Andrés se sentaba cada día a las 08.30h en la mesa acostumbrada preparado para que le sirvieran el desayuno. Sabía que cinco minutos más tarde, exactos, aparecería Julia por la puerta para también sentarse en su mesa de costumbre, dos más allá que la de él. Hacía varios años que seguían este ritual y por eso no se habían planteado cambiar de rutina.

Después de tomar el café con leche y sus tostadas correspondientes, acompañadas de unos pocos cereales, salían del comedor también por separado y era en la recepción de la residencia en la que vivían donde se encontraban y se daban los buenos días.

Hacía ya diez años, con sesenta y siete, que Andrés decidió ir a vivir a aquella residencia a las afueras de la ciudad tras una difícil convivencia con su sobrino, su único familiar directo.

Jubilado de muchas profesiones, que le habían dejado una mediana pensión, residió muchos años en varios países europeos donde había ganado poco y vivido mucho. Ahora pasaba sus últimos días en esa agradable residencia, en una humilde habitación del segundo piso, donde destacaban dos sillas, una cómoda y ancha cama, un armario algo destartalado y el ordenador portátil encima de la mesa-escritorio comprado hacía ya algunos años. De la pared blanca unicamente colgaba un cuadro de medianas dimensiones, réplica del “Angelus” de Millet y por el que él siempre había sentido predilección.

Y era en esta habitación donde Andrés y Julia se reunían todos los días, sin perdonar uno, después de cada desayuno. Para ambos el mejor momento de la jornada.

Mientras el resto de compañeros de residencia paseaban por los jardines, leían o simplemente dormitaban frente al programa de corazón de turno, ellos dos se encerraban en la 204 hasta la hora del almuerzo.

Sucedía entonces que Julia entraba cada mañana en un viaje nunca antes sospechado por ella. Un viaje a través de 15 pulgadas, la pantalla del portátil de Andrés. Porque él, trotamundos como había sido, tenía miles de fotos encerradas en aquel cacharro, en un espacio cibernético que él nombraba y que ella ni entendía lo que era ni pretendía hacerlo: la Nube. Y en aquella nube, ensimismada, obnubilada por el paisaje y el paisanaje recorría media Europa y preguntaba sin parar: “¿dónde es esa foto?”, “¿y esa otra?”, “¿y ese que está ahí quién es?”, “¿y cómo llegaste hasta ese pueblo?”… Cientos y cientos de fotos escaneadas que cada jornada se desplegaban ante sus ojos y que con esmerada elección colocaba en aquella Nube el sobrino de Andrés desde su casa cada cierto tiempo para deleite de Julia.

De esta forma, Andrés, a golpe de click, le enseñó la verde campiña francesa donde había trabajado en la agricultura después de exiliarse, la cuenca del Rhur con la penuria de posguerra reflejada en la cara de los exhaustos mineros venidos de toda Europa, la imponente ciudad de Berlín resurgiendo de sus cenizas donde pasó más de diez años, su salto a la vecina Austria, su paso por el Algarve portugués antes de su regreso a España…

No cabía en aquella coqueta habitación tantos kilómetros, que diariamente ambos recorrían bajo la óptica de miles de píxeles que se juntaban para reunir la semblanza de toda una vida.

Una mañana Andrés no estaba sentado en su mesa de costumbre. Fue entonces cuando Julia entendió el revuelo que había oído la noche anterior y el intenso ruido de la sirena de la ambulancia percutiendo bajo la ventana de su dormitorio.

Nunca más preguntó por él y nunca más vio el mundo a través de 15 pulgadas. Su incipiente Alzheimer no le impidió darse cuenta de la situación e ir echando de menos todas aquellas mañanas al lado de Andrés y sus fotos.

De repente, como despertándose sin querer de un agradable sueño, su actividad rutinaria se vio modificada, y se dedicó entonces a dar largos paseos por el jardín junto con el resto de residentes.

Con el paso de los días, y gracias al nublado paisaje del ‘Angelus’, único bien heredado de Andrés, recordó dónde le decía él que guardaba todas sus fotos y se apoderó de ella un anhelo insospechado. Surgió entonces una nueva sensación que le obligaba irremediablemente a ir mirando hacia arriba mientras caminaba, y se le ocurrió que algún día encontraría en alguna nube de tantas que veía todo aquello que Andrés decía que se encerraba en la suya.

Cirros, estratos, cúmulos y nimbos tomaron el relevo para que Julia pudiera continuar aquel fantástico viaje imaginario por Europa.

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