6 de enero

                                 «¿Es mejor vivir pisando sobre los algodones de una mentira o sobre los rotos cristales de la verdad?»

    Emily Kupson

 

  Nadie me lo había querido decir. Fue en una escala entre Jerusalén y Nueva York -de camino al congreso de astronomía, a la que era aficionado- cuando me detuve a hacerle una visita. Entonces no hubo más remedio y me enteré de que estaba muy enferma. Mi nanny, como presintiendo la tormenta, me preparó:

  -No la disgustes. Son sus últimos momentos. Deja que se marche en paz. Eso es lo principal, mi niño. ¡No la contradigas! No es tiempo de reproches… ¿Comprendes?

  Una madre no se va todos los días. Y todo fue tan de repente… Subí la gran escalinata, contemplando los cuadros de mi padre y de mis tíos. Todos parecían mirarme y prevenirme de lo que iba a suceder. Ella permanecía en la cama, con el gotero y el oxígeno puesto. Me valía un simple vistazo para comprender que poco se podía hacer ya. La enfermedad la había hecho suya, aunque aún le había permitido conservar la consciencia. Me miró, y me sonrió con la mirada:

  -Balty, hijo, no quería preocuparte… Pero me alegro de que hayas llegado a tiempo. Te esperaba… Es ya la hora para mí y antes debo prevenirte: revelarte ciertos detalles que debes saber para manejar plenamente los negocios familiares.

  ¿Quién, si no mi madre, podría controlar todo hasta el final? Ella, la mujer de negocios, independiente… y madre en la distancia.

  Me confesó que la fortuna familiar tuvo su origen en una sociedad entre mi progenitor y mis tíos. Que pasado un tiempo se disolvieron y que nuestro patrimonio, basado en el negocio siderúrgico, había progresado con el descubrimiento, por parte de mi padre, de nuestra gran mina de antracita. Después se incrementó considerablemente con la empresa que mis tíos habían creado al casarse: G&M, basic and fun. Empresa que habíamos heredado tras su muerte.

   Todo esto me lo contaba con la avidez de quien relata algo nuevo e inconfesable, como si yo no lo hubiese escuchado ya mil millones de veces. De nada serviría recordárselo.

  Luego empezó a farfullar cosas inconexas, como que solo se puede vivir hasta mil años desde que recibes la titularidad o la tremenda misión de la empresa. Empezó a hablarme de la gran noche -como la canción de Raphael-, del encargo y de números de cuentas secretas asociados a cajas de seguridad traídas desde no sé qué lugares remotos.

  -Hay que cumplir, hijo. Hay que cumplir. Y con discreción. No lo puedes olvidar. Yo lo he hecho durante todos estos años… No ha sido fácil para una mujer llevar un negocio de hombres. El resto del tiempo, a lo que quieras; pero esa noche… ¡Hay que cumplir! Es un deber sagrado…

  Se sobreexcitó y le faltó el aire. Su boca decidió callar, aunque no su mirada, que arremolinaba aún mil palabras que ya nunca más serían dichas. Momentos antes, me había hecho jurar una última locura: me pidió que, cuando faltase, debería romper el belén de terracota del s. XVIII que presidía su dormitorio. ¡Qué tontería! Pero no osé contradecirla. Como médico había visto una y otra vez situaciones como esa: la falta de oxígeno en el cerebro provoca estos delirios.

  Nada parecía tener sentido entonces. Y, sin embargo, sí lo cobró tras su muerte. Dentro de las figuritas del belén había cuatro papelitos: unos códigos, y unas sencillas instrucciones bancarias sobre cómo proceder a localizar y abrir las cajas asociadas.

                                                                _________________

  Ahora, sentado en aquella fría habitación de Liechtenstein, me sentía incapaz de proceder a la apertura. Tenía delante de mí lo que sería la respuesta a este loco mes que había puesto patas arriba mi mundo. Y no tenía el suficiente valor para enfrentarme a ello. Un batallón de pensamientos guerreaba en mi cabeza. Me sentía noqueado mientras me hacía mil preguntas que tenían como telón de fondo todos y cada uno de los sucesos del último mes. Sucesos que se proyectaban en imágines y voces inconexas a una velocidad vertiginosa.¿Qué asunto tan turbio iban a revelarme? ¿Mis padres habrían tratado con contrabando de armas? ¿Diamantes de sangre? ¿Trata de blancas?…  

   Cerré los ojos. Tomé aire. Traté de expulsar el miedo mecánicamente. Y abrí las cajas. Cajas que habían pertenecido a mi padre y a mis tíos. Y mi sorpresa fue mayúscula, y un tanto desconcertante: cada una de ellas contenía un antiguo cofrecito de madera de sándalo con sendos pergaminos, que completaban un mismo mensaje en latín: «El contenido jamás se acaba», «La sabiduría ha de ser tu maestra», «La codicia, tu enemiga». A su vez, cada uno de los cofres tenía una inicial grabada en el reverso de la tapa: B., G. y M. Y contenían tres elementos distintos, cuyo significado no lograba alcanzar: mirra, incienso y oro. La última caja estaba repleta de viejos diarios…

FIN

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