Terremotos. 19 de septiembre

Terremotos. 19 de septiembre

Cuando fue el del 85, tenía 18 años. Vivía en el Estado de México, con mi mamá y mis 3 hermanos. Mi papá no vivía con nosotros, estaban separados.

Me estaba preparando para ir a mi escuela, que quedaba cerca de mi casa. Veía la televisión con mi mamá. A esa hora de la mañana, siempre ponía las noticias del canal 2. De pronto, la conductora dijo que estaba temblando, en la tele vi cómo se balanceaban a un lado y al otro las lámparas del estudio hasta que se fue la señal. Se cayeron unas transmisoras.

Sí lo sentí, pero muy leve. De ese lado de México los temblores casi no se sienten; decían. Creo que sigue siendo así.

Llegué a la escuela. Ahí supe la magnitud del temblor: 8.2 en la escala de Richter; había sido terrible para la ciudad de México. Las rutas de los autobuses escolares que iban del centro y sur de la ciudad no pudieron llegar ya que se abrieron zanjas, se rompieron calles y puentes y se cayeron edificios; había muerto mucha gente y mucha otra seguía atrapada en los escombros.

Viví todo eso muy lejano. Mi familia estaba bien y a mi alrededor todo estaba igual; no parecía haber pasado nada por donde yo vivía y gracias al cielo nadie conocido había sufrido las consecuencias.

No había los medios de comunicación que existen ahora. Nos enterábamos por las noticias de la tele, del radio o periódico. Obviamente de lo que el gobierno quería que nos enteráramos, no de más. Así que permanecí ausente de mucho de lo sucedido a tanta gente. Veía y escuchaba el drama en México igual como escuchaba o veía lo que sucedía en otros países, donde estando lejos no podías hacer gran cosa por los afectados. Me daba tristeza tanta devastación, pero estaba muy distante como para involucrarme.

32 años después, en la misma fecha, viví otro terremoto. Esta vez aterrador. El epicentro fue en en el estado de Morelos; donde vivo yo.

Estaba en la Hacienda Cocoyoc, en la recepción pidiendo una factura. Mis amigas, con las que celebraba el cumpleaños de una de ellas en uno de los restaurantes habían salido a un jardín; las iba a alcanzar para hacernos unas fotos en ese lugar maravilloso lleno de fuentes y flores.

Esperaba a ser atendida cuando todo empezó a vibrar haciendo ruidos estremecedores; la tierra brincaba y todo junto con ella.

Yo estaba a unos 20 pasos de la salida principal. Con dificultad corrí hacia ella. Justo detrás de mí escuché romperse los cristales de los arcos que formaban el techo de la entrada y caer a mis espaldas. Me dio pánico que me cayeran encima los enormes vidrios desde esa altura, que son unos cuatro o cinco metros.

Seguí corriendo; cuando me sentí un poco a salvo de los vidrios, frente a mí y a mis costados, se empezaron a derrumbar los arcos de esa magnífica construcción de la época colonial. Si hubiera ido un paso adelante, no estaría relatando esta experiencia. Pero como decimos por aquí: el hubiera no existe.

Ya parada en el empedrado del estacionamiento, fuera del alcance de los cristales y los muros; de ser trepidatorio, el movimiento de la tierra cambió a oscilatorio. El edificio crujía, la tierra rugía; veía el suelo moverse bajo mis pies; las piedras que por tantos años estuvieron tan bien acomodadas hasta hacía un minuto, ahora saltaban de sus huecos de cemento, rechinando unas contra otras junto con el grave rumor de algo que parecía que en cualquier momento emergería de las entrañas del subsuelo para devorarnos a todos; tenía pavor de estar presenciando tan violenta expresión del planeta.

Sin embargo, lo único que en ése momento estrujaba mi corazón y mi pensamiento, era mi familia: la hija que vivía conmigo, que se había quedado sola en casa; mis dos hijas mayores que iban a la universidad una en el sur y otra en la colonia Roma, en el centro de la Ciudad de México y mi esposo, que estaba en ese momento trabajando en un 5° piso también en la Roma.

Comencé a marcar mi teléfono celular, el sismo no cesaba. Yo gritaba y lloraba pensando en mis hijas y mi esposo.

Un señor junto de mí gritaba:

-Mi familia, mi familia

Una mujer se acercó a mí y no sé cómo me vio pero me dijo tomándome de los hombros, con un tono maternal:

– No te preocupes, van a estar bien.

Nadie podíamos hacer llamadas. Quise enviar mensajes y tampoco salían; pero se grabó uno con mi voz; les pedía, con desesperación que se reportaran al grupo de familia que tenemos en Whatsapp.

Vi entonces un mensaje, de hacía unas horas, de mi hija la que estaba en la casa pidiéndome permiso para ir a desayunar con un amigo, y luego avisándome que se había ido. Al menos no estaba sola.

De repente, ya no temblaba la tierra, pero sí la gente sobre de ella.

Llegué con mis amigas; después de ver que estaban bien, corrí a mi auto. Siguieron un par de horas de angustia y desesperación. Mi móvil se quedó sin batería. Llegué a mi casa; adornos de la sala y libros en el suelo; no había electricidad, ni señal de internet. Estaba incomunicada y no sabía cómo estaba mi familia. Las noticias en el radio eran estremecedoras. En la colonia Roma se habían caído varios edificios, otros tantos por toda la ciudad.

Busqué a mi hija menor y la encontré a salvo. Su teléfono no tenía señal pero sí batería. Descubrimos que en algunos puntos de nuestro fraccionamiento había algo de señal. Por fin supimos que mi familia estaba bien; también mis hermanos y demás parientes.

El pueblo de México demostró su grandeza una vez más. Sin distinción de credo, clase social, ni color, como un solo ente salimos a las calles a ayudar a nuestros compatriotas en necesidad. Pese a la constante corrupción del gobierno.

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