Tejiendo venganzas

Tejiendo venganzas

ag

20/09/2017

—¿Quiénes son?

—¿Tú también las ves? —me preguntó mi abuelo.

Su voz no sonó como esperaba, y de no ser porque podía ver sus secos y cuarteados labios moverse, podría decir que hablaba un narrador omnisciente y ajeno a la escena.

Asentí casi sin querer, ya que no se me ocurrió hacer otra cosa en esa circunstancia en la que, por más que lo intentara, no encontraba las palabras adecuadas, ni las fuerzas para poder decirlas. Estaba hipnotizado bajo la atenta mirada de unas desconocidas mujeres que nos observaban desde lejos.

—Son mis exnovias —dijo.

Al hablar de nuevo, empecé a reconocer su voz. Es cierto que me sería imposible saber cómo era. Su tono, sus vibraciones… Pero aquella voz empezó a tomar forma, despertando algo en mi interior.

—¿Y qué hacen ahí? —pregunté con cierto entusiasmo.

Por lo contrario, mi voz empezó a sonar de forma distinta, como si alguien estuviera jugando con mis cuerdas vocales, moldeando mi tono y convirtiéndola en la del crío que mucho tiempo atrás fui.

—Eso mismo me pregunto —dijo sin ganas, como si en vez de hablar tan sólo quisiera soltar una gran bocanada de aire.

Como emulando a unos despiadados cuervos, las mujeres posaban sobre un tendido de cables eléctricos, sin apartar la mirada de nosotros. Sus rostros apenas eran visibles, pero, por alguna razón podía identificarlas.

—Cada día me siento en este banco y las observo, divagando sobre qué hacen ahí —cruzó las manos, como solía hacer, dejando su bastón preferido color cerezo entre las piernas—. Si te fijas bien, verás que mueven sus bocas. Deben estar hablando, quizá, confabulando contra mí.

Su mirada parecía perdida y sus ojos llorosos. Angustiado por la escena, sentí un incontrolable deseo de abandonar a ese hombre que en cualquier momento se derrumbaría y empezaría a llorar sin consuelo alguno.

—Quieras o no creerlo para mí es una tortura verlas ahí sentadas, mirándome.

Suspiró con fuerza, midiendo el tiempo con meticulosidad para acabar dejando caer un silencio devastador sobre nosotros.

—Con el paso del tiempo he llegado a creer que es un maléfico plan, una venganza lenta y fría para volverme loco —dijo al fin, ladeando la cabeza para mostrarme sus ojos; dos enormes bolas de hielo, deshaciéndose paulatinamente—. Y lo están consiguiendo.

Me sentí incapaz de mediar palabra. No podría aportar algo de valor a la conversación. Ni siquiera sabría cómo consolarlo; a fin de cuentas yo no era más que un crío y se me hacía imposible entender el grado de perversión de esas mujeres y porqué atentaban contra él con semejante maldad. Él no merecía tal castigo, siempre había sido —o eso creía yo— un galán en toda regla. Aunque, por otra parte, es cierto que si mantuvo tantas relaciones había algún aspecto de él que se me había ocultado. Yo no conocía su faceta de donjuán y al imaginarlo algo en mí se quebró, supongo, no lo recuerdo del todo bien, pero, a partir de entonces su compañía ya no me era tan grata.

—Y la abuela, ¿está entre ellas? —me aventuré a preguntar.

—No, ella no. A ella no la dejé colgada —tomó aire y guardó silencio—. La abandoné, sí, pero no de la misma forma que a esas brujas—dijo después.

Acto seguido levantó el bastón para apuntar a las mujeres, que seguían tejiendo la maraña de despiadadas venganzas contra él. Parecían ensimismadas con el sufrimiento interno de mi abuelo. Sus miradas crisparon mi piel y se me hizo imposible respirar.

—Dile que la quiero. Que estaré esperando aquí —soltó.

Por un momento pensé que iba a levantarse y alejarse, quizá desvanecerse entre la repentina niebla, pero no fue así. Tan sólo me dedicó una ambigua sonrisa indescriptible. Dudé en decirle que la abuela murió al poco tiempo, pero intuí que saberlo le afligiría incluso más que la tortura de esas brujas.

—Pero, ¿por qué estoy aquí? —quise cambiar de tema.

—Te vas a casar, ¿no? —dijo con voz rota, tan aguda, tan fría. No podía proceder de un hombre.

—Aún no me he declarado —dije, y un repentino e inexplicable miedo a una represalia por su parte me invadió—. Tengo dudas.

—¿Crees que tu mujer podría acabar tejiendo venganzas ahí arriba? —su voz, ahora, parecía la mía.

No pude decir nada. En aquel momento dudaba de todo. Incluso de mi propia existencia.

—¿Puedo ver el anillo? —espetó.

No le importaba lo que yo dijera, cómo me sintiera o en qué pensara. Hablar con él era igual que hablar con un holograma inexpresivo, ajeno a mis sentimientos.

Empecé a buscar el anillo en los bolsillos del pantalón, unos bolsillos que de pronto no tenían fin. Por más que buscara, no lo encontraría. Mis manos empezaron a sudar y de igual forma que los bolsillos se humedecían, los ojos de mi abuelo también. Tras sus gafas, mantenía la mirada perdida entre los cables donde las brujas susurraban unos malévolos planes que jamás conoceríamos.

Entendí, entonces, que me encontraba en una ventana atemporal, sin sentido alguno, ni ley o lógica. Donde tan sólo estaban aquellas ancianas, que empezaban a difuminarse, y mi abuelo, hablando con una extraña voz. Una voz que ni siquiera sabría decir si era la suya, ya que jamás tuve el placer de escucharle hablar.

Supongo que es una ironía —dijo desanimado, como si hubiera encontrado la lógica de aquel cuadro que nos amparaba—. Yo las deje colgadas y ahí están esperando algo, a alguien…

Asentí, obstinado a la idea de que jamás podría mostrarle el anillo, perdido en el mar de mis bolsillos.

*

Fue una fría brisa de septiembre lo que me despertó, acariciando mi desnuda espalda y llevándose consigo los recuerdos de aquella extraña charla. Apenas podía distinguir qué había dicho quién y si realmente ese hombre era mi abuelo.

Ese sueño ya era un simple borrón, una mancha, como lo fueron aquellas mujeres para mí.

—No —susurré al observar a la mujer que yacía a mi lado—. Ella no acabará tejiendo venganzas.

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