POR TAN SOLO UN MINUTO MÁS

POR TAN SOLO UN MINUTO MÁS


marzo del 2016

6:05 a.m.

Me levanto cinco minutos después de sonar el despertador, desganada como cada mañana, me despido del calor de las cobijas, mis pies tocan el piso frío, me echo un suéter encima para bajar a la cocina y empezar mi rutina.

6:30 a.m.

Mi esposo se despide como acostumbra, me abraza y me besa, le digo la misma frase trillada: «que te vaya bien, cuídate mucho»; el día anterior me había comentado que tendría una jornada ardua de trabajo, así que le preparé un copiosos desayuno. Ya eran más de dieciséis años de cocinar sus alimentos, por lo que en ocasiones, me ganaba la pereza y el infortunado se iba con el estómago vacío.

6:45 a.m.

Había regresado a la cama unos minutos más, en lo que despertaba a mis hijos a prepararse para la escuela. Suena mi teléfono, me sorprende, es el número del celular de mi esposo, no había transcurrido el tiempo suficiente para que llegara al trabajo, abro la llamada y escucho su voz: «chaparra, me chocaron, estoy cerca del trabajo». No alcanzo a pronunciar palabra, cuelga.

6:50 a.m.

Salí poniéndome únicamente los zapatos, mientras conducía mi mente divagaba: «probablemente fue como la ocasión anterior, que llegó con el cochecito que teníamos, con la parte lateral destruida.»Qué pasó —pregunté asustada ese día; —no es nada —contestó tranquilamente—, un auto le dio de reversa sin fijarse, nada más sentí el empujón.

Recorrí las dos avenidas principales y algunos kilómetros de la autopista, me pareció eterno el trayecto para llegar al lugar del accidente.

7:22 a.m.

Me estacioné bajándome un poco del camino, la carretera estaba completamente obstruida. No puedo describir lo que sentí ante tal escena, mi mente se bloqueó para actuar de una manera prudente. Di un par de pasos, frente a mi un montón de patrullas, gente aquí y allá, autos estacionados sin orden alguno. Una muralla de metal retorcido bloqueaba los carriles, era la caja de un camión que cargaba astilla de madera, la cual, estaba esparcida por todos lados.

A mi izquierda a unos metros, estaba el tractor, desfigurado por completo, le faltaba toda la parte frontal.

Miré a la derecha, tuve ganas de vomitar, el auto de mi esposo estaba empinado en un vado, irreconocible…

Me acerqué y entreví por la ventanilla, mi esposo no estaba dentro. ¿—Dónde está el señor que venía en el auto?, dirigiéndome a un oficial de tránsito, —se lo llevó la ambulancia del pueblo —espetó. ¡—Es mi esposo, cómo hago para pasar! —pregunté desesperada, al ver la carretera bloqueada. Otro agente me informó de una brecha que corría lateral a las vías; —por allá —señaló apuntando a mi derecha—, está deteriorada, vaya con cuidado.

De regreso hacia mi auto, resbalé con el pavimento, estaba mojado y lleno de aceite. ¡—Cuidado señora! —me gritó un hombre adulto, al mismo tiempo que tomaba mi brazo evitando que cayera. «—Que desgracia —dijo pausadamente mientras observaba el trágico panorama—, colisionar con el tren.»

«Con el tren», hasta entonces entendí la magnitud del accidente. Mi corazón se detuvo abruptamente.

Definitivamente en un minuto la vida puede cambiar.

agosto de 1996

Entré a estudiar al Tecnológico por falta de otra opción, ninguna de las carreras que se ofrecían se me antojaba, pero mi mamá ya me había amenazado: «estudias o trabajas», y después de pasar el verano trabajando en una maquiladora, no había que pensar.

Sentada en la cafetería observaba el ir y venir de los estudiantes. ¡Lo vi!, iba con unos amigos; sonreía, es la sonrisa mas transparente que no vi jamás. Confirmé que el amor a primera vista si existía.

septiembre de 1996

Hice todos los intentos por captar su atención, lo que me pareció bastante frustrante; no era difícil conseguir que un chico me volteara a ver, al parecer, él, estaba vacunado contra mi encanto. Un día, su grupo de clases organizó una exposición, asistí con una amiga, a la cual él saludó, aproveché la oportunidad para que me notara, le sonreí coqueta, cuando ella nos presentó, extendió su mano saludándome, pero inmediatamente después volteó de frente a mi amiga, me dio la espalda y se puso a conversar con ella, me fui lentamente con mi ego por los suelos.

diciembre de 1996

Estábamos en el antro festejando el cumpleaños de mi hermana; íbamos con mi cuñado, mi prima y el novio. Se fueron ellos a bailar, me quedé sola, recargada en la barandilla; la música estridente hacía retumbar las paredes, varios hombres se acercaron a invitarme a la pista, me negué, no estaba de ánimos.

¡Y apareciste!, creí que eras un espejismo, ibas pasando a mi lado cuando te agarré del suéter para que voltearas, ¡—hola, ¿te acuerdas de mi? soy la amiga de Brenda! —lo dije gritando; me miraste desconcertado por un segundo, ¿—quieres bailar?, te acercaste a mi oído para que te escuchara, me diste la mano, y me quedé con ella, no pensé en volverla a soltar…


noviembre del 2016

Estoy sentada contemplando tus flores. Me las regalaste por nuestro decimoséptimo aniversario. Medito en el hecho de que, si hubieras salido un minuto antes de casa, el tren también te habría impactado, como lo hizo contra el camión que te embistió. Me siento afortunada, vivimos cosas difíciles tras tu accidente; esa experiencia nos volvió mas fuertes, más unidos; me hizo valorar el despertar junto a ti cada mañana, ya no con monotonía, si no como un regalo que la vida nos dio para seguir tomados de la mano…

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