—¿Qué me dirías si te contara que una vez existió un mundo en el que no había teléfonos móviles ni ordenadores?

—¡Venga ya, abuelo! Eso no existe—replicó Mateo sin apartar la mirada de su nuevo smartphone.

—Oh, sí, claro que sí—contestó Alfonso—.Y yo viví en él.

Mateo miró con incredulidad a su abuelo. Sabía que era mayor, matusalén diría su madre, aunque él no tenía muy claro lo que eso significaba, pero, ¿un mundo sin teléfonos? ¿Y cómo hablaban entonces con sus amigos? ¿Y cómo leían los cómics de Spiderman y Batman? Algún día sería como ellos, pero tenía que aprender leyendo sus aventuras. Sin Internet, ¿cómo lo iba a hacer?

—¿Qué? ¿No me crees?—preguntó el hombre—.Tampoco existían esas maquinitas con las que te dejas los ojos todo el día.

—Sí, pero…—Mateo titubeó porque de repente no sabía muy bien lo que pensar. Si lo decía su abuelo, tenía que ser cierto, ¿no?—entonces, ¿cómo jugabas con tus amigos?—se atrevió a preguntar por fin.

—¿Es que acaso tú necesitas la tecnología para jugar?

—Claro que sí. Nico y yo jugamos con los videojuegos. Nos conectamos entre nosotros y podemos pasarnos pokemons y echarnos carreras.

—Pues en mis tiempos, la cosa no era así—dijo Alfonso—.No había todos esos cachibaches que necesitáis los niños para disfrutar. Nos servía con una pelota y un trozo de tiza—añadió su abuelo.

—¿Tiza? ¿Para qué necesitabais tiza?—que él supiera, la tiza solo la usaban los profesores para apuntar cosas horribles en la pizarra.

—Para jugar a la rayuela—contestó el hombre con la mirada perdida.

—“Rayela”…¿es un tipo de videojuego?—preguntó Mateo sin saber muy bien si su abuelo se había vuelto loco.

Alfonso no pudo evitar reírse de su nieto y pensar en cómo habían cambiado las cosas desde entonces. Que un niño no supiera lo que era la rayuela era algo impensable en sus días. En aquellos tiempos todos eran felices con un balón en un mano y un bocadillo en la otra. Ahora, la juventud había cambiado: necesitaban un teléfono en la mano, unos auriculares en las orejas y una televisión encendida a la que no prestaban atención.

—La rayuela—corrigió al pequeño—era un juego en el que se pintaban unos cuadros en el suelo con unos números dentro y tenías que ir saltando de uno en otro sin caerte.

De repente se encontró reviviéndolo todo. No había cámaras de fotos pero no las necesitaba. En su mente era como si no hubiera pasado el tiempo y sus amigos estuvieran todavía con él, aunque, realmente, hacía mucho que habían ido desapareciendo uno a uno.

—¿Y para qué querías hacer eso?

—Para recoger una piedra que primero tenías que lanzar. Por eso, tenías que tener buena puntería.

Sí, definitivamente su abuelo se había vuelto loco. Pintar en el suelo, saltar los números y recoger una piedra…¡con lo fácil que era jugar al Zelda!

—Pues no me gusta, abuelo —replicó el niño—yo prefiero sentarme y estar con mi Nintendo.

—Y, ¿a qué juegas en esa Nintendo?

—Pues al Zelda, al Pokemón, y ¡ahora mamá me ha comprado un juego de fútbol!—contestó ilusionado Mateo—.Tienes que correr detrás de la pelota y meter un gol. Además, puedes ser de todos los equipos del mundo.

—Pues, nosotros corríamos de verdad detrás de una pelota, no le dábamos a los botones para que andara sola.

—Nosotros también lo hacemos en clase de educación física. El profesor nos obliga a jugar un partido de fútbol todas las semanas, pero…eso aquí no se puede hacer.

—¿Por qué no?—preguntó extrañado el abuelo.

—Porque para eso se necesita una pista y dos porterías—contestó muy seguro Mateo.

—No se necesita todo eso. Sirve con un trozo de calle y una pelota. Es una pista de fútbol casera.

Mateo lo miró con atención. ¿De verdad antes se jugaba así? Si él lo había hecho, quizás era probable.

—Llamábamos a nuestros amigos, ellos bajaban a la calle y comenzábamos a jugar—continuó Alfonso.

—¡Já! ¡Te he pillado abuelo!—saltó Mateo rápidamente—.Antes has dicho que no había móviles, así que no podías avisarlos.

Ya está, ahora sí sabía que su abuelo le estaba tomando el pelo. ¿Cómo iba a avisar a sus amigos sin el whatshapp? Eso era imposible. Mateo no era tonto, sabía que antes del whatshapp habían existido los sms y que, algunas personas aún lo seguían utilizando, pero, igualmente, el móvil era necesario y estaba seguro de que tenía que haber existido siempre.

Su abuelo se rió sin poder contenerse, a lo que el niño lo miró sorprendido.

—Sí que podíamos avisarlos—respondió—.Íbamos a sus casas y les llamábamos. No era necesario tener móvil.

—Pero…y ¿tu madre te dejaba salir sin teléfono?—Mateo no se lo podía creer—¿Y cómo te decía a qué hora tenías que volver o cuándo te iba a recoger?

—No era necesario. Volvíamos antes de que se hiciera de noche y ya está.

—Entonces…¿es verdad que no existían los móviles?—Mateo, poco a poco, se lo estaba empezando a creer, aunque no entendía cómo podían vivir sin él. De pronto se le ocurrió algo.

—Pero, ¿cómo hablabas con tus amigos que vivían lejos? No podías ir y volver antes de que se hiciera de noche.

—Con cartas.

Alfonso recordó los largos escritos que escribía a sus amigos que habían tenido que marcharse muy lejos. Los kilómetros no habían conseguido romper su amistad gracias a las cartas que se enviaban periódicamente. Seguramente, un niño de hoy en día eso no lo entendería nunca.

—Pero, abuelo…—empezó Mateo.

—Dime.

—Las cartas se envían a través de los ordenadores…, ¿o no?—ya no sabía muy bien lo que pensar. En un momento, su abuelo le había cambiado todo lo que sabía del mundo…que tampoco es que fuera mucho, pero él estaba orgulloso de la cantidad de información que sabía de la vida como que los bichos bolas se llamaban así porque si los tocabas se encogían como una bola, que había que lavarse los dientes antes de irse a dormir, y que los pokemon, por mucho que pulsaras más veces el botón, no iban a luchar más rápido. Sin embargo, mucho de lo que sabía, lo había aprendido con ayuda de su padre y del ordenador que le enseñó una imagen del mundo gracias a lo cual sabía que era redondo, o que le habló en inglés y ahora sabía decir “güindou”. Si su abuelo no había tenido ordenador…¿cómo había aprendido todo eso?

—Las cartas se escribían con un lápiz y un papel y se mandaban por tren, avión, o barco, dependiendo de a dónde iban—respondió su abuelo.

—¿Y el avión esperaba a que tu amigo contestara para traer su carta?—preguntó con inocencia el niño.

—Ese avión no. Tenía que esperar unos días para poder leer su contestación.

—¡Pues ahora es mucho más rápido! Mi amigo Fran me contesta siempre al momento…bueno, cuando lo lee, ¡pero no pasa ni un día!

—Sí, en eso tienes razón, pero, cuando crezcas, te darás cuenta de que, a veces, las cartas en papel son mejores—dijo su abuelo pensando en todas las veces que había releído las cartas de amor a Elena. Cada día le escribía una, durante toda su estancia en el extranjero. Sí, era verdad que ahora, todo era más rápido y más cómodo, pero la gente no sabía valorar lo que había. Ya no tenía el mismo sentido escribir, ahora todo se hacía de forma inconsciente y sin pensar ni siquiera en lo que estabas poniendo, mientras que, antes, tenías que poner especial cuidado a los detalles y no equivocarte si no querías empezar desde el principio.

“Supongo que nunca lo entenderá. Era una sociedad diferente, con diferentes estereotipos y diferentes formas de ver la vida. No puedo hacer que eso cambie, aunque puedo traer un poco del pasado hasta la actualidad. Puedo contarle cómo fueron las cosas y que, aunque se alejan mucho de cómo lo son hoy, no por eso fueron peores, sino, quizás, incluso mejores” pensaba Alfonso mientras miraba a su nieto observándole con esos ojos azules que tanta inocencia guardaban.

—¿Quieres que te cuente un poco más?—preguntó.

—Sí—respondió Mateo con una gran sonrisa dejando el móvil en la mesa. Estaba deseoso de conocer más cosas de la época tan extraña en la que vivió su abuelo, aunque, realmente, seguía sin entender muy bien cómo alguien podría sobrevivir sin móvil, sin ordenador y sin pokemon.  

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