguro. Sonrió ampliamente; tenía, advertí, unos dientes pequeños y blancos muy bonitos, bastante regulares, bien formados. Casi perfectos, de hecho, si no fuera por el despicado del incisivo superior derecho perdido en la adolescencia en el borde de una piscina. La sonrisa, pese a la imperfección, o gracias a ésta, que la hacía más sexy, más coqueta, era de femme fatale y a la vez de niña traviesa. Aquí se podría quedar la descripción de Dorismar, si alguien estuviera dispuesto a caer en mis delirios odontológicos o a realizar un estudio antropológico sobre los simbolismos que se relacionan con la excitación sexual masculina y la cavidad bucal femenina. Pero para ser más claros hay que escribir más bien que Dorismar estaba, en el mal sentido de la palabra, buena. Sabrosa, como dicen en mi barrio, aunque no muy alta de estatura. Era redondeada, llena, de formas generosas. De cara, en conjunto, bonita, atractiva. Ésa sí que era una secretaria. Apenas podía dominar mis pensamientos que, una y otra vez, mientras ella se aproximaba con lentitud, se dispersaban, inquietos, curiosos, por sus curvas y protuberancias perfectamente dibujadas por el ajustadísimo vestido. Y esos ojos estaban fijos en mí: me iluminaban, me escaneaban. Así que, ¿cómo evitar la gradual solidificación de mi verga? Si al menos pudiera hacer algo (pensé). Quemar papel, tirar la computadora por la ventana, gritar, no sé, algo.

En realidad, habría preferido aparearme con Dorismar. Simplemente deseaba bajarle las bragas más allá de las rodillas y meterle la verga. Pero eso no era más que un sueño. Porque, si bien el Jefe me calificaba enjundiosamente como un excelente empleado, mi alcoholismo seguía incrementándose. Todas las noches me bebía yo solo una botella de ron. Y no me dejaba engañar; jamás imaginaba que por el hecho de ser un «excelente empleado», arribar a la oficina recién bañado o esforzarme siempre al máximo para obtener un sueldo mediocre, poseía alguna oportunidad para siquiera tocarle una uña a Dorismar.

Sus caderas seguían bamboleándose, estremeciéndose, retorciéndose bajo aquella prisión que era su vestido. No sé si la soledad asomó a mis ojos o ella la advirtió en esa tienda de campaña que se irguió en mi bragueta; lo cierto es que permanecía mirándome con esa seguridad que tiene una mamacita cuando sabe que un hombre la ha colocado en un pedestal, y está interiormente arrodillado a sus pies.

Tiritando, librando una guerra encarnizada contra el instinto hormonal, me la imaginé cagando. Sí, ahí estaba: en un elegante y solitario baño público, sentada en la taza, las bragas a la altura de las rodillas, los codos sobre las rodillas, los ojos entrecerrados, la cara enrojecida, sudorosa, haciendo una “o” admirativa con los labios, pujando, temblando, disparando apestosos pedos, dando a entender que había empezado a liberar a un excesivamente grande y necio Willy marrón. Y luego ahí estaba: limpiándose el rabo, dejando sin querer unas pequeñísimas estalactitas de caca enganchadas en los pelos de su asterisco, formando una gran bola de papel higiénico cargada de mazacotes tibios y malolientes, subiéndose las bragas sin ninguna gracia, admirando sin ninguna muestra de asco cómo el majestuoso Willy flotaba en el agua antes de jalar la cadena. Pero este ejercicio imaginativo originó sin aparente razón que saltara a mis ojos la verdad. Y aunque me resistía a aceptar algo semejante, había pasado por mi cabeza: pronto cumpliría treinta años, y lo único bueno que podía decir a mi favor era que tenía una enorme televisión de pantalla plana, a la que por otra parte casi no veía.

¿Dónde encajaba? Estaba trabajando. Llevaba cuatro años trabajando en la oficina, pero… algo fallaba. Mis sueños más recientes, mis convencimientos más actuales, mis temores más frescos, en fin, los últimos cuatro capítulos de mi biografía los había guardado para mí, sin hablarlos con nadie. Y era explicable. ¿Con quién hubiera podido comentarlos? ¿Con mi padre? De sólo imaginarlo se me ponía la carne de gallina. ¿Con mis vecinos? Sus propios conflictos existenciales me volvían herméticamente reservado. ¿Con la gente del empleo? Sería un paso en falso y, a la vez, la absoluta seguridad de que en la oficina no había amigos; había tipos que se veían todos los días, que rabiaban juntos o separados, que hacían chistes y se los festejaban, que se intercambiaban sus quejas y se transmitían sus rencores, que murmuraban del salario en general y adulaban al Jefe en particular. Eso se llamaba CONVIVENCIA, pero sólo por espejismo la convivencia podía llegar a parecerse a la amistad. En tantos períodos de oficina, suponía que Dorismar era mi único afecto verdadero. Los demás tenían la desventaja de la relación no elegida, del vínculo impuesto por las circunstancias. Sin embargo, a veces nos reíamos juntos, tomábamos alguna copa, nos tratábamos con simpatía. En el fondo, cada uno era un desconocido para los otros, porque en ese tipo de relación superficial se hablaba de muchas cosas, pero nunca de las vitales, nunca de las verdaderamente importantes y decisivas. El trabajo era lo que impedía otra clase de confianza; el trabajo, esa especie de constante martilleo, o de morfina, o de gas tóxico.

En un sentido más amplio, más allá de la rutina del trabajo, de emborracharme, de masturbarme y de dormir, el tiempo se convirtió en algo insignificante. Tres o cuatro hechos claves, tres o cuatro recuerdos fundamentales, otorgaban algún matiz a las semanas y los meses que pasaron volando, a los últimos cuatro capítulos de mi biografía. Nada más.

El recuerdo de mayor trascendencia venía de quince días atrás, cuando compré un revólver Smith & Wesson calibre .22 sin preguntarme para qué; el para qué quizá habría de saberse luego, o quizá nunca, o quizá no había ningún para qué; pero también compré ocho balas.

Mi vida no era mala. Aunque no era lo que esperaba que fuese cuando era más joven. De ningún modo sentía pena por mí mismo. Simplemente nunca esperé convertirme en ese hombre tan extraño en que me había convertido.

Y fue entonces, justo en el momento que la realidad venció a la imaginación, cuando se produjo un torbellino. Un lento torbellino encendido me rodeaba, me llevaba, un torbellino de bruma, de luces, en mi escritorio, en Dorismar que interrumpía de golpe su cadenciosa marcha. Me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez. Era como un desasosiego, una angustia, un período que precede a la tormenta. El mundo real se alejaba. ¿Esos signos delataban suficientemente la presencia del diablo?

—Hum, el Jefe me ha mandado, Martín —dijo Dorismar con voz suave y libidinosa—. ¿Podrías firmarme esto? —Pasándose la lengua por los labios, me mostró el fajo de papeles.— Por favor.

Su lengua me maravilló. La belleza salía del interior; por dentro también era adorable, y me dejé caer en el respaldo de la silla, viendo girar lentamente los colores a mi alrededor.

—Sí —contesté. En el momento que moví las mandíbulas al hablar, los maxilares superior e inferior se me separaron y cerraron de forma notable, y distinta de cómo lo hacían las mandíbulas humanas.

Y descubrí horrorizado que tenía menos conciencia de mí mismo, de mi propia existencia, que antes. Esa sensación fue tan insólita que al principio me desconcertó profundamente. Sentí deseos de preguntarle a Dorismar si yo era de veras yo o no lo era; pero, como imaginé lo absurdo que sería que preguntase algo así, me reprimí y mis dedos sufrieron un aparente alargamiento y mi abdomen, por segundos, aumentó como si fuese a parir. Aquella convicción de que no era ya yo mismo resultó abrumadora y muy desconcertante.

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