Hace 2 años, al fallecer mi madre, Rosaria, siciliana de Siracusa, encontré, bien guardada en un armario de mi casa paterna, una pequeña valija de cartón marrón, que enseguida reconocí como la que mi padre, Angiolo, tantas veces me contara que había sido su única posesión al emigrar a Argentina.

Y fue tan solo con esa pequeña valija, forrada en su interior con papel estampado en verde y blanco, que dejó su Isla d’Elba, para dirigirse al continente italiano, Piombino, y desde allí en tren hasta Génova donde se embarcara en la nave hacia América.

Fue esa valija la que portara sus escasas pertenencias personales en aquel barco que, habiendo partido en diciembre de 1949, tardara 24 días en surcar el océano Atlántico pasando por el mítico Gibraltar e Islas Canarias.

Hoy, la misma valija yace en el desván de mi casa guardando los recuerdos invisibles de la juventud de mi padre y sus despedidas, uno de los verdaderos tesoros heredados.

Al abrirla después de tanto tiempo, brotaron lágrimas de emoción y melancolía en mis ojos, al imaginar la incertidumbre y la esperanza combinados que la misma había transportado en sus manos encallecidas de picapedrero y que probablemente temblarían al subir al piróscafo tras el abrazo de despedida de sus padres, dejando atrás los sonoros campaniles pueblerinos.

Lo imagino con su traje dominguero oscuro, la camisa blanca y de corbata, contemplando, por la ventanilla del compartimento del tren, la campiña italiana bordeando la costa tirrena, apenas recuperándose de la devastación de la salvaje Segunda Guerra y que creía ver por última vez.

Sólo ahora, en mi madurez, alcanzo a comprender los motivos de sus temores a regresar a su isla natal, cuando decía: “¿para qué volver si después me tengo que despedir otra vez?!”. ¡Cuánto sufrimiento provoca el desarraigo después de tanto miedo a morir en un instante por el peso de una bomba arrojada por enemigos que al final de la guerra, paradójicamente, aparecieron como aliados salvadores!

Claro que aquella valija alcanzaba para llevar lo necesario para huir del hambre y otras tantas miserias, con la retina impregnada de las bellas montañas de su isla, bañadas por el Tirreno en el Archipiélago Toscano, donde en su infancia y juventud llevara a pastorear las cabras de la familia que los alimentaran con sus quesos y ricotas; montes excavados para extraerle su hierro transformado en material bélico por los nazis y en cuyas minas mi padre trabajara de noche como reemplazo de mi abuelo, después de recorrer sus caminos de cornisa y llanuras en bicicleta; las minas en las que mi padre, venciendo su propio sueño, debía evitar que se inundaran de agua activando oportunamente un motor de desagote.

¿Cuántas veces, en aquel viaje de huída del espanto, se habrán empañado los ojos de mi padre, y su retina habrá guardado imágenes borrosas de aquel panorama toscano que se deslizaba ante él al paso del tren?! ¿Cuántas veces habrá blasfemado en aquel viaje cada vez que el barco se balanceaba por la brutal fuerza de las olas durante las tormentas?! ¡Cuántas veces lo vi desesperarse por el viento huracanado, desde mi infancia, porque creía que provocaría la voladura del techo de nuestra casa!

Hoy sé que seguramente aquel viento semejaría el rumor de los aviones bombarderos enemigos sobrevolando su pueblo, San Piero, durante los apagones programados para hacerse invisibles en la oscuridad de la noche.

Aquel viento re-evocaría el rugir de las olas que cruzaban de babor a estribor y agitaban la nave cuya cubierta, a sus 24 años, mi padre recorría con otro joven desafiando la fuerza furiosa del mar.

Así crecí yo con los relatos de la calma de la vida isleña alternando con los fantasmas de la guerra atroz que mi padre me enseñó a detestar. Una guerra de de 100 gramos de pan por persona, de escasez de aceite y de otros productos indispensables para sobrevivir.

Finalmente, el 30 de diciembre, llegó con su equipaje al puerto de Buenos Aires, con 5 liras en el bolsillo y un abrazo preparado para su tío Tista que había emigrado en 1913 con su esposa Vittoria y sus 3 hijos, entre ellos Lida quien fuera mi amada y admirada madrina de bautismo.

Ocho meses vivió mi padre en casa de su tío en el barrio de la Boca, agradecido hasta el último día de su vida por la comida y las atenciones prodigadas por su prima Lida. Ocho meses trabajó en la fábrica textil Alpargatas, puesto con el que pudo ahorrar lo suficiente para alquilar una casa en Avellaneda para mis abuelos Aristides y María; ahorros que alcanzaron, además, para un traje nuevo para mi tío Benito, el menor de sus hermanos.

Una vez llegados sus padres y su hermano a la Argentina, decidió cambiar nuevamente a su oficio de picapedrero en marmolerías importantes; para luego probar suerte en las canteras de Mar del Plata, en 1952, justo el año en que mi madre, quien residía en esa ciudad, se mudara con su familia paterna a Avellaneda, donde finalmente, en julio de 1955, se conocieran gracias a las largas colas en las panaderías para comprar el pan que también en Argentina escaseaba por entonces, por obra de dos parientas, celestinas incorregibles, que signaron el destino de estos dos jóvenes isleños del Tirreno, por entonces ambos inmigrantes habitantes de Avellaneda.

Un año y medio después, celebraron su matrimonio, y se radicaron en una humilde pero pulcra vivienda en el Gran Buenos Aires, que mi padre fue construyendo, a lo largo de su vida, embelleciéndola con los dones naturales de los mármoles y el granito con los que desarrollaba su oficio.

Sólo una vez se animó mi padre a regresar a Elba en 1991, para redescubrirla pujante y llena de alegría, con escasos viñedos cultivados; para descubrir el paso del tiempo en sus hermanos, sus sobrinos y sus coetáneos, y que aún permanecía vivo en el recuerdo de quienes lo seguían extrañando, amando…

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