Mosquitos en el parabrisas y funciones lineales

Mosquitos en el parabrisas y funciones lineales

Carol García

24/05/2017

Supongo que encontrar la relación entre los mosquitos en el parabrisas de tu coche y las funciones lineales, podría parecer el objetivo de un controvertido estudio, desarrollado en alguna lejana universidad, de nombre desconocido e impronunciable y seguramente de dudosa reputación. Pero tras este ejercicio de profunda complejidad, solo existe en realidad, la mundana y poco trascendente consecuencia, que el orden de mis acontecimientos cotidianos provoca.

Tengo, lo que la mayoría de la gente consideraría, actualmente un buen trabajo. Una buena compañía, sueldo aceptable. Dada la situación, no me puedo quejar. Pero os voy a decir, como es para mí un día normal. El día normal de una madre trabajadora. De esas madres que no llegamos a tiempo a casi ninguna reunión del AMPA, en la escuela. Bueno, ninguna…Ni podemos colaborar con la horrorosa decoración de la función navideña. Ni con las meriendas que organizan cada viernes, las repelentes madres perfectas, para recaudar fondos para la insoportable fiesta de fin de curso. Creo que soy el ejemplo claro y rotundo, de la mujer imperfecta.

Porque mis días comienzan de un modo muy diferente. Y a pesar de mis esfuerzos para salir de casa con un aspecto más que aceptable, reconozco que vuelvo irreconocible. Debe ser porque conducir durante cuatro horas hasta Valencia y volver el mismo día, no lo resiste ni un alisado japonés. Es cierto que mi profesión como asesora científica, me otorga «cierto glamour», que no tarda en desvanecerse cuando el baño de realidad te muestra, que al final consiste en recorrer España más que «El Quijote». Y aunque esos momentos de viaje pueden convertirse en pequeños y placenteros espacios de soledad, con la radio de fondo y sin ningún chillido infantil que te haga pensar que necesitas urgentemente fugarte a las Maldivas, en la mayoría de las ocasiones, la lluvia de insectos sobre el cristal del parabrisas acaba con la fugaz y frágil sensación de epifanía. Es normal. Por mucho que el trayecto Barcelona-Valencia te permita tiempo para divagar sobre el sentido de la existencia, el limpiaparabrisas siempre te devuelve a la cruda realidad, de los insignificantes mosquitos suicidándose contra el cristal de mi coche.

Pero aún así sales, ya no tan perfecta, del coche. Después de cuatro horas de viaje. Con la espalda algo contracturada y el maquillaje bastante desmejorado. Siempre intento retocarme. Y siempre me he olvidado el corrector de ojeras, colorete, pintalabios e incluso el peine, que en ese momento empieza a ser más que necesario. Estiro mi vestido para disimular las enormes arrugas que han aparecido, tras horas en la misma posición y empiezo a andar. Al fin y al cabo lo importante es el discurso. Conozco los datos, soy buena a nivel científico, pero ¡Dios, que mala cara hago ya!. Y con esa cara, me pongo ante veinte personas a dar una charla sobre «los efectos de los isótopos radioactivos sobre el sistema inmunitario» ¿A quién carajo le importa eso? Desde luego a los que están escuchando no. Si al menos mi pelo no hubiese adquirido ya, a estas alturas, un estilo algo «Afro»… ¿Por qué demonios empiezo a parecerme a Diana Ross? Suerte que la braga faja disimula la tripita incipiente. Claro, ya no soy tan joven. Pero en mi profesión, por encima de los treinta y cinco, ya somos todos demasiado mayores. Y se encargan de recordártelo.

De hecho si hago cuentas, cuando yo tenía novio, mi actual jefa estaba tomando leche de crecimiento. ¿Pero si no le ha dado tiempo, ni a aprender a darme órdenes? Si al menos ya hubiera dilatado diez centímetros, entendería por qué yo llevo braga faja. Y por qué no puedo pasarme las noches, como ella, estudiando los últimos artículos publicados en «The Lancet».

Bueno, que le den.

Hoy aún me quedan cuatro horas de vuelta a casa. Ya he terminado mi charla y me han aplaudido, pero creo que era porque no me han entendido. La fuerza nuclear débil es lo que tiene…fácil de entender no es. Espero poder parar en alguna área de descanso de la autopista para comer algo. Y espero poder resistirme y no comprarme las enormes y provocativas bolsas de gominolas que me suelen acompañar en mis largos viajes. Siempre recuerdo que no debo entretenerme mucho. A mi antigua jefa le daba miedo que me asaltaran en los servicios de alguna gasolinera solitaria. ¡Cómo la echo de menos!

Tengo que darme prisa y no llegar tarde a casa. Me toca estudiar con mi hijo las funciones lineales y afines.

¡Joder! Creo que tendré que repasármelo antes.

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