Segunda carta a mi abuelo

Segunda carta a mi abuelo

¿Te acuerdas de aquel columpio que me construiste? colgaste la soga del majestuoso sauce junto al río, yo me mecía en él, estirando bien mis pies intentando acercarme más al cielo, echaba bien atrás mi cabeza y los rayitos de sol que se escabullían entre las hojas del árbol me hacían cerrar los ojos.

Recuerdo las tantas veces que caminamos juntos hacia el parque, tomabas fuerte mi manita, contrastaba junto a tu piel tan morena erguías bien tu espalda y yo, mirando hacía arriba atrapaba tu sonrisa. Acariciabas mis rizos dorados, sentía tus dedos cálidos sobre mi cabeza, escuchaba tu andar a mi lado, ese caminar tuyo, de arrastrar tus zapatos al pisar.

Ya en la plaza la magia comenzaba, sacabas de tus viejos bolsillos unas cuantas monedas que me entregabas no sin antes contarlas una por una. Miraba a todos lados buscando al señor del carrito de paletas, y el, con su pequeña campana se hacía encontrar. Mis manos y ropa quedaban pegajosas y el buen perro que vivía en el parque gustosamente se daba a la tarea de limpiarme con su rasposa y larga lengua. Y después la música comenzaba a tintinear en mi cabeza, melodías que me hacían sentir princesa, tomaba de la orilla mi vestido y comenzaba a flotar y entre giros y giros buscaba tu mirada, tu, asentías risueño mi presentación de bailarina de ballet. Mi función finalizaba tumbada en el pasto, dejando mas recuerdos de colores a mi vestido que arduamente mi mamá lograría limpiar.

Me acuerdo de las noches de juegos de mesa contigo y mis hermanos, como olvidar lo buena que era en el dominó, difícilmente me lograbas ganar, y yo, me hinchaba de felicidad de vencer a alguien tan diestro como tú. Y ahí afuera de tu casa nos sentábamos en un largo tablón frente a la vieja mesa de madera esa que parecía ocultar secretos y silenciar recuerdos tantos como tu. Se escuchaba el cantar de los grillos, se veían danzar esas pequeñas lucecillas llamadas luciérnagas, y se podían apreciar las infinitas estrellas que decoraban el cielo, la luna nos iluminaba cual farol, nos cantaba disimulada susurrando para que la admiráramos. Encendías mezquites para ahuyentar los mosquitos, y quedábamos envueltos e impregnados de humo que se volvía mas denso al irse aminorando el fuego, fantaseaba y creaba figuras con el, como se acostumbra hacer con las nubes. Tras el cansancio, la vianda nos llamaba a tu cocina, el olor a tus tortillas de harina, tu atole, tu avena, la paciencia con la que nos la servías en el tazón de chorrito en chorrito para que se enfriara.

Nunca te pregunté que sentiste aquel día que subí al estrado y entre aplausos y júbilo también busqué tu mirada, quise ver si también asentías risueño, y te vi ahí sentado, otra vez con tu espalda bien erguida y te mostré con orgullo mi diploma levantándolo bien arriba, ese papel, testimonio del esfuerzo y apoyo que tuve de ti.

Tampoco te conté que el amor a escribir me nació debido ti, desde aquella primera carta que te hice, con mi letra torpe, garabatos que lograba hacer a mis cinco años. En ella intenté expresarte lo que representabas en mi vida, para mi eras un padre, no un abuelo, esa figura paterna que tu llenaste en ausencia del que la rechazó. Descubrí el poder de las palabras, al plasmarlas evitarían que me olvidaras, que a pesar que me fuera a vivir lejos, supieras que estarías en mi mente, en mis recuerdos, en todo mi ser, porque mucho de lo que yo era lo habías edificado tú.

¿Oyes eso? están llorando, están llorando por ti, tus hijos, los que engendraste, unos lo hacen escandalosamente, si me preguntas, lo hacen por remordimiento, como queriendo aligerar su conciencia, apaciguar su arrepentimiento, engañándose a sí mismos, excusándose por su abandono, por alejarse y no estar para ti cuando tuviste necesidad, de un abrazo quizá solamente; eso percibía yo en tu mirada que se perdía hacia el horizonte, esperando verlos regresar. Tus hijos los que te escogimos, mis hermanos y yo; tus nietos, cantamos otra canción en nuestro interior. Yo no lloro, de hecho estoy feliz, sabía de lo mucho que tu cuerpo ansiaba descansar, sólo me dan un poco de lástima aquellos que se quedan con un hueco en el alma, un hueco, que si les cuento todos esos momentos que tuve la dicha de vivir contigo se les ha de ahondar. Esos tesoros me los quedo yo, los guardaré en mi baúl de recuerdos.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS