Mi infancia (historia real)

Mi infancia (historia real)

Diego D'Onofrio

08/07/2014

Mis primeros recuerdos se forjaron en una casa cuyas paredes no tenían revoque, los ladrillos desnudos hacían fácil imaginar las manos de mi padre, trabajando de sol a sol, levantando aquellas paredes como nos solía contar mi madre en historias a la hora de dormir.

El techo era de chapa, si llovía fuerte goteaba entre las uniones y el gris e irregular suelo de cemento se llenaba de cuencos y palanganas.

En casa éramos ocho: tres hermanas, dos hermanos, mis dos padres y yo. Algunas veces no había suficiente comida para todos y mi madre hábilmente la repartía entre mis hermanos y yo, en esas ocasiones mis padres no tenían hambre.
La casa era pequeña y muy húmeda, bastante fría en invierno y calurosa en verano por lo que la mayoría del tiempo nos lo pasábamos en la calle, en la casa de algún vecino o matando ratas en el baldío que daba a la parte de atrás de la vivienda, a veces alguna rata se colaba dentro y daba comienzo a una verdadera competencia entre todos los hermanos por matarla, teniendo siempre mucho cuidado de no ser mordidos ya que un vecinito había fallecido por ello.
Cuando alguno de nosotros se daba un golpe la respuesta de mi padre era siempre la misma, sin importar quien fuera decía –No llore, que a golpe se hacen los hombres– cosa que ninguno replicaba ya que lo entendíamos en el sentido más amplio de la expresión.
Rara vez venía algún familiar, todos vivían muy lejos y las visitas no eran más que dos o tres al año. Recuerdo perfectamente que cuando venían mis tíos solían traer comida y hacíamos un banquete, era una fiesta y mis padres los trataban como reyes, les agradecían mucho el habernos visitado y se emocionaban por ello, siempre a la hora de despedirlos mis padres los acompañaban hasta el coche y les daban las gracias una y otra vez.
Caminaba veinte minutos atravesando la zona portuaria para llegar al colegio, en camino se sumaban vecinos que iban conmigo, durante el segundo año de la primaria levaba a mi hermanito quien iba a primero, en tercero a mis dos hermanos y así sucesivamente hasta que en séptimo era seguido por un pequeño batallón de niños que, de alguna manera y sin que nadie me lo diga, eran mi responsabilidad.
Los cumpleaños eran días especiales, mi padre trabajaba bien la madera así que casi siempre los regalos eran algún juguete hecho por sus propias manos. No teníamos tartas de cumpleaños ni comidas diferentes, pero sí ese día se trataba de una forma especial al agasajado, por lo que si habíamos cometido alguna travesura, ése era el día para contarla ya que la pena era menor o nula.
Así fue mi infancia, llena de aventuras, de vivencias, de cosas que nos pasaban todos los días, de líos en los que nos metíamos que cada vez eran más grandes según crecíamos, pero también debo decir que hay mucha gente que no ha tenido mi suerte, gente muy pobre…
Hay en este mundo gente pobre que no tiene ladrillos que le recuerden el esfuerzo de sus padres para darles un lugar dónde vivir; pobres a los que sus padres no les contaron un cuento cada noche durante su infancia; gente que mira sin ver lo charcos que se ven sin mirar; gente tan pobre a la que no se les enseñó que si no alcanza para todos hay que repartir entre los que más lo necesitan. De hecho, he conocido gente tan pobre que en lugar de disfrutar de la lección aprendida, se quedan con el golpe, de esos que hay tantos en esta vida; sé de niños que van solos, todos los días al colegio, en el asiento trasero de un coche; niños que en su cumpleaños reciben regalos sin valor, vacíos de enseñanzas.
Me resulta injusto y hasta triste el haber tenido una infancia tan rica habiendo tanta gente pobre, pero lo que más triste me pone, es saber que cada día hay más gente pobre en este mundo, de hecho esto me entristece tanto que no puedo evitar que me salga alguna lágrima mientras lo escribo.

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